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VÍCTOR M. CUEVAS (*) |
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Introducción
El proyecto de la Unión Monetaria Europea (UME, en lo sucesivo) consiste
esencialmente en la creación del Banco Central Europeo (BCE), la adopción
del euro como moneda única, y la renuncia de los países afiliados a
ejercer una política monetaria y una política cambiaria autónomas. De
esta manera, el BCE será la institución encargada administrar la nueva
moneda, así como de formular e instrumentar una política monetaria común
para los 12 países de la llamada zona euro. (1)
El primer semestre de 2002 reviste gran importancia en razón de que,
durante ese periodo, monedas como el franco francés, el marco alemán, la
lira italiana y la peseta española serán sustituidas por el euro. Es
decir, del 1 de enero al 30 de junio del referido año el euro circulará
conjuntamente con las diferentes monedas nacionales, a las que irá
reemplazando progresivamente. De esta manera, a partir del 1 de julio de
2002 el euro será la única moneda de curso legal en la región.
En este artículo se analizan las repercusiones de la UME en la macroeconomía
y los negocios. En la primera sección se analizan las consecuencias de la
UME en los ámbitos monetario y cambiario. En la segunda sección se abordan
sus efectos en el manejo de las finanzas públicas. Y en la tercera se hace
un balance de las ventajas y las desventajas que la UME entraña, tanto para
las economías involucradas como para los negocios que en ellas operan.
Finalmente, se presentan las conclusiones.
Las políticas monetaria y cambiaria dentro de la UME
La UME implica la pérdida de la soberanía monetaria y cambiaria para los
países afiliados. El principal órgano de toma de decisiones del BCE es la
junta de gobierno, donde los diferentes bancos centrales nacionales se
encuentran representados con el objeto de decidir por mayoría de votos una
misma política monetaria para todos los países de la zona monetaria común.
Esto significa esencialmente tres cosas: la primera es que la política
monetaria y la tasa de interés de referencia serán las mismas en todos los
países de la UME; la segunda es que, una vez que el euro haya sustituido a
las diferentes monedas nacionales, los tipos de cambio entre los países de
la UME desaparecerán; y la tercera es que la política cambiaria de la
eurozona -es decir, la política de tipo de cambio del euro frente a monedas
internacionales como el dólar norteamericano y el yen japonés- tendrá que
ser acordada por los diferentes gobiernos nacionales de la zona euro. (2)
Como puede observarse, los países de la UME renuncian a la facultad
discrecional de modificar las tasas de interés domésticas y el tipo de
cambio. Este dista mucho de ser un asunto trivial, puesto que a través de
ajustes a estas dos variables macroeconómicas pueden estabilizarse los
niveles de actividad económica y empleo en torno a su tendencia de largo
plazo. Dicho de otro modo, un país en recesión puede reducir las tasas de
interés, por la vía de una política monetaria expansiva, y/o devaluar el
tipo de cambio para reactivar su economía. Contrariamente, un país que
crece demasiado rápido y cuyos precios se disparan puede incrementar la
tasa de interés, por la vía de una política monetaria restrictiva, y/o
revaluar el tipo de cambio para desacelerar la economía y frenar la inflación.
Al ingresar a la UME, los países ya no pueden modificar de manera
independiente las tasas de interés ni la paridad cambiaria para estimular
el crecimiento (cuando éste sea demasiado lento) o para combatir la inflación
(cuando ésta sea demasiado elevada).
Por otra parte, los desequilibrios comerciales entre los países de la UME
no podrán corregirse a través de ajustes al tipo de cambio. Si, por
ejemplo, Francia viera su mercado inundado de productos alemanes -debido a
un problema de falta de competitividad con ese país- no podría devaluar
para corregir dicho desequilibrio, pues ambas naciones compartirán la misma
moneda. (3) Si, por otra parte, Francia registrara un creciente déficit en
cuenta corriente con un país no perteneciente a la UME, como los Estados
Unidos de Norteamérica, no podría modificar de manera unilateral el tipo
de cambio del euro frente al dólar norteamericano pues, para ello, requeriría
del apoyo de otros miembros de la UME.
