|
|
|
LUIS MORENO |
| Sinopsis: |
|
El presente documento de trabajo fija su principal atención en la interacción local-global, las identidades territoriales, y la incidencia cada vez mayor del nivel mesocomunitario en la vida política y social. El marco general de análisis es el hemisferio occidental de fines del segundo milenio, y en particular el ámbito de la Unión Europea. Se deja constancia que otros órdenes identitarios también queda afectados por la globalización, tales como los relativos a la cultura, el género, las instituciones políticas, la religión o hasta las condiciones sociobiológicas de los individuos. No obstante, circunscribimos nuestro examen al territorio en su dimensión política. |
Introducción:
identidad societaria y mundialización económica
Los ciudadanos, en tránsito desde una modernidad avanzada, descubren nuevos
horizontes en la comprensión de su vida individual y colectiva. Cabe seguir
considerando al ser humano como ‘animal de cercanías’, según la
sugestiva aseveración del profesor Murillo que encabeza este texto. Sucede,
empero, que en su más inmediata proximidad el ciudadano dispone de un acceso
fácil, directo y rápido a un sinfín de informaciones y productos generadas
desde los cuatro puntos cardinales planetarios. El ordenador personal, el
monitor de televisión y la red de comunicaciones universales de Internet han
abierto una ventana instantánea al mundo exterior desde el ámbito más íntimo
y hogareño1. Ello permite, por
ejemplo, que se puedan intercambiar cibernéticamente opiniones con personas
residentes en los ambientes sociales y geográficos más dispares sobre los
temas más diversos.
La manipulación informativa, mediante la restricción o la parcialidad mediáticas,
ha dado paso a una significativa democratización comunicacional. Hoy en día
el poder económico, político y social están determinados en mayor medida
por la ‘digestión’ de la avalancha de noticias que por la tradicional
escasez y regulación interesada de las informaciones e imágenes de
representación. El clima de incertidumbre generado por los últimos
desarrollos tecnológicos implica, en suma, una considerable convulsión axiológica.
Dado este contexto de acelerado cambio social, se observa una pugna por
reconstruir la vieja dicotomía entre lo propio y lo ajeno. Como no podía ser
menos, las identidades territoriales se hallan asimismo sometidas a un proceso
de redefinición con derivaciones para la cultura política, la vida
ciudadana, la movilización social y el entramado institucional. La incidencia
de la mundialización económica en dicho proceso es crucial.
En la primera sección de este documento de trabajo se efectúa una revisión
conceptual de aquellas ideas y soportes teóricos que sirven de base y marco
para la discusión posterior. Modernización, etnoterritorialidad, identidades
múltiples o acomodación territorial son algunos de los conceptos examinados.
En la segunda sección se realiza una revisión de las implicaciones del nuevo
marco de mundialización económica, y la progresiva penetración de los
valores del mercado y la concurrencia global en áreas antes acotadas por la
acción estatal. Una puntual digresión crítica respecto de ciertos enfoques
difusionistas, funcionalistas y neoinstitucionalistas persigue resaltar el
protagonismo que lo territorial posee en los conflictos sociales contemporáneos.
Finalmente, la tercera sección aborda una reflexión sobre el creciente
protagonismo del nivel mesocomunitario en la vida social y a la naturaleza
fluida entre los planos de adscripción identitaria de base territorial. Se
realiza ello en referencia al caso español, al que se alude con ilustraciones
puntuales en el resto de las secciones del presente texto.
Premisas y conceptos
La modernización trajo junto con el
estado-nación la noción de una identidad ciudadana omniabarcante enraizada
en los órdenes cívico y cultural. En el tránsito hacia el tercer milenio
tal tipo de identidad se encuentra en reflujo. Al tiempo que la identidad
nacional estatal ha sido corroída por las fuerzas de la globalización, su
funcionalidad ha quedado expuesta a procesos de fragmentación, competición y
elementos superpuestos de una múltiple y variada índole. Además, un
fortalecimiento de las identidades locales, regionales y nacionales
minoritarias es patente en el marco del viejo estado liberal. La
discontinuidad y heterogeneidad de los entramados sociales auspician que
identidades diversas interactúen entre sí de una manera a menudo
impredecible (Giddens, 1991; Keating, 1996; Melucci, 1989).
Con relación a nuestro análisis se considera a la etnoterritorialidad como
aquella dimensión conceptual donde se desarrollan conflictos identitarios y
movilizaciones políticas, y en donde los principales actores sociales son los
grupos étnicos con un anclaje geográfico delimitado. Tal referente
territorial es identificable dentro de los límites de politeyas de composición
plurales (Moreno, 1988; Rudolph y Thompson, 1992).
La etnoterritorialidad incluye a
ambas manifestaciones etnonacionales y etnoregionales2.
La tarea por establecer una secuenciación mecánica entre los fenómenos
regionalista y nacionalista es compleja y de difícil objetivización3.
De ahí la dificultad de calificar y graduar ambas realidades
etnoterritoriales. No obstante, los movimientos sociales de carácter
regionalista o nacionalista comparten y se atribuyen una autopercepción de la
identidad grupal que contrasta con la del conjunto de la ciudadanía del
estado en el que están inmersos.
En las sociedades plurales contemporáneas los ciudadanos se adscriben a
grupos de referencia que pueden estar en competencia entre sí (Barth, 1969).
Ello produce una multiplicidad de identidades, dinámicas y a menudo
concordantes, que no se expresan necesariamente de forma explícita. Al
contrario de las prescripciones primordialistas4,
los marcadores identitarios devienen maleables. Su expresión depende en buena
medida de circunstancias contingenciales, siendo variable su intensidad (Anderson,
1983; Brass, 1991; Cohen, 1992; Hobsbawm, 1990).
Para los científicos sociales el problema surge a la hora de establecer líneas
divisorias en la autoidentificación de los ciudadanos, así como en la
interpretación de las causas de movilización política que se relacionan con
las identidades territoriales. En realidad, existen identidades múltiples compatibles en diversos grados y sujetas a
una constante interiorización por los miembros de los grupos de adscripción
(Greenfeld; 1992, Serrano, 1995; Smith, 1991). Como puede ser el caso de la
identidad europea5, los niveles
supranacionales de pertenencia pueden integrar complementariamente identidades
municipales, regionales, nacionales y estatales. Esta combinación identitaria
está en la base de la articulación de instituciones que cooperan en diversos
niveles institucionales y que comparten viejas soberanías y ámbitos de
organización política.
En el caso de España la persistencia de una identidad dual
o doble nacionalidad revela la
naturaleza ambivalente de sus relaciones etnoterritoriales. Los peculiares
procesos de construcción estatal y formación nacional en la historia moderna
de España explican en gran parte cómo los ciudadanos se autoidentifican en
el marco de las comunidades autónomas. Si bien es patente el carácter
nacional del estado español, fruto principalmente de la nacionalización
unitaria durante los siglos XIX y XX, no es menos cierta la pervivencia de
profundos ligámenes afectivos de los ciudadanos a sus nacionalidades y
regiones. Ello se traduce en el hecho frecuente de que la adscripción de los
ciudadanos a ambos ámbitos espaciales --nacional/estatal o español, y
etnoterritorial o autonómico6--
no sea excluyente de manera imperativa. En realidad, la doble
nacionalidad manifestada en una lealtad
compartida a las instituciones estatales y subestatales, y ligada al modo
de identidad dual de los españoles,
refleja el solapamiento entre lo general y lo particular. Se produce así una
congruencia espontánea y simultánea entre lo español y lo andaluz/catalán/vasco/etc.
