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ESTER KAUFMAN & ARIANA VACCHIERI (*) |
Argentina está sufriendo las consecuencias más negativas del
proceso de globalización sin gozar de algunas de sus ventajas, entre las que se
destacan las nuevas tecnologías de comunicación.
Muchos gobiernos en todo el mundo están haciendo un uso activo de esas
tecnologías para facilitar el contacto de los ciudadanos con los servicios de la
administración, crear redes culturales y productivas o implementar políticas de
inserción en el mercado. Estas iniciativas gubernamentales benefician
particularmente a los ciudadanos, las organizaciones sociales y las pequeñas y
medianas empresas.
En medio de la crisis de nuestro país, cuando las relaciones entre los
ciudadanos y un Estado ineficiente y poco transparente están profundamente
deterioradas, una política innovadora debe avanzar en la articulación de
propuestas que acerquen la administración pública a la gente. En ese sentido, el
gobierno electrónico es una oportunidad.
El gobierno electrónico o gobierno digital es un cruce entre tecnologías y
cambios en las estructuras del Estado que consiste —en su aspecto más visible y
operativo— en la creación de portales gubernamentales en Internet donde se puede
acceder a servicios de información, comunicación, tramitación y transacción
online. Los criterios con los que se construyen estos portales reflejan el modo
en que cada gobierno piensa la tecnología al servicio de la gente y de sus
políticas de desarrollo y relación con otras regiones y países.
El gobierno electrónico ha avanzado notablemente en el mundo a partir de un
incremento de la conectividad y de un mayor acceso de la población a las
tecnologías. Hay países como Canadá o Australia que implementaron portales
interactivos muy sofisticados y habilitaron todos los trámites e información
estatales a través de Internet. Pero quizás un dato más significativo es que
muchos países de América latina también están desarrollando modelos avanzados de
gobierno electrónico.
México, Perú, Chile, Venezuela, Uruguay y Brasil, por nombrar sólo algunos,
están comprometidos en procesos de modernización, puesta en red y acceso online
de sus administraciones en función del desarrollo social y económico. Y esto no
implica que los ciudadanos necesariamente posean computadoras hogareñas, sino
que estos emprendimientos van de la mano de la instalación de centros de acceso
público gratuito a Internet —llamados telecentros o ciberquioscos— y de la
capacitación para su uso.
A modo de ejemplo, se estima que a fines de 2002, en Brasil, todas las
localidades con más de 600 habitantes tendrán instalados ciberquioscos. Estos
países, también atravesados —como la Argentina— por la crisis y la pobreza,
están sin embargo haciendo frente al desafío de incorporar a sectores sociales
tradicionalmente marginados al uso de las nuevas tecnologías. Trabajan así en la
reducción de la llamada "brecha digital", con miras a establecer redes de
cooperación entre la administración pública, las organizaciones sociales y
culturales, los ciudadanos, las empresas.
Argentina tiene tecnología para organizar portales de este tipo pero, salvo
excepciones, no ha tenido políticas adecuadas ni sustentables. Muchos de los
sitios que hoy existen están pensados según la estructura gubernamental y no
según las necesidades de los usuarios: no tienen índices temáticos, ni
establecen vínculos con actores no gubernamentales ni brindan servicios online,
ni tienen una política de aparición en otros portales o aliento a las fuerzas
productivas.
En los últimos años ha existido una agresiva política comercial de instalación
de locutorios (que permitió el acceso a Internet a algunos sectores sin
computadora hogareña) y una incipiente política estatal de instalación de
telecentros gratuitos (entre 1999 y 2001 se abrieron unos 1.300 Centros
Tecnológicos Comunitarios con conexión a Internet, a los que deben sumarse 1700
bibliotecas populares en red). Sin embargo, hoy la mitad de los centros han
perdido la conexión por problemas presupuestarios y poco se ha avanzado en la
capacitación indispensable para garantizar el uso social de la tecnología.
Insertarse en el mundo no es aceptar los dictados de los organismos
internacionales sino incorporar a los sectores más desfavorecidos al enorme
diferencial simbólico que implica la apropiación tecnológica, conectarse
productivamente con otros países, tener voluntad política de constituir redes,
adecuar la administración gubernamental a las necesidades de los ciudadanos y
aprovechar las capacidades técnicas y humanas existentes.
La crisis no puede ser una excusa para no tener políticas. El Gobierno nacional
y muy especialmente los gobiernos locales —por su menor complejidad
administrativa y mayor cercanía con la gente— deben avanzar sin demoras en este
proceso de modernización y transparencia que recomponga los nexos hoy perdidos
entre el Estado y los ciudadanos.
(*) Ester Kaufman y Ariana Vacchieri son coordinadoras del Grupo FLACSO de Gobierno Electrónico