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Juan J. Linz (1926) |
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Juan José Linz Storch de
Gracia (Bonn, 1926)
es Catedrático emérito de la Universidad de Yale.
Se Licenció, con Premio
Extraordinario, en Ciencias Políticas (1947) y en Derecho (1948) por la
Universidad Complutense de Madrid. Obtuvo el grado de Doctor en Sociología
en la Universidad neoyorkina de Columbia (1959) con una tesis sobre
"The Social Basis of Political Parties in West Germany".
Enseñó en la Universidad
Complutense de Madrid desde 1947, para pasar a la Universidad de
Columbia en 1960 y a la de Yale en 1968, hasta su jubilación. Al mismo
tiempo, ha enseñado en la Escuela de Organización Industrial de Madrid
(1959), en la Universidad de Stanford (1966), en la Autónoma de Madrid
(1968), en el European University Institute de Florencia (1979), Max
Weber Visiting Professor en la Universidad de Heidelberg (1983), en el
Institut des Sciences Politiques de París (1994), Eric Voeglin Visiting
Professor en la Universidad de Munich (1996), Georg Simmel Visiting
Professor en la Umboldt Universität de Berlín (1997), así como ha
pronunciado conferencias y participado en seminarios en universidades de
todo el mundo y la mayor parte de las españolas.
Entre sus actividades científicas
y asociativas destacan las siguientes:
Presidente de la World Association
of Public Opinión Research, 1974-76. Miembro del Council for European
Studies desde su fundación y Presidente en el bienio 1973-74. Miembro
del Comité Ejecutivo de la International Sociological Association
(1974-1982) y de su Comité Científico (1974-78). Presidente del Comité
de Investigación en Sociología Política de la ISA y la IPSA
(1971-1979), del que fue miembro fundador en 1960.
Por su relevante aportación a la sociología
política contemporánea, es considerado uno de los mejores sociologos
de la historia de España. La obra del profesor Linz abarca, entre otros
campos, el estudio del funcionamiento y estabilidad de las democracias,
los regímenes autoritarios y fascistas, la transición a las
democracias, las actitudes electorales y los partidos políticos. Sus
investigaciones han tenido una considerable proyección internacional y
han influido en el progreso de las Ciencias Sociales, y su magisterio ha
sido decisivo para el avance alcanzado hoy por la sociología política
en los países iberoamericanos. Se le concedió el Premio Príncipe de Asturias de
Ciencias
Sociales en 1987.
Dentro de sus etapas de desarrollo
intelectual, el propio Linz reconoce tres momentos importantes, amén de
otros intereses temáticos: el primero, marcado por sus reflexiones
acerca de las notas distintivas entre el autoritarismo y el
totalitarismo, que se inició en 1963 como un intento de respuesta a la
simple dicotomía que se establecía entre el totalitarismo y la
democracia; el segundo momento, marcado por sus reflexiones acerca de
los quiebres de la democracia y las transiciones hacia sistemas democráticos,
inquietud que se inaugura con la publicación de su libro "El
quiebre de los regímenes democráticos. Crisis, caída y
reequilibrio" (1978); el tercer instante se inaugura con su
preocupación por los problemas de la transición a la democracia y su
posterior consolidación, escribiendo un libro con Stepan.
Linz reconoce ser un hombre de
intereses diversos. A sus afanes no han quedado ajenos los intentos por
reflexionar acerca de los tipos de democracia existentes, área de
preocupación que se ha visto cruzada por el rol que juegan la religión
y los nacionalismos, en una perspectiva comparada.
También los partidos políticos
han sido objeto de su preocupación, ya desde 1949 en que revisó
bibliografía sobre la geografía electoral francesa y se encontró con
André Siegfried en Madrid. Otro eje de reflexión es su relación con
los estudios latinoamericanos.
Reconoce su añoranza por la
historia y la gran excitación que le producen los estudios de opinión.
