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El nuevo poder monetario. orígenes, consecuencias y alternativas para su gobierno democrático |
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JUAN TORRES LÓPEZ |
1. Introducción
En nuestras sociedades modernas confluyen muchas expresiones de concentración
del poder y de la riqueza de las que se derivan graves hipotecas para la mayoría
de la población. En el caso particular de las relaciones económicas esos fenómenos
de concentración son mucho más palpables, más evidentes y así mismo
especialmente trascendentes pues llevan consigo mermas sustanciales de
bienestar y un desenvolvimiento tan ineficaz como injusto de las relaciones
económicas.
Las desigualdades crecientes; el funcionamiento de los mercados cada vez más
imperfecto y menos respetuoso con las reglas de la competencia; la asimetría
con que funciona el comercio internacional, regulado por normas dictadas para
salvaguardar los intereses de los países más ricos y que éstos mismos se
saltan cuando mejor les conviene; la desprotección de los consumidores frente
a los productores; o la destrucción del entorno natural son algunos ejemplos
de los efectos que produce la concentración de riqueza y poder en el mundo
económico.
Pero, siendo cualquiera de ellos suficientemente expresivo de los males que
acarrea esa concentración, me parece que ninguno tiene una importancia tan
grande y una naturaleza tan significativa como la que tiene el fenómeno de
concentración de los recursos monetarios que se produce de la mano de una
hipertrofia espectacular de la circulación financiera que es característica
de las economías de nuestra época.
Como consecuencia de una serie de factores que comentaré más adelante se ha
producido efectivamente un incremento extraordinario de los medios de pago, es
decir, del dinero, lo que ha hecho que la circulación financiera o monetaria
haya alcanzado un volumen completamente desproporcionado respecto de la
circulación real de bienes y servicios.
Los hechos confirmaron una vez más el error profundo de la economía
ortodoxa, en este caso cuando establecía que la cantidad de dinero circula de
forma proporcionada a los flujos comerciales. Rojo escribió en un manual muy
conocido en España que "el crecimiento económico va acompañado de una
paralela expansión de los activos y pasivos financieros, de los instrumentos
financieros... Así se genera una superestructura financiera conexionada con
la infraestructura constituida por la riqueza material del país" . La
realidad, ya en los años en que esto se escribió y mucho más en lo
sucesivo, mostraba todo lo contrario de lo que enseñaba ese economista. Entre
1945 y 1970 la circulación financiera había crecido entre seis y siete veces
más que la producción nacional estadounidense o que su producción
industrial . Hoy día, ya exacerbado el proceso de hipertrofia financiera, se
estima que la circulación monetaria es entre sesenta o setenta veces mayor
que la real.
Lo que ha sucedido en las economía modernas no es un simple fenómeno de
descompensación. Como trataré de analizar en estas páginas, este proceso de
financierización compulsiva altera las lógicas más elementales de las
relaciones económicas
- porque convierte al dinero en un objeto mismo de intercambio en lugar de ser
un instrumento para el cambio, - porque hace aparecer un nuevo tipo de poder
económico cuyo gobierno está fuera del alcance de las instituciones democráticas
- porque privilegia el uso puramente especulativo de los recursos financieros,
limitando así de forma sustancial la capacidad de financiar las actividades
orientadas a la creación de riqueza real.
- y porque lleva al paroxismo "el espíritu del capitalismo", es
decir, porque implica la universalización de la ética del lucro desmedido
que termina por ser un comportamiento sencillamente inmoral en un mundo donde
la inmensa mayoría de la población padece sufrimientos que se podrían
paliar, o incluso erradicar, con una ínfima parte de los recursos que se
dedican a la especulación financiera .
Trataré de sintetizar en este trabajo las causas que han originado estos
procesos así como sus principales consecuencias para terminar proponiendo
alguna de las vías de actuación que podrían permitir erradicar sus efectos
más negativos sobre la actividad económica y el bienestar social.
2. El poder del dinero
Uno de los mitos más endebles pero al mismo tiempo más exitosos de la economía
ortodoxa, o del discurso económico como velo que recubre al capital, es el de
considerar que el dinero es un simple medio para el intercambio, únicamente un
instrumento del que se sirven sin más los sujetos económicos para realizar los
intercambios, algo así como el necesario pero neutral lubrificante que permite
que funcionen las relaciones de intercambio en el mercado.
Desde esta perspectiva se entiende que el dinero es una consecuencia del
intercambio y una consecuencia neutra porque es tan sólo la expresión de un
intercambio que se produce espontáneamente entre los numerosos y anónimos
actores que intervienen en las relaciones de cambio en el mercado.
Las relaciones de mercado se presentan como unas relaciones inexpresivas, cuya
única implicación significativa son los precios, que son un ejercicio de pura
mecánica de cambio y que producen un resultado así mismo mecánico,
estrictamente cambiario. y exactamente igual se concibe el dinero: como algo
también inexpresivo, como un mero engranaje que permite que funcione la mecánica
del cambio, un simple numerario que facilita las relaciones de mercado.
Pero de esta manera lo que se logra es ocultar la naturaleza real del dinero y
del mercado. Al igual que el mercado es mucho más que una suma anónima de
actuaciones de intercambio, también el dinero es algo más que simplemente un
engranaje neutro.
El mercado, ninguna clase de mercado, puede existir o funcionar sin una
envoltura de normas, de reglas, de derechos de actuación o de prohibiciones, es
decir, sin una especie de anillo a su alrededor compuesto del derecho y de las
instituciones que lo empoderan, es decir, que lo imponen como un regulador
efectivo de lo que se puede hacer o no en el mercado. No hay mercado sin normas,
y no hay normas sin el poder de hacerlas cumplir o de sancionar su
incumplimiento, y esas normas y ese poder son un componente del mercado tan intrínseco
como las relaciones de intercambio que en su seno se desenvuelven. Sin las
normas y sin el poder, por muy elementales que fueran o sea cual sea su
naturaleza, no podría haber intercambio ni mercado, sencillamente porque ningún
actor del mercado sabría a qué atenerse y el intercambio sería imposible .
Por su parte, el dinero va mucho más allá de su simple función de instrumento
de cambio. Es doblemente poder. Por un lado, es un recurso que permite disfrutar
de una genérica capacidad de decisión o de orientación sobre todos los ámbitos
de la vida humana y por eso necesariamente hay que considerarlo como uno de los
elementos de la geografía del poder de nuestras sociedades o, como lo ha
denominado Aglietta, un "lazo social primordial" . Pero, además de
tener esa dimensión general, el dinero tiene un poder singular, específico y
especializado: el poder de financiar.
Tradicionalmente el poder del dinero había estado vinculado e incluso
confundido con el poder del Estado porque éste asumía la capacidad última de
determinar el alcance de la financiación, bien acuñando la moneda, bien
regulando rigurosamente las relaciones monetarias, bien controlando la creación
del dinero bancario que a la postre determinaba la masa de dinero en circulación.
Es cierto, sin embargo, que esta confusión entre poder del Estado y poder
monetario ocultaba el hecho esencial de que quien finalmente disfrutaba del
propio poder monetario eran los poseedores finales del dinero. Pero lo que me
interesa resaltar es que en esa situación el lugar último del poder monetario
estaba en el poder del Estado (o bien que el poder monetario era una extensión
de éste último), mientras que los nuevos procesos que se han venido
produciendo en la economía internacional ha hecho brotar un nuevo y ahora auténtico
poder monetario en el sentido de que se ha desentendido del poder del Estado. El
dinero ha salido de los dominios del Estado para convertirse en un recurso autónomo,
que ya no es creado en mayor o menor cantidad según la decisión del Estado. Lo
que ha ocurrido es sencillamente que se ha creado una esfera monetaria que no se
caracteriza solamente porque sea muy voluminosa o desproporcionada respecto a la
circulación real, que lo es, sino sobre todo por otra serie de connotaciones:
- El dinero, en todas sus diversas manifestaciones, pasa de ser instrumento del
intercambio a ser objeto mismo de intercambio.
- Mientras que el dinero cumplía principalmente la función de ser utilizado
para financiar los intercambios comerciales, no sólo se creaba en volumen más
o menos proporcional a estos últimos, sino que su expresión, sus formas, eran
las múltiples que podrían tener los medios de pago útiles para el comercio.