Ha sido determinante en este proceso de compatibilidades identitarias la
transformación del hipercentralista estado franquista en otro descentralizado
donde autonomía y solidaridad son principios guía de la convivencia democrática.
En realidad, el resurgir de los movimientos políticos etnoterritoriales en el
hemisferio occidental ha desafiado al modelo centralista del estado unitario.
De acuerdo a las premisas del pluralismo
cultural, dicha emergencia de los movimientos etnoterritoriales no se debe
a un mero deseo de distintividad entre grupos. Se deben tomar en cuenta,
igualmente, las relaciones de interacción intergrupal en el seno de los
estados.
Algunos autores consideran que la acomodación
territorial para asegurar la estabilidad política e institucional en
sociedades plurales o poliarquías es prácticamente imposible. Las
alternativas, aducen, son la ruptura del estado o la consolidación de un tipo
de autoritarismo hegemonista que preserve la unidad estatal (Dahl, 1971;
Horowitz, 1985)7. Incluso teóricos
liberales que, en los últimos tiempos, han tratado de conciliar la dicotomía
entre derechos individuales y derechos de grupo estiman que la acomodación de
grupos etnonacionales--como es el caso de Quebec y la federación canadiense--
puede no constituir una solución estable, sino tan sólo un paso previo a la
secesión (Kymlicka, 1996a)8.
Sin embargo, cabe considerar que el acuerdo y la cooperación etnoterritorial
no sólo constituyen una manera de superar conflictos y enfrentamientos en
politeyas de composición plural, sino que auspician una profundización de la
democracia al facilitar un acceso más efectivo de la sociedad civil a la
formación de decisiones políticas e institucionales. En el caso de España,
éste último proceso parece articularse mediante una federalización de su
diversidad etnoterritorial (Moreno, 1997a).
Nexo común, efectos diversos
En el momento en que las visiones universalistas de la existencia humana
apuntaban hacia una fusión entre individualidad y globalidad, la
especificidad grupal recobra de nuevo su protagonismo societario. Cuando se
especula con un tránsito al relativismo posmodernista, el ciudadano
finisecular se afana recreando añejas particularidades y raíces. De esta
manera, se multiplican los referentes espaciales que legitiman la existencia
social por la vía de la identidad.
En el mundo contemporáneo, los mitos étnicos y las pertenencias grupales
siguen constituyendo el trasfondo de buena parte de los anhelos de la ciudadanía.
En particular, las sociedades de la Europa meridional parecen reforzar lazos
seculares de integración en el seno de la familia9,
o persiguen reinventar comunidades políticas de tamaño medio como las
florecientes ciudades-estado de comienzos de la Edad Moderna10.
Se producen, no obstante, otros efectos divergentes de amplio alcance en línea
con la ’aldea global’ postulada por Marshall McLuhan. La mundialización,
impulsada por la revolución de las tecnologías de la comunicación, afecta
decisivamente a la economía. El creciente peso de los flujos financieros ha
provocado una profunda reestructuración de las formas capitalistas. Se ha
apuntado la constitución de una emergente sociedad
red (Castells, 1997), que se caracteriza por su forma de organización
reticular en la que los intercambios sociales son, básicamente, de índole
mediática e informacional.
El aumento de las telecomunicaciones ha sido espectacular en los últimos dos
decenios. Sólo entre 1984 y 1995 el mercado de los operadores de la
telecomunicación se incrementó cinco veces. En 1995 existían 15 empresas
internacionales de telefonía con ingresos superiores a los 10.000 de dólares
estadounidenses, cantidad superior al PIB de la mayoría de los estados de
tamaño reducido en el mundo (Strange, 1995: 303).
Medios de comunicación como el correo electrónico se han extendido
masivamente en los países más desarrollados y en algunos sectores, como el
académico, su uso se ha prácticamente generalizado11.
La telaraña comunicacional (World Wide
Web) ya permea buena parte de la vida cotidiana, no sólo en las
relaciones corporativas y profesionales, sino en las relativas al ocio de las
generaciones más jóvenes socializadas en los soportes hipertextuales.
La revolución informacional reproduce viejas dicotomías entre
‘incluidos’ o insiders (clases
medias urbanas y con niveles educativos altos, principalmente) y excluidos o outsiders (clases subordinadas y con instrucción básica, mayores y
población rural). Sin embargo, el acceso a los nuevos instrumentos de
comunicación no posee un carácter socialmente restringido y su costo
material no supone un impedimento para la gran mayoría de sus consumidores.
Ello ha favorecido una difusión informacional que contribuye no sólo a la
preservación de culturas minoritarias, sino su conocimiento por parte de
otras.
El efecto de la globalización más palpable y relevante para nuestra discusión
es el relativo a la superación del estado-nación como arena central en la
que se ha venido representando la trama de vida económica durante las dos últimas
centurias. En realidad, el estado-nación asiste como espectador, en muchas
ocasiones pasivo, a la vorágine de las transacciones financieras planetarias12.
Su antaño influyente política económica se plega a las constricciones
impuestas por los mencionados flujos. Además, la movilidad geográfica no
concierne sólo a los capitales, sino que incluye al conjunto del proceso
productivo. Cítense, por ejemplo, el menor costo de componentes procedentes
de terceros países y del transporte internacional, así como la
transnacionalización corporativa (insumos, desregulación del tráfico aéreo,
trabajo cualificado ‘apátrida’)13.
La mundialización conlleva una transferencia de autoridad y poder de los
estados a los mercados. La índole de la competición y las pautas de conducta
domésticas e internacionales están crecientemente conformadas por las nuevas
reglas del mercado global y las estrategias de las empresas multinacionales.
Ahora bien, contra lo que comúnmente se aduce aquellas reglas y pautas no son
territorialmente neutrales. El mercado no se rige exclusivamente por intereses
de rentabilidad al margen de los factores territoriales. En la consideración
de las plazas financieras donde invertir o localizar nuevas industrias, priman
los tipos de intereses e incentivos de radicación, pero también lo hacen
circunstancias menos tangibles como puedan ser el desarrollo institucional y
político del país destinatario, su sistema educativo, las afinidades de
lengua y cultura entre origen y destino transaccional, o el clima de paz y la
cohesión social14.
En línea con lo anterior, los creadores de opinión y la acción de los
medios de comunicación influyen sobremanera en la elección de plazas
financieras aparentemente menos rentables a la hora de colocar capitales
‘cautivos’ (fondos de pensiones o de inversión en las bolsas europeas o
norteamericanas), o en la decisión de retirar instantáneamente inversiones más
rentables de los denominados países en vías de desarrollo (efecto
‘tequila’ en Sudamérica o crisis de los ‘dragones’ del Sudeste asiático)15.
Los gobiernos de los estados-nación siguen negociando entre sí para fijar
marcos de actuación económica (GATT, UEM, TLC, Mercosur), pero también
negocian, y cada vez en mayor medida, con las corporaciones multinacionales.
Su soberanía en el establecimiento de políticas económicas autónomas es más
nominal que real. Incluso su capacidad de maniobra en el interior de sus
estados se encuentra progresivamente condicionada por la mundialización económica.
El caso de las políticas de planificación indicativa, por ejemplo, es
ilustrativo. Dichas políticas fueron implantadas por los gobiernos franceses
tras la Segunda Guerra Mundial para superar los momentos bajos del ciclo económico16.