En ésta última línea se inscriben, desde el primer survey sample
nacional español, en 1959-1960, hasta su participación en la
construcción de un cuestionario para el estudio de los valores
europeos.
Si nos damos el tiempo para
revisar los aportes escritos de nuestro autor seleccionado, podemos
comprobar su contribución en todas las áreas anteriormente señaladas.
Así, tanto en comportamiento electoral, como en lo que atañe a las
bases sociales de la política, religión y política, sociología y élites
industriales, autoritarismo, historia del pensamiento sociológico,
centro/periferia, sociedad española, estudios de opinión, historia y
política españolas, Europa del sur, quiebres de las democracias,
fascismo, transición a la democracia, regímenes políticos, son todos
nichos de profunda preocupación que revelan un pensamiento polifacético
y dual, de un sociólogo y cientista político que ha cabalgado entre
naciones y disciplinas.
Entre
sus libros destacan Los teólogos de la muerte de Dios, Pragmática
del lenguaje y filosofía analítica, La imaginación ética, Ética,
retórica y política,"La mujer en el año 2000",Por una política
feminista y Virtudes públicas
El
problema de la democracia es la calidad de los políticos
Por
Aurelio Arteta
Aurelio
Arteta, catedrático de Ética y Filosofía Política de la
Universidad del País Vasco, conversa en la Universidad de
Yale con Juan Linz, uno de los más brillantes académicos
españoles, radicado en Estados Unidos. Los partidos políticos,
la democracia y el problema vasco son el eje de su conversación
Uno se acerca a Hamden
(Conneticut,
EE UU), donde vive Juan Linz, con un respeto casi reverencial.
No es para menos, porque sólo resumir el historial de este
profesor de ciencias políticas y sociales en la Yale
University desbordaría el espacio disponible. Es autor de España: un presente para el futuro,
Conflicto en Euskadi, La quiebra de las democracias, El
fracaso del presidencialismo, así como de decenas de
obras en colaboración y traducidas a muchas lenguas. Miembro
de la Academia Europea y doctor honoris causa de varias
universidades, ha recibido el premio Príncipe de Asturias y,
más recientemente, el Johan Skytte en Political Science. Ha
sido profesor visitante en Heidelberg, Múnich, París, Berlín,
Tokyo... Pero todo lo que tiene de abrumador su currículo lo
tiene el profesor Linz de llaneza y cordialidad. En esto no le
va a la zaga su mujer, Rocío de Terán (su brazo derecho y
hasta el izquierdo), autora de cuentos infantiles y asidua
colaboradora de nuestro profesor... Fueron varias horas de
conversación, una larga lección de política, de la que aquí
sólo caben unos pocos fragmentos.
Aurelio Arteta. ¿Cómo recalaste en
Yale?
Juan Linz. Tras haber estudiado derecho y ciencias políticas
en Madrid, me vine a Estados Unidos en el año 1950. Aquí
estudié sociología, preparé mi tesis doctoral y trabajé de
ayudante de investigación con profesores como Merton, Lipset
y Bendix. Volví a España en 1958 con una ayuda para trabajar
sobre el régimen español y me hice cargo de la cátedra de Gómez
Arboleya cuando murió. La universidad española no me ofreció
más que ser de nuevo ayudante de clases prácticas y yo no
disponía de medios de vida. Fue entonces cuando me llamaron
de la Columbia University, adonde vine el año 1961, y después,
en 1968, a la de Yale. Y aquí he permanecido hasta ahora.
Partidos políticos
A. A. Y no paras, por lo que veo,
pese a tu reciente pase a la condición de profesor emérito.
El otro día le escuché a Rocío que, en varios viajes, has
llegado a citar a tus doctorandos en los aeropuertos donde hacías
escala... Pero entremos en las cuestiones que nos interesan,
si te parece. Los partidos políticos son pieza indispensable
del engranaje democrático, aunque tal vez una de las que peor
funcionan en los regímenes contemporáneos. Tengo la
esperanza de que más pronto que tarde asistiremos a su
transformación sustancial.