La complejidad del comercio llevaba a utilizar medios de pago cada vez más
especiales pero, en todo caso, se trataba de medios de pago, cuya origen eran
las monedas, los billetes y principalmente los depósitos bancarios en todas sus
variedades. Hoy día, la circulación monetaria no la conforma este tipo de
dinero bancario, sino, sobre todo, títulos que implican capacidad de financiación:
acciones, obligaciones y en general todo la variedad de títulos que se
movilizan en las bolsas de valores, además de las divisas que no se compran o
venden ya para comerciar entre países sino, sobre todo, para especular en los
mercados.
- Estas nuevas formas del dinero ya no son controladas por los gobiernos, ni
incluso por los bancos centrales como explicaré más adelante, lo que implica
que el dinero se ha salido de los dominios del Estado para convertirse en un
recurso autónomo, fundamentalmente privatizado.
Puede decirse, por ello, que el poder del dinero se ha desestatalizado o
desinstitucionalizado y por eso podemos hablar de un nuevo poder monetario, como
un poder diferenciado del poder del Estado y del poder de las instituciones
democráticas tradicionales y que cuenta con expresiones, naturaleza e
implicaciones de todo tipo (en las relaciones económicas, en el ejercicio
general del poder o incluso en los valores sociales como veremos después) muy
novedosas y de extraordinaria trascendencia económica, social, cultural y política.
La economía ortodoxa se desentiende normalmente de estas connotaciones del
dinero. Puede admitirse la nueva expresión económica de lo monetario, porque
ha habido que justificar, por ejemplo, el nuevo papel de los bancos centrales y
que los Estados se desentiendan de algo tan intrínsecamente vinculado a la
soberanía y a la existencia misma del propio Estado como es la moneda, pero
todo eso se hace sin querer reconocer que se trata de un nuevo poder, y que todo
poder implica un ejercicio político del mismo: sencillamente, se considera que
los cambios que se han producido sólo requieren habilidades técnicas para
gobernar su evolución o que lo monetario queda subsumido, desde el punto de
vista de las implicaciones de su gobierno, en la dimensión general de éste último.
3. Los orígenes del nuevo poder monetario
El origen del nuevo poder monetario es doble. Por un lado, una serie de
transformaciones económicas que implicaron el desproporcionado incremento de la
masa monetaria, la aparición de nuevas y muy rentables formas de títulos
financieros que la acompañó y, como consecuencia de ambas circunstancias, la
aparición de un lugar privilegiado del beneficio, un universo económico de altísima
rentabilidad que podía compensar sobradamente el riesgo así mismo elevado que
llevaba consigo operar en los nuevos mercados financieros.
Sin embargo, ni tan siquiera el extraordinario crecimiento cuantitativo de los
flujos financieros hubiera justificado por sí mismo que pudiéramos hablar de
un auténtico nuevo tipo de poder. Fue necesario que los Estados renunciaran a
la regulación monetaria (salvo a la que, justamente, es necesario llevar a cabo
para dar la máxima libertad de movimientos de los capitales y recursos
financieros), y que la propia des-institucionalización del dinero derivase en
unas condiciones de apropiación y circulación capaces por sí mismas de
imponer un orden propio, o como algunos lo han llamado, un desorden, un auténtico
no-orden que suele ser consustancial a los poderes difusos y no democráticos
como el monetario.
3.1. Cambios cuantitativos
Aunque el proceso de compulsiva expansión monetaria comenzó ya a lo largo de
los años sesenta, es en la década de los años ochenta cuando el proceso se
hace mucho más visible y potente. Desde 1980, por ejemplo, el valor de la
actividad financiera ha crecido 2,5 veces más rápido que el PIB agregado de
los países industriales más ricos, y las transacciones de divisas, bonos y
acciones lo han hecho 5 veces más .
El mercado de divisas muestra, quizá más claramente que ningún otro mercado
financiero, el vertiginoso crecimiento de las operaciones y su progresiva
desvinculación de las operaciones de intercambio real.
En el año 1960 se calcula que se registraban diariamente operaciones por valor
de 15.000 millones de dólares, en 1980 por valor de 60.000 y en 1995 por 1,5
billones, una cantidad que contrasta con los alrededor de 650.000 millones de dólares
que en este último año que representaban las reservas en divisas de los países
industriales, y que muestra así mismo el grado de desestatalización de las
operaciones, así como su desvinculación de las operaciones de intercambio de
bienes o servicios. Si en lugar de divisas nos refiriésemos al conjunto de
activos financieros, el volumen del que está en manos privadas es más de cinco
veces mayor que el que poseen los gobiernos.
Debe tenerse en cuenta, además, que este crecimiento del flujo de operaciones
financieras que en realidad ha consistido en negociar cada vez más nuevas
formas de títulos financieros, o comenzar a negociar títulos que antes eran no
negociables, no ha llegado a su final. Hoy día se calcula que sólo en la Unión
Europea hay unos 13 billones de dólares en instrumentos financieros actualmente
no negociables pero que, si continua la tónica actual, sin duda llegarán a
serlo en un futuro más o menos inmediato.
La financierización de las relaciones económicas incluso se manifiesta en la
composición del patrimonio familiar. En Francia el patrimonio financiero medio
de las familias (títulos, acciones, bonos, etc.) ya fue superior en 1998 al
patrimonio material (vivienda, joyas,...).
Como he señalado, el crecimiento de los flujos financieros no ha sido solamente
de carácter cuantitativo, sino que lo auténticamente distintivo ha sido que se
ha modificado la naturaleza de los propios flujos y de las operaciones que se
llevan a cabo, y la aparición de nuevas formas de dinero que al aparecer han
traído consigo el nuevo régimen de creación y posesión de los recursos
financieros, de decisión sobre el universo financiero y de impacto de la moneda
sobre el conjunto de la economía.
La participación de los principales tipos de títulos en el total de las
operaciones financieras ha sido la siguiente:
1991 2000
Préstamos bancarios 1,9 0,9
Obligaciones 41,4 38,2
Acciones 28,9 60,4
Como puede comprobarse se trata no sólo del crecimiento espectacular del
conjunto de las operaciones financieras sino que se ha modificado el tipo de
operaciones, fundamentalmente por el incremento que se ha producido la compra y
venta de acciones. En Estados Unidos el valor total de estas operaciones
representaba el 20% del PIB en 1990, y pasó a ser el 40% en el año 2000.
Da idea también del ritmo de crecimiento de estas operaciones el que los
ingresos al Departamento del Tesoro USA por impuestos sobre ganancias de capital
hubieran subido de 44.000 millones de dólares en 1995 a 100.000 millones en sólo
tres años .
Las causas generales que han dado lugar al incremento de los flujos financieros
son variadas pero pueden resumirse en las siguientes:
a) El endeudamiento generalizado que hizo necesario multiplicar la oferta de
dinero.
b) A partir de los años setenta, el incremento de la circulación ociosa de dólares
en los mercados internacionales como consecuencia de la millonaria inyección de
petrodólares y del exceso de oferta de dólares que provocó el fortalecimiento
de las economías de los demás países occidentales (cuyas monedas sustituyeron
al dólar en un parte importante de los pagos internacionales).
c) La enorme concentración de capitales que se fue produciendo en manos de las
grandes compañías multinacionales, en los bancos y compañías de seguros y más
adelante en los fondos de pensiones.
d) La generalización de las nuevas tecnologías de la información que permiten
realizar las operaciones financieras en cualquier lugar del mundo con
vertiginosa inmediatez, con instantaneidad y reciprocidad, lo que hace posible
multiplicar el número de operaciones y, además, operar incesantemente, pues
desaparecen las distancias y los límites espaciales a la inversión financiera.
e) La tendencia a la búsqueda de la mayor liquidez posible que llevó a
negociar cualquier título capaz de ser cotizado en un mercado por estrecho que
fuese. Como se ha dicho, "cualquier cosa resultaba atractiva para
convertirse en dinero".