Sin embargo, han perdido mucha de su ‘credibilidad’ desde el fracaso del
primer gobierno socialista bajo el mandato de Mitterrand a principios de los años
80. Se pusieron en vigor, entonces, programas económicos reactivadores que
iban a ‘contra corriente’ de una generalizada situación de contracción
en el Viejo Continente. Al poco tiempo dichas políticas sufrieron un giro
copernicano y se alinearon con las de ajuste y austeridad implantadas en la
mayoría de los países europeos.
Junto con los efectos limitadores que la mundialización económica supone
para los gobiernos estatales, la vocación centralizadora de los estados
unitarios ha colisionado con los deseos autonomistas de regiones y
municipalidades, divergencia generadora de no pocas tensiones. Los
mesogobiernos ya no dependen necesariamente de la acción racionalizadora de
burocracias y élites centrales. En realidad las reglas del mercado global
también atañen a los niveles subestatales, circunstancia que favorece su
participación sin intermediarios. Mediante incentivos regionales, cesiones
urbanísticas o acuerdos concertados con sindicatos y patronales locales, los
mesogobiernos pueden negociar directamente con las compañías
transnacionales.
Con el refuerzo de las identidades territoriales locales y regionales se
produce un mayor protagonismo de sus respectivas sociedades civiles. Los
ejemplos en la Europa occidental no deben circunscribirse sólo a las
manifestaciones electorales en la lucha por el poder político (CiU-Cataluña,
CSU-Baviera, Lega-Padania, SNP-Escocia). También los movimientos sociales y
los agentes de desarrollo local encuentran un contexto flexible y ágil a las
necesidades cambiantes impuestas por la revolución informacional (Madrid
metropolitano, París-Île de France,
Greater Londres, región de
Bruselas). En éstos ámbitos las identidades territoriales no poseen una base
necesariamente étnica, conviviendo junto a una vocación tradicionalmente
cosmopolita un deseo por desarrollar una cultura cívica local.
Bien podría hablarse un nuevo comunitarismo en la Europea occidental, aunque
habría que cualificarlo respecto a la casuística estadounidense, donde se
prescribe un incipiente renacimiento de la comunidad de base local (Etzioni,
1993). Buena parte de las experiencias comunitaristas norteamericanas son
actos reflejos defensivos ante fracturas sociales apremiantes (criminalización),
respuestas instrumentales ante las constricciones urbanísticas (zonas
residenciales suburbiales), o instancias de socialización alternativas a las
prácticas sociales imperantes (individualismo posesivo).
En el caso de las ciudades o las mesocomunidades del ámbito europeo no se
trata tanto de la aparición de ‘identidades de resistencia’ ante la
avalancha informacional de la sociedad red, como de identidades proyecto
dotadas de una clara vocación proactiva17.
Además el referente supranacional del proceso de convergencia que se
desarrolla en la Unión Europea aporta un elemento ‘nuevo’ de
cosmopolitismo inherente a la propia cultura del Viejo Continente.
Coyunturalmente, y ante los problemas económicos encarados por la Unión
Europa en el contexto de una competencia global, se ha especulado con la idea
de la secesión del Viejo Continente de la economía mundial. Según esta visión,
el levantamiento de un muro aduanero preservaría las conquistas sociales de
generaciones de esforzados europeos, amén de mantener un compensado ritmo de
crecimiento (Castells, 1996). Sin embargo, semejante curso aislacionista
abocaría al europeísmo cosmopolita a una mudanza, cuando menos,
desnaturalizadora.
Corolario de los divergentes efectos del nexo local-global es un
entrelazamiento de identidades y una multiplicidad identitaria favorecedora de
un variado abanico de lealtades hacia las diversas fuentes de legitimidades
políticas (municipio, región, nación, estado, Unión Europea). Las
instituciones en la realidad social europea han sido también plasmación de
las lealtades de sus ciudadanos, las cuales han mostrado, generalmente, una
congruencia con sus identidades territoriales.
Difusionismo, funcionalismo, neoinstitucionalismo
Las ciencias sociales, en general, y la sociología, en particular, han
quedado también expuestas a los efectos más notables de la revolución
informacional. Los cambios generados por la globalización han subrayado la
obsolescencia de buena parte de sus útiles analíticos, conceptuales y
metodológicos. Cabe señalar, sin embargo, que las aportaciones de las
principal corrientes de la ciencia social anglosajona de los últimos tiempos
ya habían creado confusión doctrinal en lo relativo al ámbito de nuestra
discusión: las identidades políticas territoriales. Se pretende con la
digresión crítica de esta sección subrayar las carencias de algunas
propuestas de científicos sociales norteamericanos en su aplicación a la
realidad europea.
El funcionalismo, en su variante difusionista,
había insistido en sus análisis normativos que, con la aceleración de la
construcción estatal en los siglos XVIII y XIX por la extensión del
liberalismo burgués y el capitalismo industrial, se provocaría una asimilación
homogeneizadora de tipo cultural, político y económico dentro de los límites
geográficos de la organización estatal en ciernes. Consiguientemente, las
diferencias etnoterritoriales serían, paulatinamente, sustituidas por una
nueva hornada de conflictos funcionales, especialmente de tipo material
interclasista18. El curso de
la historia, lejos de corroborar semejantes asertos los ha falsado
repetidamente. Así ha sucedido con el resurgir de los movimientos
etnoterritoriales en Europa. El caso de Escocia, vieja nación incluida en la
familia de las ‘sin estado’, es paradigmático al respecto (Moreno, 1995).
Científicos sociales de la American
School of Comparative Politics interpretaron que los grandes trasvases de
tipo humano desde la periferia a los centros urbanos difuminarían las
identidades adscriptivas en favor de nuevos lazos asociativos de tipo
funcional. Buena parte de los sociólogos y politólogos funcionalistas
estadounidenses habían aceptado las tesis de Talcott Parsons y Karl Deutsch
en el sentido de que el progreso universal requería de la integración
asimilacionista, lo que implicaba sistemas sociales inclusivos y donde la destribalización19
se constituía como un implícito normativo para la consolidación de la
sociedad moderna avanzada, en particular la estadounidense. Este modelo
societario se proponía como ejemplo para el resto del mundo. El progreso
universal requería de la integración asimilacionista20.
En línea con lo anterior se avanzó la idea del melting
pot como expresión de la asimilación de los grupos de inmigrantes (que sí
poseían el referente territorial de sus países de procedencia) en una
identidad nacional y una ciudadanía estatal común. Tras un proceso de
hibridación social, los distintos grupos étnicos se disolverían en un nuevo
compuesto social y cultural. Nótese que la expresión inglesa hace referencia
una caldera donde se funden metales diversos y de distinta procedencia para
producir una nueva aleación21.
Ya en los años sesenta, Glazer y Moynihan (1963) cuestionaron el concepto de melting
pot, el cual reflejaba una visión del grupo hegemónico blanco, anglosajón
y protestante (WASP, White-Anglo-Saxon-Protestant)22.
En su estudio de la ciudad de Nueva York dichos autores concluyeron que las
diferencias entre los descendientes de irlandeses, italianos, judíos, negros
y puertorriqueños eran mayores que sus similitudes como ciudadanos
estadounidenses23. Aquellos se
constituían como grupos de presión (interest
groups) en pugna con otros colectivos étnicos por preservar y mejorar sus
intereses y posiciones en la sociedad estadounidense.
Durante los años setenta y ochenta, los pluralistas culturales pasaron a
considerar al asimilador melting pot
como un 'cuenco de ensalada' (salad bowl),
en el que los ingredientes conservan su apariencia y sabor. Dicha perspectiva
fue la antesala al desarrollo, durante los años noventa, del multiculturalismo. Éste, formulado teniendo como principales
objetos de estudio a las sociedades de Canadá y Estado Unidos, ha pretendido
corregir las carencias funcionalistas, si bien conlleva implícito un cierto
asimilacionismo.