J. L. Pues lo veo muy difícil. A diferencia de los
movimientos cívicos, un partido político no cultiva una
causa única, sino que es un manojo de causas, planteamientos,
intereses. Eso significa que nunca votante alguno estará en
total acuerdo con el partido al que vota. Los partidos son
además un instrumento para conquistar o sostener un Gobierno,
y eso requiere una cohesión y disciplina a las que han de
someterse líderes, diputados y militantes. Más todavía: se
presentan a las elecciones con unos planteamientos y programas
que luego, cuando llegan al Parlamento (y no digamos si es al
Gobierno), a menudo constatan como mal informados o inviables.
Como ésas, hay otras varias razones que explican la actual
desafección hacia los partidos.
A. A. Hace tiempo que doy vueltas al modo como se
financian. En mi opinión, todo estriba en la doble naturaleza
del partido político, una organización de carácter privado
y a la vez tan pública que sobre ella pivota el sistema político
en conjunto. Como negocio privado, invierte con vistas a los
beneficios de sus accionistas (los cargos o 'el botín del
Estado', que diría Weber) y puede recabar cuanta financiación
legal le sea precisa. Como empresa pública, la más nuclear
del aparato del Estado, sus fines han de ser el interés común
y su financiación sólo puede ser pública. Aquí hay una
antinomia que no sé resolver. Por si fuera poco, se diría
que por razones obvias la izquierda sale perdiendo con este
tipo de financiación privada e ilimitada, mientras la derecha
en general sale ganando.
J. L. Mira: los fondos de Elf y de otros no iban en
Francia a los partidos de derechas, sino al Gobierno de
Mitterrand y a sus campañas electorales. Los intereses económicos
se orientan al ganador, con independencia de que sea de
izquierdas o de derechas. En este punto el cinismo es
generalizado. Y podría añadirse que, en último término,
esos intereses distribuyen por su cuenta y con una relativa
igualdad eso que de otra manera pagarían en impuestos y que
el Estado distribuiría después para mantener el juego de los
partidos...
A. A. Aunque fuera como dices, esa distribución indirecta
y velada fomentaría tanto un reducido bipartidismo como la
compraventa de favores. Pero, sobre todo, se burlaría del
sagrado principio 'un hombre, un voto', porque la financiación
privada significa que de hecho unos ciudadanos tienen más
poder de elegir y de ser elegidos que otros.
J. L. El problema es no querer admitir, y eso ocurre en
todos los electorados del mundo, que el proceso democrático
es muy costoso. Cuando preguntas: '¿Estaría usted dispuesto
a dar algún dinero al partido con cuyas posiciones se siente
más identificado?', tan sólo una mínima minoría, y en
todos los partidos por igual (salvo en la extrema derecha y en
la extrema izquierda), parece dispuesta a cotizar de su
bolsillo. En definitiva, el ciudadano desea mayor participación,
pero nunca se pregunta quién va a pagar todo eso. Y su
exclusiva financiación pública, en principio sensata,
origina consecuencias indirectas graves que no la hacen
deseable.
A. A. Digamos más bien que aún no hemos dado con la fórmula
capaz de plasmar ese principio democrático. En un texto que
casi nadie recuerda dice Stuart Mill que toda financiación
privada que exceda un cierto límite, fijo y público,
introduce la desigualdad entre los candidatos; más en
concreto, una desigualdad que favorece de hecho a los
candidatos con mayor respaldo económico. Schumpeter, por su
parte, no duda de que la propaganda política se rige por la
misma ley que la propaganda comercial: la expectativa de
mayores ventas.