La generación de un ámbito financiero en donde el beneficio no es lo que
acompaña a la creación de bienes, sino que es el producto de la mera
especulación sobre las variaciones en los precios, es decir, el predominio de
la actividad económica improductiva es también el resultado final del afán de
lucro desmedido, de la ausencia de toda medida, del desarrollo del ímpetu de
acumulación sin límites. Cuando el capitalista español Juan March decía que
"lo que nos interesa no es tener dinero, sino ganarlo" reflejaba magníficamente
el carácter patológico que acaba por poseer el capitalismo al que una crisis
de acumulación de gran intensidad obligó a quitarle todas las bridas para que
recuperase el aire cabalgando sin descanso. O lo que es igual, dejándolo hacer
y pasar sin ningún tipo de control. Lo que economistas de la vieja guardia como
Keynes denunciaron como una expresión lamentable de parasitismo terminaba por
ser la "orgía especulativa" en la que, según Arrighi, han terminado
todas los ciclos económicos del capitalismo .
3.2. Cambios en la naturaleza de la actividad financiera
Entre las modificaciones de carácter cualitativo que se han producido acompañando
al incremento cuantitativo de los flujos financieros se deben destacar las
siguientes.
a) La inmediatez a la que ya he hecho referencia como consecuencia de la
aplicación de las nuevas tecnologías.
b) La disminución del protagonismo de los bancos en su papel de oferentes de crédito,
precisamente como consecuencia de que se han generalizado otras formas de dinero
que no provienen de la actividad bancaria tradicional. No se trata de un cambio
superficial ni mucho menos. Cuando los bancos y el crédito que ofertan, el
dinero bancario, constituye el componente principal de los flujos y de las
operaciones financieras, el estado natural de los mercados financieros es de
otro tipo. Efectivamente, en el desarrollo de lo que era su actividad
tradicional, los bancos suelen mantener sus títulos hasta que llegue el momento
de su vencimiento, lo que implica que están interesados, o quizá mejor decir,
que al negocio bancario le interesa entonces que se mantenga la máxima
estabilidad a medio y largo plazo, porque esa es la forma de que realicen
finalmente sus títulos sin problemas.
c) Paralelamente, se produce un creciente protagonismo de los llamados
"inversores institucionales" (fondos de inversión, compañías de
seguros,...), es decir, empresas que se constituyen para recoger fondos ajenos y
a partir de los cuales operar en los mercados financieros. Estos inversores no
prestan como los bancos para que quien reciba el dinero realice la inversión,
sino que reciben prestado y ellas son las que constituyen grandes fondos que
utilizan para aumentar el rendimiento de los capitales que han recibido. Y a
diferencia de lo que por lo general ocurría antes(o ahora) con quien recibe un
préstamo, los inversores institucionales no reciben el dinero para hacer
inversiones reales, sino para comprar otro dinero obteniendo rendimiento en la
operación: no operan cambiando el papel por mercancías, sino papel por papel.
Mientras que en el régimen financiero en el que predominaba el negocio bancario
tradicional la estabilidad era el estado más favorable para obtener
rentabilidad del dinero bancario, la forma de actuar de estos inversores
institucionales implica una búsqueda incesante y lo más inmediata posible de
rentabilidad y liquidez y eso provoca una gran inestabilidad.
Lo que constituye una extraordinaria paradoja que hay que entender para saber lo
que ocurre en este nuevo universo financiero es que la inestabilidad no es sólo
el efecto de la actuación de estos inversores, sino también la condición que
permite obtener beneficios inmediatos, elevados y proporcionados al inmenso
caudal de recursos ajenos que movilizan. De la continua inestabilidad, de las
alzas y subidas que permanentemente se puedan producir es de donde puede
obtenerse rendimiento: el riesgo y la inestabilidad se convierten, por lo tanto,
en la nota consustancial de los nuevo mercados financieros porque es la
consecuencia de la especulación generalizada en que consiste el nuevo tipo de
actividad financiera pero, además, su imprescindible caldo de cultivo.
El crecimiento espectacular del papel de estos inversores institucionales lo
muestra el hecho de que el total de sus operaciones representaba en 1980 el 59%
del PÎB de Estados Unidos y en 1993 ya había pasado a ser el 126% y en 2000 el
207%.
d) Como acabo de señalar, los inversores institucionales basan su negocio en
vender cuanto antes y con la ganancia más elevada posible los títulos que han
adquirido en los mercados. Eso quiere decir que les interesa operar con títulos
que sean muy líquidos, es decir que puedan venderse fácilmente. Se trata también
de un fenómeno paradójico. Por un lado, y para ampliar el negocio, requieren más
títulos, pero los nuevos títulos a los que podrían acceder son menos líquidos.
El problema consiste en hacer líquidos títulos que no lo eran y eso se
consigue a través de lo que se conoce como "securitización", que no
es sino la generación de productos financieros "derivados" unos de
otros, haciendo así negociable lo que antes no lo era, cubriendo con nuevo
papel el papel de antes al que ahora se le puede dar salida porque se dispone
del nuevo. Se trata, sin duda, de un proceso demasiado complejo por evidente que
cuesta bastante entender a las personas normales pero que puede explicarse si se
visualizan las compras que las empresas hacen de las acciones de sus propia
empresa, o de su grupo de empresas para luego venderlas y volver a comprarlas y
así ir aumentando los rendimientos sin que haya habido cambio alguno en la
estructura real, en el patrimonio efectivo ni, por supuesto, en la producción
real que realiza, si es que se trata de títulos que tengan que ver con empresas
que fabriquen algo, puesto que al tratarse de operaciones de papel sobre papel
no tienen por qué tener nada real en la base, quizá tan sólo la expectativa
de que alguien pueda estar interesado en adquirirlas en otro momento.
Entre los inversores institucionales que llevan al extremo este tipo de
operaciones se encuentran los llamados hedge funds o fondos inmunizados, que
gracias a la liquidez que les proporcionan los préstamos que reciben tratan de
lograr más liquidez (en operaciones que se denominan de
"apalancamiento") generando para ello nuevos productos, nuevas
inversiones prácticamente a la medida de cada cliente.
Estos fondos han llegado a utilizar hasta 250 veces su propio capital, pero
implican un paroxismo especulativo tan elevado y asumen un riesgo tan alto que
no están exentos del peligro cierto de quebrar como ocurriera en 1998 con Long-Term
Capital Management (LTCM). A pesar de que entre sus responsables se encontraban
dos Premio Nobel y un ex presidente de la Reserva Federal que siempre habían
defendido la libertad de mercado, los beneficios de la competencia y la
perversidad de la intervención estatal, fue la Reserva Federal quien rescató a
LTCM.
- Un inevitable corolario de lo que vengo señalando es que al incesante
crecimiento de los flujos financieros haya seguido la práctica desaparición de
fronteras entre los mercados de capitales. Puesto que los inversores no pueden
desaprovechar la más mínima opción de ganancia es inevitable actuar en todos
los mercados y en todo momento, algo que, como he dicho, es ya posible gracias a
las redes telemáticas. Así, se ha tejido una red inextricable de operaciones
que constituyen la suma de actuaciones en muchos submercados fragmentados
- Finalmente, hay que tener en cuenta que estos procesos se han desenvuelto en
un contexto general muy específico: el de una extraordinaria influencia del dólar
(y por ende de toda la política monetaria estadounidense) sobre el conjunto de
los mercados internacionales. Gracias a que el dólar ha actuado y prácticamente
actúa como moneda de reserva mundial, gracias al enorme poderío económico de
Estados Unidos y gracias también a su influencia política en todo el planeta,
han podido realizar en los últimos decenios una política monetaria, y en
general una política económica, orientada a atraer capitales a Estados Unidos
y que ha provocado una gran inestabilidad en los mercados financieros. Gracias a
ello Estados Unidos ha mantenido una gran influencia monetaria y sus capitales
financieros han obtenido grandes ganancias pero, al mismo tiempo, ha transmitido
inestabilidad no sólo a los mercados financieros, lo que podía ser positivo
desde el punto de vista de la rentabilidad financiera que allí se obtiene, sino
a los mercados reales y al conjunto de las economías, lo que le resulta problemático
porque sus empresas que operan en la economía real dependen de la salud
financiera de los demás. En estas contradictorias relaciones entre el tipo de
condiciones que necesita la rentabilización de los capitales financieros y las
que precisan los capitales reales radican algunos de los problemas más graves
que ocasiona la financierización de nuestras economías.