El multiculturalismo, y su intento de conciliación en sociedades democráticas
de identidades diversas, ha subrayado el valor de los derechos de las minorías,
especialmente la de aquellos grupos de inmigrantes con culturas societarias propias24.
Pero esta proclamación de derechos conlleva igualmente un programa de
integración asimilacionista en la cultura societaria mayoritaria anglosajona
basada en la lengua inglesa. Las políticas públicas de affirmative
action favorecedoras de la discriminación positiva para integrar con
plenitud de derechos económicos, políticos y sociales a afroamericanos,
amerindios o hispanos no ocultan su pretensión por la ‘anglo-conformidad’
(Kymlicka, 1997b). La dualidad cívico-etnocultural se resiente de una
concepción de la integración en la que la primacía instrumental queda
establecida por la cultura societaria dominante (lengua, códigos de conducta,
valores de intercambio social)25.
Resultado de ello es un intento multicultural ambivalente que condiciona el
reconocimiento mutuo de las identidades colectivas (Taylor, 1997).
La refutación de teorías y el examen de los efectos de la globalización han
emplazado a los científicos sociales a elaborar nuestros marcos de comprensión
y explicación de la vida social. El neoinstitucionalismo
se inscribe en esta corriente de revitalización conceptual y analítica
proveniente del otro lado del Atlántico. Señala dicha escuela de
pensamiento, en sus tres variantes más características (sociológica, de
elección racional e histórica), que las instituciones moldean las
preferencias y objetivos de los actores en los procesos decisionales. Además,
mediante el establecimiento de las ‘reglas del juego’ de poder e
influencia, se condicionan igualmente los resultados de dichos procesos (Koelble,
1995). El abrazo acrítico por parte de buena parte de los científicos
sociales europeos de tales tesis es indicativa no sólo de la preeminencia
académica anglosajona, sino de la escasa capacidad de renovación analítica
en un continente donde las ‘viejas’ instituciones han venido conformando
decisiones e identidades, y han constituido el grueso de las disquisiciones teóricas
sociales de la modernidad.
En particular, y en lo que afecta a la conducta de los grupos con identidad
territorial sujetos de nuestro análisis, resta por profundizar en el
conocimiento de los mecanismos de interrelación entre instituciones y
afectividad. El dilema entre razones y emociones cobra con el fenómeno de la
movilización etnoterritorial un nivel inextricable y de difícil deconstrucción
categórica y conceptual.
Los mesogobiernos en España: actores de movilización política
España, un estado de composición plural, asiste en el tránsito al tercer
milenio a la institucionalización en clave federal de su organización política
territorial. Desde 1978, la descentralización que ha conllevado la implantación
del Estado de las Autonomías se ha traducido en un considerable nivel de
autogobierno de nacionalidades y regiones26.
Sirva como ilustración la distribución entre los tres niveles
gubernamentales del gasto público general:
Cuadro 1. Distribución territorial del gasto público en España (%)
|
|
19811 |
1984 |
1987 |
1990 |
1992 |
1997 |
19992 |
|
Central |
87,3 |
75,6 |
72,6 |
66,2 |
63,0 |
59,5 |
54 |
|
Autonómico |
3,0 |
12,2 |
14,6 |
20,5 |
23,2 |
26,9 |
33 |
|
Local |
9,7 |
12,1 |
12,8 |
13,3 |
13,8 |
13,6 |
13 |
1
Generalización del proceso autonómico.
2 Estimaciones gubernamentales.
Fuente: Ministerio de Administraciones Públicas (MAP, 1997).
La reorganización territorial y política del Estado de las Autonomías ha
generalizado en España unas relaciones de concurrencia
múltiple etnoterritorial (Moreno, 1997a/b). Sus rasgos constitutivos
incorporan elementos políticos, sociales y económicos en un modo dinámico y
condicionan los escenarios de conflicto y cooperación en la España autonómica.
El término concurrencia se emplea
en su acepción de competición múltiple y simultánea de la cual resultan,
aunque no en un proceso lineal y necesario, acuerdos políticos amplios. En
esta interpretación semántica subyacen principalmente los elementos de
asimetría, heterogeneidad y pluralidad, los cuales conforman el patrón
federalizante de la organización territorial del Estado de las Autonomías27.
Los mesogobiernos han adquirido un protagonismo institucional sin parangón en
la moderna historia española. Para afianzar su objetivo de legitimidad
institucional, han desarrollado programas y políticas públicas en pos de
maximizar sus actuaciones económicas y políticas. Además, la
supraestatalización de la política en Europa28
y el grado creciente de mundialización económica hacen que el protagonismo
de los mesogobiernos se haya trasvasado prioritariamente desde el dominio simbólico
al material. Así, en el plano estrictamente económico, se llevan a cabo políticas
de atracción de capital inversor, ofertas institucionales para el
asentamiento de nuevas industrias y programas de promoción regional. Se
trata, en definitiva, de hacer atractivo el país, región o localidad con
fines de inversión y desarrollo.
Naturalmente, y aunque el principio constitucional de solidaridad sirve de
amortiguador a las pretensiones excesivamente particularistas de los
mesogobiernos, la concurrencia múltiple etnoterritorial en España conlleva
un elemento de competencia entre los mesogobiernos en su dimensión material.
Recuérdese que la concurrencia es un fenómeno social que suele ser
indeseable para los competidores. Es decir, a los que ofrecen sus productos y
servicios les gustaría eliminar a los competidores y hacerse en monopolio con
la clientela29.
Los mesogobiernos en España han desplegado una panoplia de actuaciones,
programas y políticas públicas que han contribuido enormemente a dinamizar
no sólo la vida política y social, sino también el desarrollo económico.
Es en este sentido inapropiado hablar hoy en España de unas simples
relaciones entre un centro preeminente y una periferia subordinada, ni
siquiera de un norte próspero y un sur atrasado como sucede en el caso de
Italia (Giner y Moreno, 1990).
Los ritmos en la gestión e innovación institucionales han sido asimétricos
en línea con la propia heterogeneidad autonómica. Cataluña y el País
Vasco, por ejemplo, han basado en sus hechos
diferenciales como nacionalidades buena parte de su empuje por el
autogobierno, y asumieron la iniciativa constitucional en la captación de
recursos y poderes desde el inicio del proceso de descentralización. Las
restantes comunidades autónomas han tenido como referente en sus
reivindicaciones y capacidades de administración a las antedichas
nacionalidades. Existe, pues, una tendencia a la mímesis
autonómica que, junto al agravio
comparativo, constituyen dos pilares básicos en la actuación de los
mesogobiernos españoles.
En un país donde envidias y piques son patrimonio común de todas sus
idiosincrasias, el afán por no quedarse rezagado o sentirse discriminado no
podía menos que condicionar el desarrollo del proceso autonómico. Así, las
distintas comunidades autónomas se ‘vigilan’ entre sí y mantienen un
escrutinio --formal e informal-- de aquellos traspasos y delegaciones
realizados que podían comportar una situación de ‘privilegio’ de unas
comunidades respecto de otras. Sin embargo, lejos de un carácter meramente
reactivo, la ‘observación participante’ de los mesogobiernos implica
elementos innovadores y proactivos, como el ejemplo de la implantación de los
programas de ingresos mínimas de inserción (IMIs) –también denominados
como ‘salarios sociales’– han venido a subrayar. Consecuencia de este último
caso ha sido la articulación de una espiral de incentivación y de renovación
de los servicios sociales.