Democracia y mercado
J. L. ¿Qué es lo que se vende?
A. A. Se vende un concepto de sociedad, se vende un
programa de Gobierno. Doy por sentado que los partidos de
masas se mueven en el desencanto y el posibilismo, la búsqueda
del centro y la suavización de sus aristas ideológicas. Pero
lo peor es que el principio fundacional de la democracia, la
igualdad de los individuos como ciudadanos, se quiebra en
cuanto convertimos el nexo propio de la sociedad civil, que es
el dinero, en nexo asimismo de nuestra organización pública,
que no debe conocer más vínculo que la igual ciudadanía.
J. L. La relación entre el voto y el dinero es indirecta.
Ya puede alguien derrochar dinero en su campaña: eso no basta
para persuadir a suficientes ciudadanos de que le presten su
apoyo. Uno se adhiere a partidos que tienen algo que ofrecer
en su programa. Y si un partido nacido de la noche a la mañana
se vuelve mayoritario (el de Berlusconi), es que realmente
representa unas opciones ciudadanas.
Confianza en el ciudadano
A. A. Me temo, Juan, que estés traicionando tu acreditado
realismo. Si partimos de que, efectivamente, la propaganda política
responde a la misma lógica y a parecidos intereses que la
propaganda comercial...
J. L. Es que no parto de ese principio, porque tengo más
confianza en el ciudadano, así como en el consumidor. Por
mucha campaña y carteles, si no ves en eso algo que te
atraiga, no lo votas o no lo compras. Puede engañarse a la
gente una vez, pero como pruebe el producto y no le guste, ya
no vuelve a comprarlo. En política, el riesgo se corre sólo
por cuatro años. El gasto publicitario tal vez moviliza para
votar, pero la inmensa mayoría tiene ya sus opciones tomadas
y no las va a cambiar. En fin, que los electorados tienen su
racionalidad, una racionalidad distinta quizá a la que
nosotros nos gustaría.
A. A. Pues claro, una racionalidad mercantil, la del
consumidor, pero no la racionalidad del ciudadano. Se ha dicho
que la idea de democracia contiene decisivas promesas que en
la práctica ha incumplido. Para expresarlo de otro modo, creo
que el principio democrático mismo encierra un desafío
frente a la sociedad en que las democracias arraigan, la
sociedad organizada por el mercado y el capital. Hoy ese reto
está neutralizado por el hecho de que la democracia se
asimila cada vez más en la conciencia de las gentes a un
mercado político. La representación parlamentaria está
deformada por la financiación electoral, y la deliberación pública,
sustituida por la negociación secreta.
J. L. Entre nosotros no se plantean opciones tajantes más
que cuando se convierten en lo que llamaba Carl Schmitt
existenciales, y siempre tratamos de evitarlas. Así que en
nuestras sociedades hay heterogeneidad, pero también
elementos de acuerdo; en especial, el propósito de no romper
la baraja. La política democrática consiste en esas dos
fases o dos zonas, de consenso y de conflicto, un conflicto
que no sea de vida o muerte y esté limitado en el tiempo. O
sea, que a mi parecer el proceso democrático en grandes líneas
funciona.
A. A. Siento no compartir tu optimismo. A mí me obsesiona
que una democracia que adopte progresivamente formas
mercantiles se incapacita para llenarse de suficientes
contenidos de justicia.
J. L. Te diré dónde sitúo yo las deficiencias de
nuestras democracias: en los muy escasos alicientes económicos
(legales, se entiende), de prestigio social y de seguridad en
el empleo para trabajar en política. Así las cosas, ¿cómo
atraer hacia la actividad política a los mejores de cada
sociedad? Para mí, el problema crucial de la democracia
reside cada vez más en la calidad de la gente que se dedica a
la política.
El problema vasco
A. A. He dejado para el final algo
que a los dos nos duele, como es el interminable problema
vasco. En tu caso, además, la preocupación viene de antiguo,
porque ya la manifestaste incluso antes de morir Franco.