En este contexto, vale preguntarse, ¿qué tan costoso puede resultar para
un país la renuncia a su soberanía monetaria y cambiaria? En primer lugar,
hay que destacar que la soberanía en el terreno monetario y cambiario es un
concepto muy relativo, puesto que la globalización y la libre movilidad de
capital reducen los grados de libertad de una nación para manipular las
tasas de interés y el tipo de cambio. Por ejemplo, si un país
relativamente pequeño lleva adelante una política monetaria demasiado laxa
para estimular el crecimiento, su tasa de interés bajará más allá de lo
recomendable y la inflación se desatará, disminuyendo así el atractivo de
la moneda doméstica frente a las monedas foráneas. Esto, a su vez,
provocará una fuga masiva de capital y una crisis devaluatoria que puede fácilmente
extenderse al resto de la economía, lo que anularía cualquier logro
inicial en materia de crecimiento. Esta situación eventualmente obligaría
al banco central a dar marcha atrás, reduciendo la oferta de dinero y
subiendo la tasa de interés para, de este modo, frenar la inflación,
apuntalar la moneda nacional y evitar una crisis económica de mayores
proporciones.
No obstante que el entorno internacional tiene un peso cada vez mayor en la
formulación de las políticas económicas domésticas, los bancos centrales
nacionales conservan algún margen de maniobra -que puede ser mayor o menor
dependiendo de la economía de que se trate y de la coyuntura por la que ésta
atraviese- para aumentar la tasa de interés en períodos inflacionarios y
reducirla en períodos de recesión, permitiendo que la economía crezca
tanto como sea factible sin arriesgar la estabilidad de los precios. Las
economías nacionales también cuentan con un cierto margen para corregir déficits
comerciales y en cuenta corriente por la vía de la devaluación o
depreciación de su moneda. (4) Y esta es, precisamente, la cuota de soberanía
monetaria y cambiaria que las naciones de la UME tendrán que sacrificar.
De acuerdo con Frankel y Rose (1998), una unión monetaria -y la consecuente
renuncia a la autonomía monetaria y cambiaria- resulta menos costosa cuando
los ciclos económicos de los países involucrados se encuentran altamente
correlacionados. Esto se debe a que una correlación fuerte es reflejo de un
elevado grado de sincronización y simetría de los ciclos económicos de
los países de la zona monetaria común. En una situación como esta ocurre
que, por una parte, los países ingresan de manera más o menos simultánea
a las fases de expansión y recesión económica dentro del ciclo y, por la
otra, tanto la duración de dichas fases como la profundidad de las
fluctuaciones económicas de cada país es muy similar. En este contexto, la
probabilidad de que un país presente necesidades divergentes en materia de
política monetaria y/o de política cambiaria -y, por ende, tenga que
asumir altos costos debido a la adopción de la moneda única- disminuye
considerablemente. De hecho, la UME se encuentra de alguna manera inspirada
en numerosas investigaciones empíricas que demuestran, utilizando diversos
métodos estadísticos y econométricos, que los ciclos económicos de los
países se encuentran correlacionados y, por ende, sus niveles de actividad
económica y empleo se comportan de manera muy parecida (Gerlach, 1988;
Baxter y Stockman, 1989; Backus y Kehoe, 1992; Canova y Dellas, 1993;
Gregory et al., 1995; Canova y Marrinan, 1998).
Por otra parte, la interrogante de cómo se transmiten las fluctuaciones
económicas entre los países ha recibido considerable atención. Existen
interesantes estudios sobre cuáles son los canales internacionales de
propagación de los auges y las crisis (Cantor y Mark, 1988; Cole y Obstfeld,1989;
Canova y Dellas,1993; Frankel y Rose, 1998). La conclusión a la que se ha
arribado es que la actividad económica se transmite de unas naciones a
otras a través de dos canales fundamentales: la cuenta corriente de la
balanza de pagos, que incluye el intercambio de mercancías y servicios y
las transferencias unilaterales, y la cuenta de capital, que incluye los
flujos tanto de inversión extranjera directa y de cartera como de crédito
internacional. En síntesis, la actividad económica se transmite de un país
a otro a través del intercambio de bienes, servicios y activos financieros.
Los movimientos de capital a través de las fronteras nacionales -producto
justamente del comercio internacional de activos financieros- han venido
adquiriendo importancia como canal transmisor del crecimiento en razón de
que los procesos de apertura comercial se han visto complementados por la
desregulación y la
liberalización financiera en el mundo. (5)
Otro punto interesante es el alusivo al efecto locomotora, que no es otra
cosa sino el efecto de arrastre o de transmisión del ciclo que las economías
grandes ejercen sobre las pequeñas. Entre más grande y abierta sea una
economía, mayor será el efecto de transmisión de sus expansiones y
contracciones económicas al resto del mundo. En esta tesitura, las economías
pequeñas y abiertas, gracias a las interdependencias en los mercados de
bienes, servicios y activos financieros importan el ciclo económico de sus
socios comerciales de mayor tamaño -y, previsiblemente, lo retroalimentan-,
dando lugar al efecto locomotora. Este efecto tiende a crecer cuando los
lazos comerciales entre los países son estrechos y no hay restricciones a
la movilidad del capital.