Recuérdese que la Constitución
de 1978 establece la asistencia social como una competencia
‘exclusiva’ de las comunidades autónomas (art. 148; 20). La labor
innovadora en la reestructuración y creación de nuevos programas de
bienestar ha sido asumida en su práctica totalidad por las administraciones
autonómicas y locales, las cuales han contado en ocasiones con el concurso
del gobierno central (Plan Concertado de Prestaciones Básicas). Téngase en
cuenta que buena parte de la reacción ciudadana a la burocratización
mecanicista de la provisión social centralizada, característica del anterior
régimen franquista, ha tenido también su expresión en el deseo de
protagonismo institucional de comunidades autónomas y municipios.
El diseño y posterior implantación de una nueva política social tuvieron su
origen institucional en Euskadi. En marzo de 1989, el Ingreso Mínimo
Familiar, antesala del posterior Ingreso Mínimo de Inserción (IMI), entró
en vigor en la Comunidad Autónoma Vasca, constituyéndose en el precedente y
referente de planes similares puestos en práctica con posterioridad en todas
las CC.AA30. El ‘efecto
demostración’ en la extensión del ‘salario social’ por toda España,
si bien con particularidades y especificidades de cada comunidad autónoma, ha
sido ejemplar en lo que a los efectos innovadores de las políticas públicas
autonómicas. Además, es erróneo calificar la naturaleza de tales planes
como meramente 'subordinada' a la acción estatal central. En realidad han
sido actuaciones públicas de nuevo cuño implantadas por las propias
comunidades autónomas, y que pretendían completar el sistema asistencial de
Estado del Bienestar en España con una 'red mínima de seguridad' (safety
net)31.
En lo que afecta a nuestra discusión, la relevancia de los programas de
ingresos mínimos radica en que se trata de una política pública que tiende
a fortalecer la ciudadanía social a nivel mesocomunitario. Sus efectos para
el refuerzo de las identidades subestatales son, por tanto, de gran
importancia. Los ciudadanos se sienten directamente implicados en la acción
de los poderes públicos más próximos y en situaciones tan visibles en la
vida cotidiana como son las ayudas a sus convecinos en situaciones de pobreza
o exclusión social32.
Políticas públicas como los programas de ingresos mínimas de inserción
coadyuvan poderosamente a recrear las bases sociales de comunidades Gemeinschaft (Tönnies, 1979), cuyo nexo de unión es el lazo
intuitivo de su ascendencia común, caso de la mayor parte de las CC.AA. españolas.
Se ha aducido a menudo que los hechos
diferenciales deberían traducirse en mayores competencias y ‘cuotas de
poder’ para Cataluña, Euskadi y Galicia. Su distinto origen diferencial
parece indicar que las nacionalidades reclamarán legítimamente la atención
debida a su asimetría constitutiva. En lo que afecta a las competencias
insertas en sus singularidades identitarias (cultura, geografía, lengua,
tradiciones) es lógico pensar que también procurarán mantener una
disparidad competencial respecto a otras comunidades autónomas. Resta por
comprobar si semejante vindicación es extensible a otros campos en los que
los hechos diferenciales (económicos, institucionales, sociales) podrían ser
esgrimidos por la práctica totalidad de regiones españoles.
El ejercicio del derecho a la autonomía de las ‘nacionalidades históricas’
no debería implicar una limitación al ejercicio de dicho derecho por el
resto de las regiones españolas. Con la asunción de los valores del mercado
por los mesogobiernos se han desarrollado unas ciertas prácticas
depredadoras, particularmente en lo que concierne a territorios autónomos limítrofes.
En este sentido el caso más ilustrativo es el relativo a los incentivos
fiscales a fin de atraer inversiones foráneas, lo que genera conflictos a la
hora las localizaciones –y relocalizaciones– industriales.
No cabe esperar una nivelación automática de las rentas en el conjunto
territorial de España por la simple mejora de la gestión de las Comunidades
Autónomas y las municipalidades, aunque no cabe duda que ello contribuiría
decisivamente a una mayor eficiencia económica. Tampoco cabe argüir la
tendencia ‘natural’ al equilibrio territorial producto de la acción libre
de las fuerzas del mercado33.
Por otra parte, las políticas de intervención económica desde el gobierno
central a menudo reflejan los intereses particulares de las élites regionales
cooptadas a las instancias centrales de la administración. Ejemplos de tales
prácticas han sido la regla en la historia política de la España del siglo
XIX y XX y en otros países del sur de Europa. Sólo, pues, una acción
conjunta de las administraciones central, autonómica y local puede procurar
un mantenimiento de grados proporcionados de solidaridad interterritorial de
acuerdo a las potencialidades de las sociedades civiles autonómicas.
Las áreas de gestión e innovación susceptibles de ser asumidas por los
mesogobiernos son todavía amplias. Las provisiones constitucionales amparan
la profundización del autogobierno en España (art. 150.2) Es no sólo
posible sino deseable intensificar el protagonismo mesogubernamental.
Considerando los procesos de mundialización, y en particular la convergencia
europea en curso, los mesogobiernos están convenientemente pertrechados de
instrumentos económicos, políticos y sociales para garantizar y acrecentar
el bienestar de sus ciudadanos.
El proceso de descentralización y federalización en España se alinea
plenamente con el principio de subsidiariedad imperante en el proceso de
europeización. Con el progresivo trasvase de la otrora omnipotente soberanía
de los estados-nación a la Unión Europea, la iniciativa y rendimiento
institucional de aquellos foros de la vida ciudadana conformado por las
adscripciones identitarias será indudablemente mayor. Cabe colegir, por
tanto, que aquellos países europeos con estructuras federales o
federalizantes estarán mejor equipados institucionalmente para confrontar las
situaciones generadas por la creciente globalización social y económica. Se
auspiciará, de ese modo, un desarrollo económico más equilibrado mediante
una cohesión social cimentada en las múltiples identidades de sus
ciudadanos.
Conclusión: un nuevo localismo cosmopolita
En el umbral del tercer milenio los ciudadanos confrontan un escenario de
acelerado cambio social. Los efectos de los últimos desarrollos tecnológicos
se dejan sentir en un refuerzo de carácter ‘descendente’ de las
identificaciones sociales y un fortalecimiento ‘ascendente’ de la
mundialización de la economía. Ambas tendencias conllevan elementos de
incertidumbre y condicionan las transformaciones sociales en curso. En este
contexto se denota una conjunción, en diversos grados y medidas, de lo propio
y lo ajeno.
Subyace en todo el proceso del cambio tecnológico en curso un énfasis en lo
territorial e identitario. Conceptos tradicionalmente orillados en los
principales debates académicos contemporáneos, tales como los de autonomía
territorial, descentralización, etnicidad o identidades políticas, son ahora
objeto de una febril revisión. Hasta la fecha, el interés predominante de
científicos sociales y decisores públicos (policy
makers) se había concentrado en la discusión sobre la eficacia y
eficiencia de las instituciones estatales en la provisión de los servicios
ciudadanos. Los enfoques teóricos han fijado su atención analítica en otras
consideraciones. Los procesos de construcción estatal y formación nacional
en el desarrollo de los estados modernos, las relaciones intergubernamentales
en el seno los estados contemporáneos, y la crisis de legitimidad de las
instituciones políticas del estado-nación han pasado a ocupar un lugar
preeminente en los análisis y prescripciones.