J. L. He dado cursos sobre el nacionalismo, creo saber
algo de ello y no me explico la virulencia, la destructividad
que allí ha alcanzado. Hay razones emocionales, hay
intereses, pero se podría concebir el nacionalismo de una
forma más constructiva, como una identidad entre las múltiples
que puede tener la gente. Porque las identidades no son
excluyentes. Y eso es la base de la convivencia en un Estado,
como el español, que reconoce ese pluralismo de
nacionalidades y nacionalismos. El arreglo es posible, pero
exige un liderazgo que lo quiera, y en el País Vasco no
parece quererlo.
A. A. Explícate, por favor.
J. L. Una mayoría de los españoles hemos reconocido los
derechos de Euskadi a su autonomía, y el derecho de su
Parlamento y Gobierno a legislar y gobernar en el marco de la
Constitución. Pero hay otros derechos, como los de educación
y lengua, que no están muy claramente definidos (quizá
porque se ha buscado su indefinición), en los que asoma el
peligro de que el nacionalista quiera dibujar una sociedad
culturalmente monocolor... Eso es algo de lo que se acusa con
razón a esos Gobiernos españoles de ciertos períodos que
pretendieron forjar una España unilingüe. Semejante opresión
formaba parte de un proyecto unitario que los franceses
llevaron a cabo con éxito en la Tercera República y que
entre nosotros fracasó. Y seguramente para bien, porque así
se han conservado otras lenguas, identidades y tradiciones. Lo
penoso es que algunos líderes nacionalistas, tanto en Cataluña
como en el País Vasco (en Galicia, menos) intenten aplicar
ahora en su propio feudo todo lo que tenía de rechazable
aquel proyecto nacional españolista.
A. A. ...
J. L. Eso tampoco sería tan problemático si reinara
una cierta homogeneidad en esas comunidades, pero tal
homogeneidad no existe. Para no referirnos más que a la
comunidad autónoma vasca (y aún sería peor en la llamada
Euskal Herria), seguramente unas tres cuartas partes de los
vascos -desde siglos atrás- no hablan euskera. Y la división
entre euskaldunes y erdaldunes no se corresponde
con la frontera entre nativos e inmigrantes, sino que es una
división dentro de la misma comunidad nativa vasca.
A. A. El problema radica en que forjar esa artificiosa
homogeneidad no parece compatible con las libertades
individuales.
J. L. Hay dos géneros de libertades: la de las
colectividades (de las nacionalidades, regiones o autonomías)
y la de los individuos. Creo que el mejor patrón de libertad
implica las dos. Habría muchas fórmulas para coordinarlas,
pero todas han de partir de un requisito: una voluntad de
convivencia, y no de hostilidad. Frente a ese modelo que ya no
podemos aplicar en España, el del Estado-nación, hay otro
que llamaré de nación-Estado. Este último implica un
sentimiento de identidad en lo propio y de respeto a los
intereses comunes; en una palabra, de lealtad hacia la
federación.
A. A. Suelo decir que el drama del nacionalista moderado
consiste en estar dividido entre la comunidad civil que forma
con todos sus conciudadanos y la comunidad de creencias
(anterior y más sagrada) que vive tan sólo con sus
correligionarios. Tal es la contradicción que atraviesa al
PNV.
J. L. Pues sí, ése es el problema. Lo que pasa es que el
ámbito en el que se establecen las instituciones democráticas
no se decide democráticamente. Es una realidad que viene
impuesta por la historia y las circunstancias. El mapa político
de Euskadi incluye zonas que no se sienten parte de la nación
vasca. ¿Habría que modificar sus fronteras para que
coincidieran con las del sentimiento nacionalista? Ningún
nacionalista lo aceptaría, porque siempre buscará las
fronteras máximas posibles: las de la historia para unas
cosas, las administrativas para otras, las lingüísticas para
unas terceras. Es decir, suma todo lo que puede a fin de ganar
el máximo territorio para su proyectada comunidad política.
A. A. Pero dirán -falsamente- que son mayoría y, en todo
caso, reclamarán el derecho de autodeterminación.