3.3. De la financierización al poder
monetario
Como he dicho, el proceso de financierización que ha caracterizado a la economía
mundial en los últimos treinta años no sólo es el resultado de cambios en la
estructura productiva o en la naturaleza de las relaciones y actividades
financieras. Su aspecto más relevante es que ha implicado un nuevo tipo de
poder, una forma diferente de gobernar las relaciones económicas, nuevos
sujetos decisores, nuevos valores vinculados a él y consecuencias no sólo económico
financieras sino puramente políticas en tanto que cualquiera de las dimensiones
del poder, como es la monetaria, condiciona la manera en que se plantean y
resuelven todos y cada uno de los problemas sociales, que es lo que de forma más
elemental se entiende por política.
Lo que ha permitido que todo eso surja y, en definitiva, la fuente última del
nuevo poder monetario, ha sido la nueva regulación del orden financiero
orientada básicamente a lograr dos grandes objetivos. En primer lugar, que los
Estados abdicaran de su capacidad de regular el universo monetario, es decir, la
desaparición del poder del dinero como una extensión del poder estatal,
siempre sometido a interferencias, a negociación y a cierta exigencia de
transparencia y, por lo tanto, siempre incómodo para un mundo financiero que
necesitaba de plena libertad para conseguir rendimientos sin límites. En
segundo lugar, establecer el régimen que concediera la más plena autonomía y
libertad de movimientos al capital financiero para aprovechar así todas las
inmensas oportunidades de beneficio que se genera en una economía
financierizada.
Los cambios legales necesarios se han llevado a cabo con extraordinaria
disciplina y diligencia por todos los países del planeta, prácticamente sin
excepción, comandados por organismos como el Fondo Monetario Internacional o el
Banco Mundial, fieles guardianes de la ortodoxia monetarista y sumos intérpretes
del elemental catecismo liberal que ha servido de cobertura ideológica para que
no fuese demasiado evidente e injustificado el virtual traspaso de poderes que
se ha producido.
La actuación reguladora que se ha llevado a cabo se ha referido a cinco ámbitos
principales.
a) La mencionada plena libertad de movimientos de capital que ha permitido
expatriar los capitales, conformar una nueva geografía mundial del dinero y
lograr el sueño de hacer del planeta un único mercado.
b) La privatización de la práctica totalidad de los sistemas financieros para
poner en manos del capital privado los recursos que habían sido públicos, en
la mayoría de las ocasiones, reforzando de manera incluso grosera a los grupos
económicos ya más poderosos o incluso generando otros nuevos al calor de las
mafias paraestateles.
c) La liberalización del acceso al ahorro privado y público, especialmente en
el caso de las pensiones, que ha permitido que los grupos financieros privados
se hayan hecho con un auténtico botín proveniente del ahorro familiar que
constituye el saco sin fondo del que salen las operaciones especulativas que
proporcionan ganancias millonarias a los propietarios o gestores de los fondos y
no a sus auténticos generadores .
d) El establecimiento de regímenes de autonomía de los bancos centrales que,
aunque en el nuevo régimen monetario pierden gran parte de su eficacia
regulatoria como analizaré más adelante, se han podido constituir en
instancias de decisión completamente ajenas al control democrático.
e) Finalmente, se ha establecido como un estricto criterio de política económica
la necesidad de combatir la inflación, lo que ha permitido mantener una
constante tensión al alza de los tipos de interés y, en general, políticas
claramente favorecedoras de los poseedores de recursos financieros.
Como en otros ámbitos de la política social, para poder consolidar el nuevo
orden, en este caso monetario, se ha hecho una auténtico ejercicio de
intervencionismo estatal, mostrándose así que no es cierto que se haya
renunciado a la regulación pública, sino que se ha logrado que ésta se haga
de acuerdo con otros intereses, con otros objetivos y con resultados
distributivos también diferentes. No es cierto, pues, que el nuevo escenario
monetario sea el resultado de más libertad, sino de una exigencia de intervención
gubernamental orientada a generar una arquitectura social diferente; no se ha
producido en realidad una des-regulación de las finanzas sino que se ha
establecido un nuevo orden con una potentísima regulación, si bien ésta es de
otra naturaleza y con una ética distinta.
Analizaré a continuación cuáles son sus efectos, manifestaciones y
consecuencias más importantes.
4. Las consecuencias de la financierización.
Las secuelas del poder monetario
Las modificaciones en el orden monetario internacional a las que me acabo de
referir han provocado efectos muy importantes sobre el desarrollo general de la
actividad económica, sobre la regulación monetaria y el papel de la política
monetaria y sobre las condiciones generales en que puede llevarse a cabo el
gobierno democrático de las sociedades modernas. A todos ellos me refiero a
continuación de manera sintética.
4.1. La financierización de la actividad
económica
La hipertrofia de los flujos financieros y la generación de un auténtico
espacio privilegiado del beneficio en la circulación monetaria ha modificado en
una gran medida el propio desenvolvimiento de la economía en general y las
condiciones de entorno en las que se llevan a cabo los procesos de asignación y
distribución de recursos, y de esos cambios se han derivado necesariamente
efectos sobre la pauta de distribución, es decir, sobre el grado en que cada
grupo social se apropia de los frutos del crecimiento y la acumulación.
Distinguiré seis principales ámbitos en los que estos procesos se han
manifestado.
a) Deterioro de la economía real. Las consecuencias de la generalización de la
especulación financiera y del hecho de que con ella se puedan obtener
rendimientos mucho más elevados que los que proporciona la creación de riqueza
material son obvias: un drenaje permanente de recursos hacia los circuitos
financieros y una subsiguiente pérdida de fuerza de la inversión real. El cálculo
económico más elemental lleva a los inversores a optar por la inversión
financiera cuando ésta es más rentable y eso es lo que ha provocado que los
periodos en los que ha ido aumentando vertiginosamente la especulación
financiera hayan coincidido con la época en la que el crecimiento económico se
ha resentido más.
A eso hay que añadir que la progresiva concentración de recursos e intereses
en los flujos financieros ha impuesto a los gobiernos la aplicación de políticas
deflacionistas, es decir, orientadas a combatir la inflación, generalizadas. La
razón de que se hayan impuesto estas políticas es triple. Por un lado, tratan
de evitar que se erosione el valor del patrimonio financiero acumulado por los
poseedores de títulos de todo tipo. Por otro, deben instrumentarse con tipos de
interés elevados (porque se dice que la subida de precios es consecuencia de un
exceso de circulación monetaria y por eso se encarece el recurso al crédito),
lo que significa una retribución mayor del dinero y del conjunto de activos
financieros que beneficia a sus poseedores. Por último, imponen continuas
reducciones de costes salariales (porque los consideran causantes de las alzas
de precios) para generar más beneficio y por lo tanto mayores recursos para
rentabilizar en operaciones financieras .
La otra cara de estas políticas es el declive económico que llevan consigo.
Tipos de interés elevados deprimen la inversión y encarecen el crédito
destinado a financiar la actividad productiva, la reducción salarial debilita
la demanda global y ello lleva consigo más paro, empleos más precarios y, en
general, una tónica de débil crecimiento y expansión económica.
Además, la financierización implica altas tasas de rentabilidad porque está
asociada a un alto riesgo, y ese nivel tan alto de inseguridad y riesgo no se
queda en el flujo financiero sino que se transmite al conjunto de la economía,
contribuyendo así a que los ciclos económicos se hagan más recurrentes y
agudos y a que en todo el sistema haya una permanente inestabilidad.
b) Modificación en el sistema financiero y de pagos
Las funciones tradicionales de los sistemas financieros eran la de movilizar el
ahorro para transformarlo en inversión productiva, la de facilitar el
intercambio mundial de mercancías y la de proteger a los sujetos económicos
frente al riesgo. Sin embargo, la financierización altera radicalmente este
papel.
Los bancos se dedican, en lugar de a facilitar el transito de los recursos desde
el ahorro a la inversión, a gestionar y colocar títulos en los mercados
financieros. Incluso los bancos centrales realizan operaciones especulativas,
muchas veces, muy cercanas a lo delictivo. Como indica Gowan según un informe
realizado en 1996 de la Unión de Bancos Suizos, "no menos de ocho bancos públicos
eran "inversores estratégicos" en el LTCM".