Como no podía ser menos, la dimensión funcional de la sociedad incide
decisivamente en todos los aspectos de las organizaciones humanas. Los
alineamientos y fracturas de clase, grupo y género son factores
estructurantes de la vida social. Pero los elementos de identidad y territorio
son igualmente responsables de la cohesión y dispersión sociopolíticas34.
Sucede, además, que los ciudadanos muestran su disposición a integrar
complementariamente identidades varias correspondientes a los diversos niveles
políticos de las instituciones territoriales (municipales, regionales,
nacionales, supraestatales). Ello facilita el acuerdo y la cooperación para
superar conflictos y enfrentamientos en países de composición plural, como
es el caso de España.
El marco estatal asiste a una pérdida progresiva de su protagonismo. La
mundialización implica un trasvase de autoridad a los mercados
internacionales. Simultáneamente los mesogobiernos han acrecentado
considerablemente su capacidad de influencia en áreas acotadas
tradicionalmente al poder de los estados. Los ciudadanos también interiorizan
las identidades múltiples en un modo que posibilita un acceso más efectivo
de la sociedad civil a la formación de decisiones políticas institucionales.
El grado de congruencia entre lo particular y lo general es mayor. Asistimos,
por consiguiente, al desarrollo de un localismo cosmopolita de amplias
implicaciones para el devenir futuro de la ciudadanía.
Notas
Agradezco
a Ana Arriba González de Durana la lectura crítica de una primera versión
de este texto.
1 El propio Immanuel Wallerstein (1974), pionero en la conceptualización global frente a los análisis centrados en el estado, ha resaltado la importancia de los hogares en la futura configuración de las relaciones socioeconómicas y como unidades básicas del sistema mundial (1984). El teletrabajo, por ejemplo, es una incipiente tendencia laboral favorecida por patronos y trabajadores en algunos sectores de los servicios con implicaciones de considerable alcance social para el porvenir de la ciudadanía.
2 Respecto a esta dualidad cabe preguntarse, ¿por qué no surge el nacionalismo en regiones con características geográficas e identitarias bien definidas?. Podrían mencionarse, al respecto, los casos del Languedoc, en Francia, o el Mezzogiorno en Italia. Nótese que la demarcación entre la dimensión etnoterritorial y la expresión política de la misma es una línea explicativa satisfactoria pero de difícil objetivación y generalización (Keating, 1988, 1996).
3 Ello se ilustra con la autotransformación de los partidos políticos regionalistas en nacionalistas, como ha sucedido con el Partido Aragonés Regionalista devenido en Partido Aragonés, y en su nueva concepción de Aragón como nación.
4 La escuela primordialista pone su mayor acento en la estructura cultural como principal fuente de conformación de la identidad étnica o etnicidad. De acuerdo a dicha perspectiva las identidades étnicas son fruto inexorable del pasado y, consecuentemente, no se "eligen" sino que se "otorgan" de acuerdo a la realidad social y los inexorables procesos de socialización en ella generados. La fuerza coercitiva primordial relaciona a los pares étnicos de forma inmediata e irreversible y no como resultado de la atracción personal, la necesidad táctica, el interés común o la obligación moral (Geertz, 1963, 1973).
5 Según Alfonso Pérez Agote, el hecho de que dos identidades puedan ser subsumidas en una referida a una entidad superior no impide su posible relación de incompatibilidad (1994: 311). Ese podría ser el caso de las formas exclusivas de autoidentificación vasca y española en Euskadi en el contexto de la Unión Europea. Empero, la subsunción de ambas en la identidad comporta un nexo, aunque no fuese deseado, de compatibilidad entre ambas.
6 Adoptamos la terminología de español y autonómico para hacer más gráfica su comprensión al lector. Naturalmente, y desde un punto de vista constitucional, lo autonómico también es español. Para un estudio monográfico del caso de las identidades duales en Cataluña, véase Moreno y Arriba (1996) y Moreno, Arriba y Serrano (1998).
7 La posición de Robert Dahl se alinea con la visión de Ernest Baker, quien sólo consideraba al secesionismo político y al autoritarismo como las dos opciones viables en poliarquías pluriétnicas. Al respecto, véase Walker Connor (1994: 124) y Juan Linz (1973: 103-4).
8 Naturalmente pesa en el análisis normativo de Will Kymlicka el caso de Quebec, donde el 30 de octubre de 1995 se celebró un nuevo referéndum en el que los ciudadanos quebequeses se dividieron prácticamente en dos partes iguales respecto a su pertenencia a un homogéneo Canadá o a una ‘asimétrica’ federación con la posibilidad de un Quebec independiente.
9 Según los resultados de la investigación dirigida por Tomás Calvo, casi tres cuartas partes de los escolares españoles consideraban a la familia como la fuente de socialización principal y en "…donde se dicen las cosas más importantes para la orientación en la vida". En segundo lugar, pero a más de 50 puntos, figuraba la escuela (El País, 03.02.98).
10 Particularmente en lo que hace referencia a las grandes conurbaciones urbanas y a las denominadas naciones sin estado. Según Manuel Castells las identidades territoriales, "…están en las raíces del alza mundial de gobiernos locales y regionales como actores significativos de representación e intervención más apropiados para adaptarse a la variación interminable de los flujos globales" (1997: 397).
11 En septiembre de 1997, y según el Estudio General de Medios (EGM), había 1.100.000 ‘internautas’ en España. La cifra representaba el 3,3% de la población española. Significativamente, el número de usuarios se había duplicado en tan sólo un año. En el caso de Estados Unidos, Internet ha alcanzado en 3 años la misma penetración en 60 millones de hogares que la televisión logró en 15. Se estima que para el año 2005 el tráfico de Internet superará al telefónico (El País, 18/19.02.98).
12 Además su pasividad se torna en impotencia a la hora de controlar las, cada vez más internacionalizadas, redes criminales, las cuales demuestran una capacidad de actuación que desborda ampliamente el marco estatal. Contribuye a ello el hecho de que el sector ‘sumergido’ de la economía internacional cuente con la connivencia activa del sector financiero transnacional, como ilustra el ‘lavado’ de beneficios obtenidos por el tráfico ilegal de estupefacientes.
13 En línea con esa aludida transnacionalización corporativa, Boeing, por ejemplo, habría renunciado a su calificativo de compañía ‘americana’, ya que sus componentes se fabrican en una docena de países diferentes. Pero la percepción no sólo del gran público, sino de buena parte de sus clientes, es de que se trata de una empresa estadounidense. Así parece confirmarlo su cartera de pedidos, donde los compradores son mayoritariamente norteamericanos, en contraposición con las líneas aéreas europeas más inclinadas a encargar aviones al consorcio continental Airbus.
14 Según George Soros (1997) "Durante una expansión, el capital fluye del centro a la periferia; cuando la confianza se tambalea, tiende a volver a su origen". También en el terreno productivo las circunstancias mencionadas son importantes. En el caso de grandes inversiones para la localización de grandes industrias la cuestión de la seguridad y paz sociales es crucial. A pesar del interés del ejecutivo del grupo Volkswagen, el vasco José Ignacio López de Arriortúa, la multinacional alemana declinó a fines de 1993 la construcción de una nueva macro-factoría en Amorebieta. Según parece, pesaron sobremanera dos consideraciones en contra: (a) El clima provocado por la violencia política y el terrorismo, y (b) Las reacciones de los trabajadores de las factorías de Volkswagen en Barcelona que articularon territorialmente sus intereses mediante el ‘veto’ ejercido por los sindicatos de SEAT para la construcción de la fábrica en el País Vasco (Platón, 1994).