Desde la concreción del mercado común europeo hacia finales de 1992 hay un
libre movimiento de las mercancías, los servicios y el capital entre los países
de la UME, además de que se removieron muchos obstáculos legales a la
libre movilidad del factor trabajo. En este contexto, renunciar a la
independencia monetaria y cambiaria podría no resultar tan costoso puesto
que las economías de la UME se encuentran integradas tanto desde el punto
de vista comercial como desde punto de vista financiero. Esto hace que la
correlación de sus ciclos económicos sea elevada y aumenta la viabilidad
de una política monetaria y cambiaria comunes. Por otra parte, aun cuando
se presentaran marcadas asimetrías en los ciclos económicos de los países
de la UME -es decir, aun cuando unos países crecieran rápidamente y otros
lo hicieran con lentitud-, los costos de la pérdida de la soberanía
monetaria y cambiaria se verían aminorados por la libre movilidad del
factor trabajo (Mundell, 1961; McKinnon, 1963; Gros, 1996). Esto es, los
trabajadores podrían trasladarse geográficamente de los países en recesión
a los países en auge, evitando el encarecimiento de la mano de obra en los
segundos y atenuando el problema del desempleo en los primeros.
El manejo de las finanzas públicas dentro de la UME
No obstante que dentro de una unión monetaria los países participantes
pierden la autonomía monetaria y cambiaria, la posibilidad de un manejo
independiente de la política fiscal subsiste. Sin embargo, autores como De
Grauwe (1992), los hermanos Rivera-Batiz (1994, p.662-663), y Beetsma y
Bovenberg (1998) han señalado que una unión monetaria reduce
considerablemente la discrecionalidad fiscal. En el caso concreto de la UME,
esto se debe a que el BCE es un banco central regional, que recoge todas las
características de independencia económica y política del Bundesbank (6)
y cuyo mandato es mantener la inflación a raya (Healey, 2000). Además,
actualmente son 12 los países pertenecientes a la zona euro, lo cual hace
muy poco factible que un gobierno nacional en particular influya sobre el
BCE para que amplíe su margen de maniobra fiscal a través de un
relajamiento de la política monetaria (Beetsma y Bovenberg, 1998). De este
modo, al enfrentar límites claros e inamovibles para la monetización de
los déficits fiscales, los gobiernos afiliados no podrán sobregirarse en
sus gastos más allá de su capacidad de endeudamiento y su participación
en los beneficios de señoreaje de la región. De allí que una unión
monetaria fortalezca la disciplina fiscal, sobre todo, cuando incluye a un
amplio número de países.
No obstante que lo anterior probablemente bastaría para desalentar el
libertinaje fiscal, los arquitectos de la UME fueron todavía más lejos y
promovieron la firma del llamado Pacto para el Crecimiento y la Estabilidad.
Este pacto, firmado en 1997, obliga a los países de la UME a no permitir
que su déficit fiscal y su deuda pública rebasen el 3 y el 60 por ciento
de su PIB, respectivamente, y establece onerosas multas para los países
infractores que serán impuestas por las autoridades financieras de la Unión
Europea (Baimbridge, Burkitt y Whyman, 2000).
Es importante señalar, asimismo, que el Pacto para el Crecimiento y la
Estabilidad tiene dos objetivos centrales: el primero, consiste en
asegurarse de que no haya irresponsabilidad fiscal por parte algún país o
grupo de países de la eurozona, pues esto pondría en tela de juicio la
viabilidad de la UME en el largo plazo; y, el segundo, es que la
convergencia monetaria vaya aparejada de una auténtica convergencia fiscal.
Es por este motivo que, dentro del mismo pacto, se propone que en el futuro
los déficits fiscales de los países de la UME no rebasen el 1 por ciento
del PIB.