Los cambios que se han producido en el tipo de actividad financiera que es
predominante en el régimen financierizado actual (que como he dicho implica
pasar del protagonismo del dinero bancario a la generalización de las
operaciones de compra y venta de todo tipo de títulos financieros) modifican
también el papel que juegan los tipos de interés en la economía. Antes, la
política de tipos de interés podía ser utilizada con bastante eficacia en el
gobierno de la masa monetaria, porque la oferta y la demanda de dinero bancario
respondía suficientemente bien a sus modificaciones. Hoy día, las operaciones
que se realizan en los mercados financieros, mucho más atomizados y
fragmentados, pueden eludir mucho más fácilmente la disciplina monetaria
impuesta a través de los tipos de interés, precisamente, porque se trata de
operaciones concebidas expresamente para jugar con las variaciones en los
precios de los títulos y con las oscilaciones en los tipos de interés. Es
decir, los tipos de interés ya no son la batuta que dirige los movimientos de
la masa monetaria, sino el indicador que expresa hacia donde tiene que moverse
la inversión para lograr rentabilidad cualquiera que sea su evolución, al alza
o a la baja, porque en ambos sentidos puede ser rentable una operación.
Por último, la generalizada utilización de los mercados de divisas para
especular en lugar de para facilitar el intercambio comercial implica que los
tipos de cambio sean cada vez más dependientes o resultado de los movimientos
financieros especulativos en lugar de derivarse del estado de los movimientos
reales. Eso es especialmente dañino en economías de mercado en donde se supone
que los precios juegan un papel determinante como indicadores y referentes para
la asignación eficiente de los recursos. Significa, pues, que una secuela
desgraciada de la hipertrofia financiera y de la especulación generalizada que
conlleva es la imposibilidad de que los mercados internacionales de bienes y
servicio funcionen eficientemente porque su mecanismo de fijación de los
precios está viciado, se ve alterado por los movimientos que les impone el
flujo financiero.
c) Cambios en la gestión empresarial y en sus resultados
Cuando el negocio financiero básico radicaba en la generación del dinero
bancario concediendo prestamos a los agentes económicos, los oferentes de
dinero estaban principalmente interesados en que los prestatarios tuviesen la
mayor solvencia posible, de ahí que se impusiese una lógica de estabilidad y
fortaleza económica. Por el contrario, en el régimen predominante del dinero
financiero los inversores institucionales están especialmente interesados en
que los títulos que pueden ser objeto de compra o venta tengan el mayor
atractivo posible desde el punto de vista de su rendimiento. Eso es lo que lleva
a que el tipo de lógica que los inversiones financieros imponen a las empresas
sea la que obliga a generar el mayor beneficio inmediato. Por eso, la
generalización de la inversión financiera institucional ha traído consigo un
tipo de gestión empresarial novedosa y diferenciada, orientada sobre todo a
facilitar la colocación de los títulos, bien gracias a presentar rendimientos
muy elevados a corto plazo, bien inflando artificialmente las expectativas de la
empresa en los mercados. Este tipo de estrategias son las que han hecho crecer
desmesuradamente la cotización de las empresas, aunque su actividad real apenas
si se modificara y eso ha sido lo que ha dado lugar a la llamada Nueva Economía,
al éxito de las empresas puntocom y al incremento espectacular de los registros
de beneficios empresariales en los últimos años.
Detrás de ello, sin embargo, hay un inflación permanente de las expectativas y
un irreal crecimiento del valor de las empresas que a la postre no ha podido
sino quebrarse recurrentemente, provocando la sucesión permanente de episodios
alcistas y crisis bursátiles.
d) La americanización de la economía global
La financierización de la actividad económica ha venido de la mano, tal y como
ya he señalado, de la práctica desaparición de todo tipo de fronteras para el
capital y las operaciones financieras. Pero detrás de la aparente completa
globalización se produce un reforzamiento muy importante y significativo de la
lógica de imperio que impone Estados Unidos en el conjunto de las finanzas
internacionales.
No hay forma más cruda y sincera de señalar la evidencia del anterior juicio
que las palabras de Madeleine Albright: "Para que la mundialización
funcione, los Estados Unidos no deben tener miedo de actuar como la
superpotencia invencible que son... La mano invisible del mercado no funcionará
jamás sin un puño invisible. McDonald´s no puede extenderse sin McDonnell
Douglas, el fabricante del F15. El puño invisible que garantiza la seguridad
mundial de las tecnologías de Silicon Valley se llama ejército, la fuerza aérea,
la fuerza naval y el cuerpo de marines de los Estados Unidos" .
Efectivamente, no hay más remedio que reconocer que la globalización
financiera es básicamente una americanización que se manifiesta en múltiples
aspectos: sobre todo, en la utilización que ha realizado Estados Unidos de su
gran poder financiero, económico y político para gobernar la política
monetaria y toda la política económica en su propio interés pero haciendo
descargar los costes de esas políticas en el resto de los países . Y, en
particular, en la generalización de las políticas nacionales impuestas desde
los organismos internacionales que Estados Unidos controla directamente, incluso
en la tendencia a homogeneizar el derecho mercantil del resto del mundo para
acoplarlo a la tradición norteamericana, o en la progresiva imposición de
reglas y procedimientos provenientes de Estados Unidos relativos a las prácticas
judiciales, de auditoria, clasificación crediticia, contabilidad, etc. que
terminan por suministrar el traje con el que se revisten las relaciones
financieras internacionales.
En general, ha ocurrido además que la gran influencia de Estados Unidos no ha
servido para incorporar plenamente a los demás territorios en la geografía de
las relaciones financieras internacionales sino en condiciones que se han
denominado de "imperialismo ostracista" , por cuanto que no han
implicado una auténtica implicación del conjunto de los espacios económicos
con la dirección impuesta por los intereses norteamericanos, y eso hace que,
bajo la apariencia de un mundo globalizado exista una realidad de enorme
fragmentación y de vínculos económicos extraordinariamente débiles pues la
inmensa mayoría de los territorios se limitan a poner simplemente a disposición
del centro del imperio sus recursos, sin poder sentarse nunca en la mesa del
superpoder norteamericano.
e) Incremento de la corrupción y de la economía criminal
Una secuela inevitable de la tremenda e improductiva expansión de los medios de
pago ha sido la canalización de inmensos flujos de dinero hacia actividades
ilegales y criminales que, paradójicamente, han sido permitidas por los propios
gobiernos, y en particular, por el de Estados Unidos que siempre se opuso a lo
que llama "injerencia fiscal".
Al hablar de economía criminal se hace referencia a un conjunto amplísimo de
actividades de naturaleza y efectos económicos pero que se desarrollan al
margen de la ley. Se puede tratar de comercio ilegal de armas o desechos
nucleares, prostitución, juego clandestino, extorsiones de todo tipo,
"protección", comercio de mercancías prohibidas, secuestros,
falsificaciones, mercado negro de divisas... y principalmente tráfico de
estupefacientes que por sí solo representa casi la mitad de esta economía
criminal que en nuestra época se ha desarrollado en términos absolutos y
relativos más que en ninguna otra.
Según las estimaciones que realizan organismos internacionales como el Fondo
Monetario Internacional o las Naciones Unidas todas estas actividades mueven
anualmente alrededor de un billón de dólares en todo el mundo, aunque el
patrimonio económico acumulado por la actividad criminal es lógicamente mucho
más elevado. Y si se considera las inversiones ya legales, o
"blanqueadas", que subsiguientemente se hacen con los beneficios de la
economía criminal, esas mismas estimaciones señalan que la cifra de negocio en
1997 podría haber sido de tres billones de dólares.
Se trata, pues, de un negocio de gran envergadura económica ya que representa
alrededor del 8 por ciento del comercio mundial, un 4 por ciento del Producto
Bruto mundial y es equivalente, por ejemplo, al que realiza toda la industria
textil del planeta y mayor que el de la industria del automóvil.
Por otro lado hay que destacar que la mitad de los flujos financieros
internacionales pasan por los llamados paraísos fiscales, auténticos
no-lugares de las finanzas en donde la ausencia no sólo de imposición sino de
control, permite a los granes bancos e inversores institucionales realizar
operaciones al margen de lo que está prohibido realizar en sus países de
origen.
f) Incremento de la desigualdad económica
Una economía orientada cada vez más hacia la especulación y la actividad
improductiva y que se encuentra fuertemente determinada por los intereses que
impone un territorio de poder especialmente influyente no puede tener sino un
inevitable corolario: el incremento continuado de la desigualdad económica.
Unos escasos datos permiten corroborar esta aseveración .