J. L. El principio de la mayoría no puede decidir
cuestiones que afectan de una manera esencial a los
sentimientos de las minorías, y es que el puro proceso mecánico
de contar votos no tiene en cuenta su intensidad en los
votantes. Viniendo al caso, los sentimientos y las libertades
de esa presunta minoría, de los que no comparten el proyecto
nacionalista, tienen que ser respetados. Pero quienes aspiran
a la secesión del País Vasco serían, en la hipótesis más
optimista para ellos, una mayoría muy exigua, y ello suscita
problemas de envergadura. El primero es que semejante decisión
no pertenece a la misma clase que la adoptada en unas
elecciones. En unas elecciones está en juego quién nos va a
gobernar, pero sólo por cuatro años; en cambio, la
independencia de un territorio es una medida que afecta a
generaciones futuras, a gentes que todavía no han votado, y
que además no admite una fácil vuelta atrás. Más aún,
gracias a las encuestas hoy podemos conocer con escaso margen
de error el grado de apoyo de cualquier alternativa. De modo
que, si alguien establece un determinado censo y un
determinado quórum, ya ha prejuzgado el resultado, y sólo
esto hace muy dudoso el ejercicio de ese principio de
autodeterminación.
A. A. Está además la vieja cuestión de quién decide...
J. L. Efectivamente, antes que nada habrá que decidir
quiénes son los que tienen derecho a decidir. Si uno contesta
'la población de la comunidad autónoma vasca', los
nacionalistas le replicarán que hay que incluir también a
dos departamentos franceses y a Navarra. Pero eso lo tendrán
que resolver los franceses y los navarros, quienes no parecen
estar por la labor. Y todo ello sin contar con que los
nacionalistas invocan en Euskadi la tradición de los derechos
históricos de cada uno de sus territorios, reflejada incluso
en su sistema electoral de representación. ¿Gozará entonces
Álava del derecho de autodeterminación? Si lo ejerce, es más
que probable que su mayoría no estuviera a favor de la
soberanía de Euskadi. Y si me apuras, ¿por qué la 'margen
izquierda' no se une a Cantabria y se sitúa en Baracaldo la
frontera entre el Estado de Euskadi y la autonomía cántabra?
Todo eso conduce a absurdos.
A. A. ¿Y entonces?
J. L. Con la capacidad de autogobierno en las autonomías
(hasta para emprender políticas de dudosa
constitucionalidad), no veo más razón para perseguir la
secesión que una emocional y simbólica. Pero en todos los
Estados federales rige un principio básico: las decisiones
que afectan a toda la federación están bajo la competencia
de la comunidad total. De suerte que la entera comunidad de
los españoles tendría que ser consultada y decidir todo
esto. Y si hubiera que acudir a un referéndum de
autodeterminación, el primer paso sería reformar la
Constitución conforme a sus propias normas para así permitir
esa consulta, que hoy sería anticonstitucional, y, luego, que
todos nos comprometamos a respetar el resultado. Puede que
lleguemos a tal situación, pero no creo que sea deseable ni
para los vascos ni para los españoles.
A. A. No hemos hablado del terrorismo de ETA.
J. L. La democracia se basa en que lo único políticamente
admisible son actos pacíficos, y, por tanto, todo lo que
perturbe la paz no tiene justificación legal ni moral dentro
de este orden. Ahora bien, lo grave no está simplemente en
que haya unas minorías que asesinen, sino en que eso se
justifique, se comprenda; lo que he llamado la semilealtad
nacionalista a las instituciones democráticas. Ése es el
gran problema. Y se trasluce incluso en la distorsión del
idioma, como cuando se habla de 'tregua', de 'mesas para la
paz', etcétera. Porque en el País Vasco no hay guerra: hay
unos actos que en un Estado de derecho democrático son
criminales, y nada más. Eso tiene que estar claro.
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