15 William Greider (1997) sostiene, por contraposición, que los flujos de capitales sólo se atienen al criterio de obtener mayores beneficios sin discriminaciones geográficas entre países. En cualquier caso, las crisis en Japón y el Sudeste asiático durante 1997 han confirmado el axioma de que los mercados financieros internacionales son inestables por naturaleza.
16 Planificación indicativa que encontró en Laureano López Rodó, responsable ministerial durante buena parte de los años del desarrollismo franquista, uno de sus más decididos valedores en España.
17 Para Manuel Castells (1997) las identidades proyecto no parecen surgir de antiguas identidades de la sociedad civil de la era industrial, sino del desarrollo de las identidades resistencia actuales (1997: 396). El argumento es circular en su dimensión territorial, ya que en el caso norteamericano no cabe aducir la existencia de ése tipo de identidades fuertemente arraigadas en el sentir de los pueblos europeos.
18 Los postulados del marxismo clásico también han recogido básicamente esta interpretación de la evolución societaria contemporánea.
19 En un modo análogo a lo que conciencia de clase y lucha de clases ha sido para los pensadores marxistas. Para ambos, en suma, la integración política y la construcción nacional constituyen la variable independiente en el análisis social de la cual dependen cultura y lengua (Deutsch, 1966).
20 Estos teóricos funcionalistas, en sus variantes conductista y difusionista, han sido beligerantes ahistoricistas. Para ellos la historia es una mera sucesión de eventos que, merced a la ausencia de replicabilidad, no permite comparaciones y generalizaciones. Asocian la historia, además, con sociedades primitivas y premodernas, por lo que su estudio debería dejarse a los antropólogos culturales. Naturalmente, el énfasis cuantitativo y neopositivista está implícito en esta consideraciones, constituyendo uno de los rasgos más característico de la contemporánea ciencia social estadounidense. Véase, al respecto, Safran (1987).
21 Respecto a este último caso es polémica --aunque ajustada en puridad terminológica-- la afirmación de que los Estados Unidos no constituyen una nación. La ausencia de un origen etnonacional propio hace inviable tal consideración (Connor, 1994).
22 De acuerdo con William Safran (1987) la cultura del melting pot estadounidense, a pesar de ocasionales influjos de expresiones italianas y judías/yídish, seguía siendo básicamente WASP a finales de los años 80.
23 Ya en 1947, el líder republicano, Thomas Dewey, que se enfrentó en las elecciones presidenciales de 1948 a Harry Truman, comentó utilizando un juego de palabras que "...la ciudad de Nueva York no es un melting pot sino un boiling hot (olla hirviendo)".
24 Will Kymlicka considera que tales culturas implican recuerdos, valores compartidos y hasta instituciones y prácticas sociales comunes (1997b: 8).
25 Para liberales como Michael Walzer esta dualidad se compone de sombras (anonimato de ser americano-estadounidense) y luces (arraigo de ser judío-americano, afro-americano o irlandés-americano) (Beirain, 1996: 29). Naturalmente el valor cívico ‘americano’ está conformado principalmente por luces étnicas WASP, como se ha señalado anteriormente. Se denota en esta posiciones, tal y como ha señalado Yael Tamir (1993), que la mayoría de los liberales son nacionalistas liberales.
26 Según el gobierno de José María Aznar, España se convertirá en el país más descentralizado del mundo una vez sean traspasadas las competencias de sanidad a todas las Comunidades Autónomas (El País, 24.11.97).
27 Para una reflexión sobre la necesidad del federalismo a fin de consolidar la democracia en los estados multinacionales, véase Linz (1997).
28 Se especula, a consecuencia de ello, con la idea de una Europa en la que los gobiernos centrales de los países miembros, y aún la idea del estado-nación, se encontraría en progresivo reflujo político ante la cada vez mayor capacidad de intervención de las instituciones comunitarias y de los gobiernos regionales.
29 Sin embargo, como asegura Karl Popper la concurrencia "...puede y debe ser explicado como una consecuencia inintencional (normalmente inevitable) de las acciones (conscientes y planeadas) de los competidores" (1976: 102).
30 Dos son los objetivos principales de los programas puestos en marcha bajo la denominación de ingresos mínimos de inserción: (a) Garantizar un ingreso mínimo a los ciudadanos que acrediten su situación de necesidad; y (b) Favorecer la inserción social de los perceptores. Para un estudio de los ‘usos’ de los IMIs, véase Serrano y Arriba (1998).
31 Para un análisis de la génesis y desarrollo del Estado del Bienestar en España, véase Moreno y Sarasa (1993).
32 En el caso de Euskadi, la provisión de esta política social toma en cuenta la peculiar confederación de sus ‘territorios históricos’, así como las relaciones de dirección y coordinación entre las Juntas Generales, las Diputaciones Forales y los servicios sociales municipales de base que atienden directamente a los perceptores del subsidio.
33 Es esta una argumentación sofista sin sustentación en la realidad de la actividad económica. En realidad, la fuerzas del mercado tienden a aumentar la desigualdad entre regiones, cuyos niveles de crecimiento económico ya eran desiguales en sus inicios. Gunnar Myrdal (1957) apuntó que se trataba de un proceso de ‘desequilibrio acumulativo’.
34
Además, y según observa Anthony Giddens,
las afinidades étnicas pueden tener efectos multiplicadores respecto a las
divisiones de clase (1979: 227).
Referencias
bibliográficas
Anderson,
Benedict (1983), Imagined Communities:
Reflections on the Origins and Spread of Nationalism. Londres: Verso. Ed.
en castellano: (1993), Comunidades
imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México,
D.F.: Fondo de Cultura Económica.
Barth,
Fredrik (ed.) (1969), Ethnic Groups and
Boundaries. The Social Organization of Culture Difference. Boston: Little,
Brown & Co. Ed. en castellano: (1976), Los
grupos étnicos y sus fronteras: La organización social de las diferencias
culturales. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.
Beriain,
Josetxo (1996), ‘La identidad colectiva dual de las sociedades modernas’. Inguruak,
nº 14, pp. 9-42.
Brass,
Paul (1991), Ethnicity and Nationalism.
Theory and Comparison. Nueva Delhi: Sage.
Castells,
Manuel (1996), ‘El dilema europeo’, El
País (10 de abril).
Castells,
Manuel (1997), El poder de la identidad.
(Vol. 2, La era de la información.
Economía, sociedad y cultura). Madrid: Alianza.
Connor,
Walker (1994), Ethnonationalism. The
Quest for Understanding. Princeton: Princeton University Press.
Cohen,
Anthony (1992), The Symbolic
Construction of Community, 1ª ed., 1985. Londres: Routledge.
Dahl,
Robert (1971), Polyarchy, Participation
and Opposition. New Haven: Yale University Press. Ed. en castellano:
(1990), La poliarquía. Participación y
oposición. Madrid: Tecnos.
Deutsch,
Karl (1966), Nationalism and Social
Communication (2ª Ed). Nueva York: M.I.T. Press.
Etzioni,
Amitai (1993), The Spirit of Community.
Rights, Responsibilities, and the Communitarian Agenda. Nueva York: Crown.
Geertz,
Clifford (ed.) (1963), Old Societies and
New States. The Quest for Modernity in Asia and Africa. Nueva York: Free
Press.
Geertz,
Clifford (1973), The Interpretation of
Cultures. Nueva York: Basic Books.
Gellner,
Ernest (1983), Nations and Nationalism.