Si se hace el PIB por habitante del mundo igual a cien en 1980 la evolución de
algunos países y zonas ha evolucionado de la siguiente forma hasta 1999:
Estados Unidos ha pasado de 482 a 637, los países de renta baja de 13 a 8, los
de renta media de 83 a 40 y los de renta alta de 406 a 526, África subsahariana
de 29 a 10, Asia del Sur de 11 a 8, Asia del Este de 15 a 20.
Desde otro punto de vista, resulta que en 1980 el 82% de la población mundial
producía el 29% de la riqueza mundial. En 1999, el 85% de la población mundial
producía el 21%, lo que significa que ha disminuido claramente su capacidad de
creación de riqueza.
En 1980, los 1.300 millones de habitantes de los países más pobres eran 22
veces menos ricos que los de Estados Unidos, mientras que en 2000 eran 86 veces
menos ricos. La renta global de los países en subdesarrollo en 1980 era 14
veces menor que la de Estados Unidos y en 1999 26 veces.
Evidentemente, las causas de este incremento de la desigualdad económica no son
sólo monetarias y financieras, pero sí puede aceptarse que la financierización
ha coadyuvado de manera decisiva a provocarla, al menos por cuatro razones
fundamentales.
En primer lugar, porque Estados Unidos ha logrado externalizar los costes
elevados de las crisis financieras que ha provocado la especulación que
realizan sus empresas e inversores institucionales, lo que hace que sean los demás
países los que soportan finalmente sus consecuencias y efectos negativos sobre
el empleo, el equilibrio macroeconómico y sobre su capacidad subsiguiente para
generar actividad económica.
En segundo lugar, porque la política monetaria restrictiva que se ha impuesto,
de altos tipo de interés y en general de alta retribución para los poseedores
de títulos financieros, lógicamente favorece a quienes los poseen, que no
suelen ser los grupos sociales de menor renta, sino los sectores ya de por sí más
privilegiados y los países más potentes, hacia donde se suele canalizar el
ahorro cuando existe libertad de movimientos de capital.
En tercer lugar, porque las políticas deflacionistas que acompañan a la
financierización implican aumento del desempleo, disminución de los gastos
sociales, debilitamiento del sector público protector, menos inversiones públicas
y, en general, no sólo peores condiciones de vida sino menos capacidad endógena
para la generación de riqueza, lo que perjudica en mucha mayor medida a los
sectores o territorios más necesitados y empobrecidos.
Finalmente, porque en un régimen de libertad de movimientos de capital los
recursos tienden a fluir no hacia donde son más necesarios, sino hacia donde
encuentran mayor retribución o rentabilidad. Por regla general, eso ha generado
una nueva geografía económica mucho más desigual y concentrada a nivel
mundial. Aunque es cierto que todos los países intervienen ahora en mayor
medida en las relaciones económicas y financieras lo que ocurre es que no lo
hacen en igualdad de condiciones, sino en virtud de una especialización que
impone una distribución muy desigual del valor y de los resultados de la
producción.
4.2. Nuevo poder, nueva regulación
monetaria
El segundo gran tipo de consecuencias que se han derivado de la financierización
y de la aparición de un nuevo tipo de poder (en realidad es la expresión más
directa de esto último) es el que tiene que ver con el tipo de regulación que
se realiza sobre los flujos financieros y con la naturaleza del gobierno que se
ejerce sobre la masa monetaria.
En tal sentido se pueden destacar cuatro grandes consecuencias.
a) Privilegio de la política monetaria
Una esfera monetaria hipertrofiada implica así mismo que la regulación global
de la actividad económica se escore necesariamente hacia lo monetario. A
diferencia de lo que había sido la gestión macroeconómica tradicional en
donde la política monetaria, el control de la masa monetaria, se realizaba de
manera más o menos acompasada con el resto de las políticas económicas, el
nuevo régimen monetario y financiero demanda una política monetaria mucho más
activa por varias razones. En primer lugar, porque es mucho mayor el peso de los
flujos monetarios en el conjunto de las relaciones de las que dependen los
equilibrios y desequilibrios macroeconómicos. En segundo lugar, porque con la
política monetaria, que se instrumenta desde instancias mucho menos
transparentes que las fiscales o el resto de las políticas económicas, se
pueden llevar a cabo mucho más fácilmente y con menos problemas de legitimación
los cambios en la pauta distributiva que implica la financierización en un
contexto de mucho mayor peso de los intereses privados. En tercer lugar, la política
monetaria se puede reservar a los bancos centrales con la justificación de su
neutralidad y de que su gobierno sólo requiere decisiones técnicas y no políticas,
y eso permite dejar fuera de toda discusión lo referente a las condiciones en
que se desenvuelven las relaciones financieras en nuestras sociedades.
Finalmente, resulta que instrumentando la política monetaria desde fuera, se
puede constreñir no sólo lo referente a lo monetario, sino a las demás
dimensiones de la política económica. Todas estas, y especialmente las
fiscales, tienen efectos monetarios, de manera que si desde una autoridad
externa se imponen determinadas restricciones aparentemente sólo monetarias se
está condicionando a las demás políticas: el banco central no sólo influye
sobre lo relativo a la moneda, sino sobre la fiscalidad, el gasto público, las
políticas sociales, etc.
b) Pérdida efectiva de la capacidad de intervención económica de los
gobiernos.
Lo que acabo de señalar implica una efectiva pérdida de capacidad de gobierno
de los Estados.
Por un lado, en la medida en que los tipos de interés y los tipos de cambio
vienes impuestos (los primeros por el efecto conjunto de las decisiones de los
bancos centrales y de los mercados financieros, y los segundos por éstos últimos
más que por la política comercial de los gobiernos) los Estados nacionales se
encuentran prácticamente maniatados respecto a la manipulación de variables
clave para la consecución del equilibrio macroeconómico.
Por otro lado, en la medida en que existe libertad absoluta para el movimiento
de capitales, los gobiernos carecen de autonomía alguna para imponerse a la
voluntad de mercados que se desenvuelven a escala internacional, salvo que se
trate de Estados Unidos, que gracias a su potencia económica y al papel de
reserva virtual que juega el dólar puede influir con cierta discrecionalidad en
la dinámica de los mercados.
En realidad, pues, a los gobiernos nacionales no les queda sino la posibilidad
de comportarse como ejecutores más o menos voluntariosos de la ortodoxia económica
y monetaria.
c) La paradójica limitación de los bancos centrales.
El mayor protagonismo de los bancos centrales independientes como ejecutores de
la política monetaria se produce en la paradójica situación de pérdida de su
propia capacidad de control de los flujos financieros. Como he señalado
anteriormente, la financierización ha implicado que la masa monetaria esté
compuesta por una nueva variedad de títulos y que ya no se reduzca
principalmente al dinero bancario que los bancos centrales podían controlar más
eficazmente a través de los instrumentos tradicionales de la política
monetaria (coeficientes bancarios o tipos de redescuento). Incluso la puras
operaciones de crédito ya no son realizadas en tan exclusiva proporción como
antes por los bancos. Según S. Sassen "treinta años atrás, los bancos
realizaban el 75 por 100 de todo tipo de operaciones de crédito a corto y medio
plazo. En la actualidad, este porcentaje ha bajado al 50 por 100. La participación
de los bancos comerciales en el total de valores financieros ha caído desde más
del 50 por 100 a poco más del 25 por 100 en los últimos setenta años" .
Sobre las operaciones de compra y venta de títulos o dinero de todo tipo que
constituyen hoy día el grueso de las operaciones financieras, los bancos
centrales tienen mucha menor capacidad de intervención. Primero, porque son
movimientos que no responden directamente a los instrumentos tradicionales de la
política monetaria de los que disponen los bancos centrales y, segundo, porque
las reservas de los bancos son excesivamente limitadas en relación con el
volumen total de operaciones que se realizan, los que dificulta en gran medida
su capacidad de control.
Además, una parte importante de las operaciones financieras se realizan a través
de circuitos electrónicos, fuera del control de los bancos y esta "virtualización"
de las operaciones monetarias ha llevado consigo una notable pérdida de control
de los bancos centrales.
La existencia consentida de paraísos fiscales y de productos financieros
opacos, concebidos precisamente para eludir controles fiscales y monetarios
igualmente limita la capacidad de actuación como controladores finales de la
oferta monetaria por parte de los bancos centrales.