Sin embargo, para estar en condiciones de enfrentar un eventual problema de
asimetría de ciclos económicos al interior de la zona euro, el pacto
referido dispone que cuando un país atraviese por una recesión severa podrá
sobrepasar los límites fijados para el déficit fiscal y el endeudamiento público
sin hacerse acreedor a multa alguna. De este modo, si Francia o Italia se
vieran sumidas en una recesión profunda y no pudieran cambiar la orientación
de la política monetaria regional -lo cual probablemente ocurriría si el
resto de los países creciera a un ritmo satisfactorio-, la salida de la
crisis podría darse a través de dos mecanismos: por una parte, la libre
movilidad de mano de obra a la que se aludió líneas arriba; y, por la
otra, el relajamiento de la política fiscal. Ante la imposibilidad de
reducir las tasas de interés o de ajustar el tipo de cambio, la recesión y
el elevado desempleo podrían ser paliados a través de una política fiscal
expansiva y del desplazamiento de trabajadores a países con mayor dinamismo
económico.
Ventajas y desventajas de la UME
La UME representa ventajas considerables para la macroeconomía y los
negocios de los países participantes, puesto que estimulará la inversión,
el crecimiento económico y la generación de empleos en la región. Entre
las ventajas más importantes de la UME se encuentran la mayor estabilidad
macroeconómica, la eliminación de los costos de transacción asociados al
uso de diferentes monedas en el comercio de bienes, servicios y activos
financieros dentro de la zona euro, y la más fácil comparación de precios
que la moneda única trae consigo. La mayor estabilidad macroeconómica será
producto de tres factores estrechamente ligados: la reducción de la inflación,
el aumento de la estabilidad cambiaria, y el descenso y la menor volatilidad
de las tasas de interés. Cada uno de estos factores merece ser analizado
por separado.
1) La reducción de la inflación será, previsiblemente, una consecuencia
de la independencia del BCE respecto de los gobiernos nacionales, así como
del compromiso de dicha institución con la estabilidad de precios. De
hecho, el BCE cumple con las mismas características de independencia política
y económica del Bundesbank que, como ya se ha dicho, es uno de los bancos
centrales más independientes del mundo y, precisamente como producto de
esto, cuenta con un excelente récord antiinflacionario. El asunto de la
independencia del BCE reviste una gran importancia, toda vez que hay
investigaciones -tanto teóricas como empíricas- que demuestran que entre más
independiente sea un banco central menor tiende a ser la inflación en el país
que lo alberga (Barro y Gordon, 1983; Cukierman, 1992; Alesina y Summers,
1993; Alesina y Grilli, 1997; Kydland y Prescott, 1997). Por otro lado, para
algunos economistas, una unión monetaria y la consecuente creación de un
banco central regional, es una solución eficaz frente al problema de falta
de autonomía de algunos bancos centrales nacionales (Sibert y Sutherland,
1997; Sibert, 1999). Asimismo, la autonomía del banco central regional es
mayor en la medida en que aumenta el número de países afiliados, pues hace
más improbable que un gobierno en particular tenga una influencia decisiva
en la formulación de la política monetaria de la zona (Beetsma y Bovenberg,
1998).
2) La mayor estabilidad cambiaria será resultado, por una parte, de la
desaparición de los tipos de cambio al interior de la zona euro y, por otra
parte, de la solidez y prestigio de la moneda única, misma que contará con
el respaldo de 12 economías de la Unión Europea. Esto, presumiblemente,
coadyuvará a que la volatilidad del euro frente al dólar norteamericano o
frente al yen japonés sea menor que la registrada por cualquiera de las
monedas nacionales en proceso de sustitución. Las empresas exportadoras e
importadoras serán importantes beneficiarias de lo anterior, pues el riesgo
cambiario asociado al intercambio comercial fuera de la zona euro se reducirá,
mientras que dentro de la misma desaparecerá por completo. Este beneficio
recaerá también en las personas y empresas que realicen inversiones
extranjeras directas o de cartera.
El estudio de De Grauwe (1988) permite apreciar la importancia de la
estabilidad cambiaria, al demostrar empíricamente que la volatilidad del
tipo de cambio tiende a inhibir el comercio internacional. En el caso de una
empresa importadora, la variabilidad del tipo de cambio altera la relación
entre sus ingresos, denominados en moneda local, y sus egresos, denominados
en moneda foránea. En el caso de una empresa exportadora, lo que se altera
es la relación entre los ingresos, denominados en monedas foráneas, y los
egresos, denominados en moneda doméstica. Las fluctuaciones abruptas de la
paridad monetaria también dificultan la evaluación costo beneficio de
cualquier inversión internacional directa o de cartera. Esto último
acarrea un saldo negativo, puesto que la aversión al riesgo provoca que las
inversiones extranjeras se retraigan cuando aumenta la inestabilidad de las
monedas. Con base en el razonamiento anterior, tanto De Grauwe (1988) como
Krugman (1989) arguyen que la eliminación de la volatilidad cambiaria
dentro de la zona euro estimulará el comercio y la inversión regionales.