Ithaca, N.Y.: Cornell University Press. Ed. en castellano: (1988), Naciones y nacionalismo. Madrid: Alianza.
Giddens,
A. (1979), Central Problems in Social
Theory. Londres: Macmillan.
Giddens,
Anthony (1991), Modernity and Post-Modernity:
Self and Society in the Late Modern Age. Cambridge: Polity Press.
Giner,
Salvador y Luis Moreno (1990), ‘Centro y periferia: La dimensión étnica de
la sociedad española’, en Giner, Salvador (dir.), España.
Sociedad y política. Madrid: Espasa-Calpe, pp.169-197.
Glazer,
Nathan y Moynihan, Daniel (1963), Beyond
the Melting Pot. Cambridge, MA: M.I.T & Harvard University Press,
1963.
Greenfeld,
Liah (1992), Nationalism. Five Roads to
Modernity. Londres: Harvard University Press.
Greider,
William (1997), One World, Ready or Not:
The Manic Logic of Global Capitalism. Nueva York. Simon & Schuster.
Hobsbawm,
Eric (1990), Nations and Nationalism
since 1780: Programme, Myth and Reality. Cambridge: Cambridge University
Press.
Horowitz,
Donald (1985), Ethnic Groups in Conflict.
Berkeley: University of California Press.
Keating,
Michael (1988), State and Regional
Nationalism. Territorial Politics and the European State. Brighton:
Harvester Wheatsheaf.
Keating,
Michael (1996), Nations Against the
State: The New Politics of Nationalism in Quebec, Catalonia and Scotland.
Londres: Macmillan. Ed. en castellano: (1996), Naciones
contra el Estado. El nacionalismo de Cataluña, Quebec, y Escocia. Barcelona:
Ariel.
Koelble,
Thomas (1995), ‘The New Institutionalism in Political Science and Sociology’,
Comparative Politics, Vol. 27, nº 2, pp. 231-243.
Kymlicka,
Will (1996a), ‘Federalismo, nacionalismo y multiculturalismo’, Revista
Internacional de Filosofía Política, nº 7, pp. 20-54.
Kymlicka,
Will (1996b), ‘Derechos individuales y derechos de grupo en la democracia
liberal’, Isegoría, nº 14, pp.
5-36.
Linz,
Juan (1973), ‘Early State-Building and the Late Peripheral Nationalisms
against the State: the case of Spain’, en Samuel Eisenstadt y Stein Rokkan (eds.),
Building States and Nations: Models, Analyses and Data across Three Worlds.
Beverly Hills: Sage, pp. 32-116.
Linz,
Juan (1997), ‘Democracy, multinationalism and federalism’. Ponencia
presentada en el Congreso Mundial de Ciencia Política, Seúl.
MAP
(1997), Estudio sobre reparto del gasto público en 1997 entre los distintos
niveles de administración. Madrid: Ministerio de Administraciones Públicas.
Melucci,
Alberto (1989), Nomads of the Present.
Londres: Hutchinson Radius.
Moreno,
Luis (1988), ‘Identificación dual y autonomía política’, REIS,
nº 42, pp. 155-174.
Moreno,
Luis (1995), Escocia, nación y razón.
Dos milenios de política y sociedad. Madrid: CSIC.
Moreno,
Luis (1997a), La federalización de España.
Poder político y territorio. Madrid: Siglo XXI.
Moreno,
Luis (1997b), ‘Las relaciones de concurrencia múltiple etnoterritorial en
España’, Zona Abierta, nº 79 (Nacionalismos
y Movilización política), pp. 141-165.
Moreno,
Luis y Ana Arriba, (1996), ‘Dual Identity in Autonomous Catalonia’, Scottish
Affairs, nº. 17, pp.78-97.
Moreno,
Luis y Sebastià Sarasa (1993), ‘Génesis y Desarrollo del Estado del
Bienestar en España, Revista Internacional de Sociología, nº 6, pp. 27-69.
Moreno,
Luis, Arriba, Ana y Araceli Serrano (1998), ‘Multiple Identities in
Decentralized Spain: The Case of Catalonia’, Regional
and Federal Studies (en prensa).
Myrdal,
Gunnar (1957), Economic Theory and
Underdeveloped Regions. Londres: Duckworth.
Pérez-Agote,
Alfonso (1994), ‘Un modelo fenomenológico-genético para el análisis
comparativo de la dimensión política de las identidades colectivas en el
Estado de las Autonomías’, en Justo G. Beramendi, Ramón Máiz y Xosé M. Núñez
(eds.), Nationalism in Europe. Past and Present. Santiago de Compostela:
Universidad de Santiago, pp.307-323.
Platón,
Miguel (1994), La amenaza separatista.
Mitos y realidad de los nacionalismos en España. Madrid: Temas de Hoy.
Popper,
Karl (1976), ‘The Logic of the Social Sciences’, en Theodor Adorno et
al, The Positivist Dispute in German
Sociology, pp. 87-104. Nueva York: Harper & Row.
Rudolph,
Jr., Joseph R. y Robert J. Thompson (1989), Ethnoterritorial
Politics, Policy and the Western World. Boulder, CO.: Lynne Rienner. Ed.
en castellano: (1992), Política
etnoterritorial. Desafíos en las democracias occidentales. Barcelona:
Pomares-Corredor.
Safran,
William (1987), ‘Ethnic Mobilization, Modernization, and Ideology:
Jacobinism, Marxism, Organicism and Functionalism’, The
Journal of Ethnic Studies, Vol. 15, nº 1, pp. 1-31.
Serrano,
Araceli, 1995, Identidades étnicas
versus identidades cívico-territoriales como tipos ideales de identidad
nacional. Discursos, actitudes y bases sociales. Una comparación entre Cataluña
y País Vasco, Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid.
Serrano,
Araceli y Ana Arriba (1998), Los
‘usos’ de las rentas mínimas de inserción en España. IESA:
Documento de Trabajo 98-01.
Smith,
Anthony (1991), National Identity.
Londres: Penguin.
Soros,
George (1997), ‘Hacia una sociedad abierta global, El
País (23 de diciembre).
Strange,
Susan (1995), ‘The Limits of Politics’, Government
and Opposition, Vol. 30 , nº 3, pp. 291-311.
Tamir,
Yael (1993), Liberal Nationalism.
Princeton, NJ: Princeton University Press.
Taylor,
Charles (1996), ‘Identidad y reconocimiento’, Revista
Internacional de Filosofía Política, nº 7, pp. 10-19.
Tönnies,
Ferdinand (1979), Comunidad y Asociación
(Ed. original: Gemeinschaft und
Gesellschaft). Barcelona: Ediçions 62.
Wallerstein,
Immanuel, The Modern World-System:
Vol. 1 (1974): Capitalist agriculture
and the origins of the European world-economy in the sixteenth century.
Nueva York: Academic Press; Vol. 2 (1980); Mercantilism
and the consolidation of the European world-economy, 1600-1750. Nueva York:
Academic Press; Vol. 3 (1989), The
second era of great expansion of the capitalist world-economy, 1730-1840s.
Nueva York: Academic Press. Ed. en castellano: (1979, 1984), El moderno sistema mundial (Vols 1 y 2),. Madrid: Siglo XXI.
Wallerstein, Immanuel (1984), ‘Houselhold Structures and Labor-force Formation in the Capitalist World-Economy’, en Joan Smith, Immanuel Wallerstein y Hans-Dieter Evers (eds.), Households and the World Economy. Beverly Hills: Sage, pp. 17-22.