Y, por último, la práctica generaliza de "derivar" los productos
financieros, es decir, de cubrir unos con otros precisamente para eludir los
cambios que no interesen en los tipos de interés significa que ni tan siquiera
la manipulación de esta última variable tiene hoy día una eficacia completa
sobre el conjunto de los flujos financieros.
En definitiva, pues, no puede decirse que los bancos centrales hayan pasado a
ser auténticos portadores de poder monetario. En realidad, se limitan a jugar
un triple pero mucho menos poderoso papel: el de celosos guardianes de la retórica
ortodoxa, el de contumaces disciplinadores de las políticas económicas de los
gobiernos y el de comparsas más o menos atentos de los movimientos de
compensación que demandan los mercados financieros cada vez más inestables, lo
que no siempre consiguen a tenor de las sucesivas y graves crisis que se han
venido padeciendo en los últimos años.
d) La privatización del poder monetario
Si esto es así hay que concluir que el poder monetario efectivo de nuestros días
se encuentra en los grandes inversores instituciones, en las empresas
multinacionales y, en general, en los poseedores de los inmensos y muy
concentrados volúmenes de recursos financieros que se movilizan incesantemente
en los mercados.
Esta circunstancia, sin embargo, no puede entenderse mecánicamente pues se
mueve en el seno de dos inevitables contradicciones. En primer lugar, que aunque
la hipertrofia de la circulación financiera sea tan extraordinaria, aunque los
flujos y las operaciones financieras hayan adquirido una importancia y una
influencia tan decisiva respecto a la circulación real, ambas esferas no pueden
quedar de ninguna manera desconectadas. En mi opinión, habría que entender el
papel tan decisivo e influyente de la Reserva Federal estadounidense no como una
excepción a la privatización del poder monetario a la que acabo de aludir,
sino como el elemento de conexión entre ambas esferas.
La segunda contradicción se refiere a que, a pesar de que predomina una
creciente internacionalización del flujo financiero, es absolutamente imposible
lograr el sueño de desnacionalizar completamente los movimientos financieros,
es decir, evitar cualquier posible influencia de los Estados. Por un lado,
porque, como dice acertadamente Sassen , "la infraestructura que hace
posible la hipermovilidad del capital financiero a escala global se halla
situada en diversos territorios nacionales". Por otro, porque, de momento,
los derechos de contrato y de propiedad sin los cuales es imposible el negocio
financiero no tiene otro asiento posible que el Estado nación. Esta última es
una paradoja sobre la que volveré más tarde: la globalización financiera
requeriría instancias de definición de derechos globales, pero esto sería prácticamente
imposible de lograr sin un debate acerca de la naturaleza de los mismos.
4.3. Poder monetario y debilitamiento de la
democracia.
La consolidación de un poder que tiende a evadir el control de las
instituciones para guarecerse en los mercados tiene como inevitable corolario un
debilitamiento efectivo de la democracia que se manifiesta, al menos, en tres
grandes dimensiones.
a) Las nuevas formas de regulación monetaria y el propio régimen de
financierización compulsiva de la actividad económica implican, como he señalado,
una pérdida progresiva de impulsos al crecimiento de la actividad económica,
menor capacidad de creación de riqueza, pérdida de empleo y, en general, del
mayor nivel de bienestar que está asociado a la economía productiva. Significa
eso que el nuevo poder monetario lleva consigo, como cualquier decisión sobre
los modos de asignación de los recursos, una solución distributiva
determinada, y en este caso diferente de la que se obtendría si se primase la
producción de bienes y servicios o la creación de empleo en lugar de la
especulación financiera.
Teniendo en cuenta que ese poder se ejerce, como acabo de analizar, cada vez más
al margen de las instituciones en donde están representados, siquiera sea
formalmente, todos los interese sociales, resulta que la consolidación del
nuevo poder monetario significa, entre otras cosas que comentaré enseguida, que
se impone una pauta distributiva sin debate social, sin permitir que los grupos
sociales que no poseen los recursos financieros puedan tratar de mejorar su
parte en el reparto del producto social.
No sólo se debilita así la propia democracia formal, de cuyo ámbito se
desmarca una esfera que, sin embargo, es de extraordinaria influencia para el
conjunto de los intereses sociales, sino que literalmente se impide que la
democracia sea un procedimiento que permita a los grupos sociales mejorar su
participación en el reparto de manera pacífica.
b) Predominio de organismos e instituciones decisoras de carácter no democrático.
Paralelamente a lo que acabo de indicar, no es casual que la consolidación de
este nuevo poder monetario se base y se ejerza justamente, y en el mejor de los
casos, desde instituciones en donde no existe una representación democrática
de los intereses. Organismos como el Fondo Monetario Internacional, el Banco
Mundial o la Organización Mundial del Comercio se constituyen y actúan con
ausencia total de garantías y controles mínimamente democráticos y con el sólo
objetivo de salvaguardar los intereses de las grandes potencias y, de forma muy
particular, los de Estados Unidos.
Alternativamente, la plena libertad de movimientos que se ha garantizado en los
mercados de capitales y la renuncia de los gobiernos a controlar de cualquier
forma que sea lo que ocurre en esos mercados ha permitido aparecer y
consolidarse a gran número de mafias, de grupos vinculados a actividades
terroristas y de multitud de inversores criminales que terminan por conformar lo
que Susan Strange denominó el "poder difuso" típico de nuestra época
.
El poder monetario actúa como una especie de imán en torno al cual luchan por
acoplarse de la mejor manera posible una multiplicidad de actores e intereses.
Los propios gobiernos y bancos centrales, los inversores institucionales, los
bancos y compañías multinacionales, los delincuentes y terroristas
internacionales, organizaciones no gubernamentales, incluso iglesias y desde
luego las mafias organizadas que tienen mucha más fuerza que muchos Estados
conforman, entre todos ellos, un auténtico gobierno en la diáspora, una gran
zona de no-gobierno democrático, o una "zona de penumbra del
derecho", como dice Blackburn refiriéndose a los fondos de pensiones , en
donde compiten vorazmente para repartirse con extraordinaria opacidad los frutos
de su actividad especulativa ingente y constante.
Si antes señalaba que la financierización de la que brota este moderno poder
monetario impide distinguir las fronteras entre lo nacional y lo internacional,
puede decirse también que en los mercados financieros igualmente se difuminan
las distancias entre lo lícito y lo criminal, entre lo público y lo privado o
entre el negocio y la estafa.
c) La ciudadanía hipotecada.
Para terminar es preciso referirse a que todo lo que acabo de señalar tiene una
decisiva secuela: ¿en qué queda en nuestro mundo la ciudadanía si se la
enajena de su derecho a participar democráticamente en las decisiones sobre el
reparto de la riqueza?, ¿qué contenido tiene cuando no le es dado definir el
tipo de derechos económicos y sociales que son consustanciales a la vida en
sociedad?, ¿qué implica la condición ciudadana si no lleva consigo el derecho
a entrar en las ágoras donde se debaten los auténticos problemas políticos de
nuestro tiempo?
Cuando se han venido produciendo las consecuencias que he descrito tan
sumariamente en este epígrafe se ha producido paralelamente un efecto de pérdida
de soberanía y de quiebra de la ciudadanía. La regulación monetaria dominante
no es sólo intrínsecamente indeseable en cuanto que lleva consigo las
consecuencias analizadas, sino también, y sobre todo, porque ella misma implica
e impone un perfil determinado al resto de las políticas económicas y
sociales.
Cuando se han generalizado las políticas deflacionistas no solamente se ha
afectado a la tasa interanual de crecimiento del Producto Interior Bruto. Se ha
producido además desempleo, degeneración del trabajo, menores gastos sociales,
etc., y con ellos ha venido una auténtica redefinición de los derechos
sociales e individuales que, a su vez, ha precisado de una eficaz estrategia de
culturización, de asimilación de nuevos valores sociales y de nuevas pautas de
comportamiento social e incluso individual.
Los grandes inversores tienen, pues, una capacidad efectiva de decidir y de
modificar las preferencias sociales, son los nuevos "votantes" de
nuestras sociedades, o al menos a los que les corresponde votar sobre las
grandes y más decisivas cuestiones. El nuevo poder monetario ha permitido
alcanzar el sueño del capitalismo: que los mercados sustituyan a los
ciudadanos.