Es importante precisar que la adopción de una moneda única beneficiará a
las empresas y a los inversionistas a pesar del desarrollo y reciente auge
de los instrumentos de cobertura de riesgos cambiarios. Ello obedece a que
dichos instrumentos tienen un costo, están fuera del alcance de las pequeñas
y medianas empresas y de los inversionistas de menor escala, y no están
disponibles en plazos demasiado largos. Es por esta razón que la UME entraña
ventajas muy claras, pues facilitará el comercio internacional y promoverá
las inversiones dentro de la zona monetaria común.
3) Las tasas de interés descenderán y serán más estables en función de
la caída de la inflación, de la creación de una moneda más fuerte y
estable, y de la total eliminación del riesgo cambiario dentro de la zona
euro. Al ser las tasas de interés más bajas y predecibles se generará un
incentivo adicional para la inversión productiva, lo que repercutirá
positivamente en el crecimiento económico y la generación de fuentes de
trabajo.
En otro orden de ideas, la adopción del euro como moneda única tendrá dos
ventajas adicionales: la primera es que el comercio internacional dentro de
la eurozona no requerirá del cambio de unas monedas por otras, por lo que
los costos de transacción por este concepto quedarán eliminados; y la
segunda es que resultará más fácil comparar los precios de los bienes y
servicios, independientemente del país de origen. El efecto combinado de la
eliminación de los costos cambiarios y la mayor transparencia de los
precios en la zona monetaria común será importante en términos de
promover el comercio e intensificar la competencia.
Por lo que se refiere a las principales desventajas de la UME, éstas podrían
sintetizarse de la siguiente manera. En primer lugar, es posible que una política
monetaria común no satisfaga las necesidades de todas las economías
involucradas. Aun cuando la libre movilidad de las mercancías, los
servicios y el capital dentro de la zona euro hacen que la correlación de
los ciclos económicos de los países afiliados sea elevada, no puede
descartarse la posibilidad de que unos países lleguen crecer con lentitud
mientras que otros lo hagan con rapidez. En este contexto, habría naciones
que requerirían de una política monetaria expansiva para estimular el
crecimiento, pero esto podría desatar la inflación en las economías con
mayor dinamismo. Este tipo de escenarios acarrearía costos para la UME, no
obstante la libre movilidad del factor trabajo y la posibilidad de
instrumentar una política fiscal compensatoria -o, incluso, anticíclica-,
pues habría países que no contarían con una política monetaria acorde a
sus requerimientos.
La segunda desventaja potencial de la UME tiene que ver con la desaparición
de los tipos de cambio entre los países participantes, pues ésta implica
la pérdida de otro importante instrumento para corregir desequilibrios y
amortiguar choques internos y externos. Por ejemplo, un país que viera
erosionada su competitividad en el marco de la UME no podría devaluar para
corregir este problema, por lo que el resultado sería un desplome de sus
niveles de actividad económica y empleo. Una solución factible radicaría
en que los salarios y los precios cayeran en el país en cuestión para
resarcir su competitividad, pero esto no sería fácil en vista de las
rigideces que imperan tanto en los mercados laborales como en los mercados
de bienes y servicios.
El tercer inconveniente de la UME radica en la posibilidad de que se
produzca un "choque asimétrico", es decir, un choque de oferta o
de demanda que afecte a una o dos naciones de la UME en mucho mayor medida
que a las demás, modificando sus trayectorias de crecimiento y cambiando drásticamente
sus necesidades de política monetaria. En este caso, la junta de gobierno
del BCE se vería en la disyuntiva de formular su política monetaria en
función de los intereses de la mayoría de los países afiliados, o bien,
de reorientar dicha política pero sin acomodarla totalmente a lo requerido
por la minoría.
Como puede verse, las desventajas fundamentales de la UME son más bien de
naturaleza potencial. A éstas, sin embargo, podrían añadirse desventajas
reales como el costo de introducir los billetes y monedas euro y de retirar
los viejos billetes y monedas nacionales, pues este proceso entraña
cuantiosos gastos de emisión y publicitarios, adecuaciones legales y
contables en todo un universo de negocios, y acondicionamiento de todo el
parque de cajeros automáticos, parquímetros y distribuidores automáticos
para que operen eficientemente bajo el nuevo signo monetario.
Conclusiones
La reflexión teórica y la investigación empírica respecto al tema de la
UME son de capital importancia no sólo porque del éxito de este arreglo
monetario depende en buena medida el futuro de la integración europea sino
porque prominentes economistas e, incluso, organismos del sector privado,
han formulado propuestas similares para América del Norte. Como ha podido
verse, la UME entraña ventajas claras e incontrovertibles que se resumen en
mayor estabilidad cambiaria y de precios, y en menores tasas de interés.
Dicho de otro modo, la UME generará un entorno macroeconómico más
propicio para la inversión productiva, el crecimiento económico y la
creación de empleos. Por otra parte, la UME estimulará el comercio
internacional y las inversiones foráneas como consecuencia del abatimiento
del riesgo cambiario, de la eliminación de los costos asociados al canje de
monedas, y de la transparencia de los precios en toda la región.
La principal desventaja de la UME, como ha podido apreciarse, reside en la
posibilidad de que una o más naciones de la zona monetaria común presenten
necesidades específicas de política monetaria y/o cambiaria. De acuerdo
con Frankel y Rose (1998) la probabilidad de un escenario como éste, es
decir, de marcada asimetría de los ciclos económicos al interior de la UME
-que, a su vez, derivara en demandas divergentes de política monetaria o
cambiaria-, tiende a disminuir con la entrada en circulación del euro. Como
ya se ha planteado, esto se debe a que la moneda única previsiblemente
estimulará el intercambio comercial entre los países que la adopten, sobre
todo, porque eliminará el riesgo cambiario y los costos de canje de moneda
asociados al comercio de mercancías y servicios dentro de la eurozona. Esto
último, a decir de Frankel y Rose (1998), redundará en un fortalecimiento
del efecto locomotora y, por ende, en ciclos económicos más simétricos.
Finalmente, con independencia de lo antes señalado, la UME enfrenta el reto
de crear y fortalecer mecanismos de ajuste alternativos ante choques asimétricos
o trayectorias dispares de crecimiento entre los países afiliados, como la
política fiscal, la movilidad de la mano de obra, y la flexibilidad de
precios y salarios. En particular, una mayor flexibilidad en los mercados de
bienes, servicios, y mano de obra sería de gran utilidad frente a
contracciones asimétricas de la demanda agregada, puesto que los salarios y
los precios podrían descender rápidamente en los países mayormente
afectados; neutralizando así los efectos perversos que, en ausencia de una
política monetaria autónoma, dichas contracciones pueden tener sobre los
niveles de actividad económica y empleo.
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Notas
1. Los 12 países de la zona euro son: Alemania, Austria, Bélgica, España,
Finlandia, Francia, Grecia, Holanda, Irlanda, Italia, Luxemburgo y Portugal.
2. Mientras que la política monetaria es competencia del BCE, la política
cambiaria se encuentra bajo el control de los gobiernos nacionales.
3.De hecho, los tipos de cambio bilaterales entre los países de la UME
fueron fijados de manera irrevocable desde el 1 de enero de 1999. Es decir,
a partir de entonces las naciones participantes en el proyecto de integración
monetaria se comprometieron a no devaluar ni revaluar sus monedas.
4. El término devaluación o revaluación se utiliza cuando el régimen de
tipo de cambio es fijo, mientras que el término depreciación o apreciación
se utiliza cuando el régimen cambiario es flotante o de flotación
regulada.
5. En términos generales, la desregulación y liberalización financiera
han consistido en la eliminación de los controles a las tasas de interés,
el desmantelamiento de las barreras que impedían la libre movilidad de
capital, y la remoción de límites a la participación extranjera en
instituciones financieras. Este tipo de medidas, en combinación con el
aumento de la liquidez mundial, el desarrollo de instrumentos de cobertura
cambiara -que eliminan el riesgo de las inversiones en moneda extranjera- y
el desarrollo de las telecomunicaciones -que ahora permite transferir fondos
de un país a otro con gran rapidez y a bajo costo-, ha redundado en
mercados financieros más robustos y mejor integrados. De allí que la
interdependencia monetaria y financiera de las naciones haya aumentado,
convirtiendo así a la cuenta de capital de la balanza de pagos en un
importante canal de transmisión de las fluctuaciones económicas.
6. El Bundesbank es el banco central de Alemania y es considerado como uno
de los bancos centrales más independientes del mundo.
(*) Profesor del Departamento de
Administración Universidad Autónoma Metropolitana, -Atzcapotzalco, México
e Investigador Nacional