5. Gobernar el poder monetario, gobernarlo
democráticamente
Para concluir este trabajo es necesario apuntar algunas líneas por las que
debería discurrir un planteamiento alternativo del papel de las finanzas
internacionales y de la regulación monetaria que permitiera evitar las
consecuencias negativas de la situación actual a las que he venido haciendo
referencia.
Naturalmente, eso solamente tiene sentido si se parte de aceptar que la
humanidad no vive el fin de la historia sino que aún son posibles cambios históricos
orientados a garantizar mucha mayor satisfacción humana gracias al reparto más
equitativo y racional de los recursos. Es decir, si se piensa que las
actividades económicas y la naturaleza específica de las relaciones sociales
que involucran no están gobernadas por leyes naturales inexorables y fuera del
alcance de los seres humanos sino, por el contrario, por decisiones que estos
mismos toman con autonomía. Y, en particular, que el orden social que inspiran
las políticas neoliberales es intrínsecamente insostenible en la misma medida
en que siga creando la desigualdad, la insatisfacción, la ineficiencia y el
deterioro ambiental que hasta ahora ha provocado.
El que fuera presidente argentino Carlos Menem dijo en alguna ocasión:
"pueden hacer mil marchas, mil huelgas, nada cambiará" .
Es el lenguaje autoritario de los gobernantes autoritarios de nuestra época.
Pero frente a esa concepción ilusa que está llevando a que la globalización,
en lugar de permitir resolver los problemas principales del planeta se
convierta, en palabras de J. Gray, en un "experimento de ingeniería social
utopista" , hay sitio para una concepción diferente de los asuntos
sociales.
En el campo concreto de las relaciones financieras debería partirse de la
aceptación de un triple principio que llevaría a regular y a controlar los
flujos financieros de una manera bien distinta:
- Que la satisfacción de las necesidades humanas aún insatisfechas debe ser el
objetivo de las actividades económicas y que, para garantizarlo, no se puede
quedar pendiente del albedrío de los mercados guiados exclusivamente por la lógica
del beneficio.
- Que debe desincentivarse y penalizarse por todos los medios el uso
improductivo de los recursos y, al mismo tiempo, garantizar su uso en el ámbito
de la creación de riqueza.
- Que es inaceptable el desgobierno o la ausencia total de mecanismos que
garanticen la efectiva percepción de las preferencias de todos los grupos
sociales.
Las implicaciones mucho más concretas de estos principios éticos deben
manifestarse, al menos, en tres grandes ámbitos.
5.1. El derecho a negar
Las políticas neoliberales que han inspirado y gobernado las transformaciones a
las que vengo haciendo referencia han tenido como singular efecto el de eliminar
cualquier posibilidad de acción social alternativa. No sólo ha sido un auténtico
"pensamiento único", sino también, y sobre todo, un poder
exclusivista y una práctica de gobierno autoritaria en la misma medida en que
ha limitado la capacidad de respuesta, la posibilidad de oponerse a sus
dictados.
Frente a eso es necesario garantizar el ejercicio de un auténtico derecho a
negar, un derecho a concebir un mundo distinto, unas relaciones diferentes y una
solución distinta a los problemas sociales. Y aún más: es necesario, como
dice Deudney, convertir ese derecho en una negarquía, en un poder para negar,
limitar o constreñir la autoridad arbitraria de nuestro tiempo .
Este contrapoder ha surgido ya y se manifiesta, por ejemplo, en los movimientos
que reivindican una globalización alternativa y que han conseguido en algunos
casos modificar la agenda de los grandes poderes del planeta.
Como decía Susan Strange, para hacer frente al debilitamiento de la base democrática
de nuestro mundo, a la aparición de poderes difusos y a la dispersión de la
autoridad es necesario multiplicar las fuentes potenciales de poder negárquico
que permitan poner en cuestión un orden social que ha sido concebido y que es
defendido por quienes se benefician de él, justamente, para que nadie pueda
cuestionarlo.
5.2 Un orden internacional democrático
El salto producido de las esferas de los Estados nacionales al nivel
internacional o globalizado ha sido utilizado por los intereses más poderosos
del planeta para evadirse de las constricciones que necesariamente implican los
regímenes democráticos, por débiles que estos sean, en relación con el
gobierno de las relaciones comerciales, financieras, comunicativas, culturales
jurídicas o políticas. Pareciera que se da por aceptado que a nivel global no
son precisos los controles, la transparencia, los contrapoderes, la censura, la
legitimidad o las prohibiciones que son comúnmente aceptados en los países más
avanzados. Esto es realmente sorprendente si se tiene en cuenta que lo que ha
alcanzado dimensión global suele haber sido, justamente, aquello que tiene un
mayor valor estratégico en nuestras sociedades: las finanzas, los códigos
culturales y los medios de transmisión, el poder militar...
Por lo tanto, debería entenderse que un mundo globalizado requiere instancias
de gobierno igualmente globalizadas, pero que éstas no pueden descansar, como
ocurre específicamente en el campo financiero, en la ausencia de control, en la
privatización prácticamente total de los centros de decisión o en el reparto
tan asimétrico de la influencia de la que disfrutan los diferentes países a la
hora de plantear y resolver los problemas mundiales.
En el ámbito de los flujos financieros sería preciso actuar en tres grandes líneas.
En primer lugar, erradicando la lógica de imperio que hoy domina el no-orden
financiero y que permite a Estados Unidos dirigir con decisiva resolución la
regulación financiera mundial, las políticas monetarias y, en general, las
condiciones en que se desenvuelve el poder monetario que he analizado.
En segundo lugar, democratizando las instituciones y organismos internacionales
existentes o creando otros basados en la participación igualitaria de los
diferentes países del mundo a fin de garantizar que se puedan revelar con
nitidez las auténticas preferencias de la sociedad y de las naciones.
En tercer lugar, generando un auténtico derecho internacional basado en
mandatos imperativos para todas las naciones y que fundamentalmente persiga
redefinir la función de los Estados, que garantice la disposición de información
rigurosa sobre los movimientos financieros, que resuelva las llamadas zonas de
penumbra del derecho hoy día existentes en ámbitos tan importantes como la
actuación de los fondos de pensiones y que prohíba los paraísos fiscales al
mismo tiempo que proporcione medios efectivos para combatir la delincuencia
financiera internacional.
Finalmente, y en el campo específico de las cuestiones y las políticas económicas
habría que intervenir a nivel internacional en cinco aspectos principales:
- Permitir y garantizar que los gobiernos recobren la capacidad de gobernar las
relaciones económicas limitando el poder difuso y recuperando una lógica
territorial mucho más racional que no tiene por qué ser incompatible, sino
todo lo contrario, con la globalización encaminada a optimizar el uso de los
recursos económicos a nivel planetario.
- Redefinir la fiscalidad tanto en el ámbito nacional como internacional básicamente
en tres líneas. Primera, generando nuevas variedades de imposición, teniendo
en cuenta que hoy día los sistemas impositivos siguen basándose en la idea de
que los flujos financieros sirven para transformar en inversión el ahorro
nacional. Segunda, en la generación de nuevos recursos fiscales, bien ampliando
la utilización de impuestos que aún están muy lejos de haber alcanzado su máxima
capacidad de recaudación, bien generando nuevas fuentes de ingreso gravando
actividades que hoy día están prácticamente ajenas a cualquier tipo de
imposición. Tercera, aplicando tasas impositivas del tipo de la propuesta por
Tobin sobre los movimientos especulativos de manera que se generen los
suficientes desincentivos que permitan transferir los recursos improductivos a
la creación de riqueza.
- Controlar los fondos financieros, y en particular los fondos de pensiones, y
establecer regímenes legales e institucionales que impidan el uso ilegal de los
mismos e incentiven su utilización vinculada a los principios que expuse más
arriba.
- Generar a partir de lo que acabo de señalar fondos de solidaridad
internacionales destinados a compensar a los países empobrecidos, a garantizar
la protección del medio ambiente y a llevar a cabo un programa de redistribución
de la renta a escala planetaria que permita que todos los países del mundo
tengan, como mínimo, los niveles de gasto y protección social de los que hoy
disfrutan los países más avanzados en este campo.
- Redefinir a escala internacional los derechos sociales que deben ser en todo
caso reconocidos y vincular el ejercicio efectivo de la ciudadanía, como no
puede ser de otro modo, al disfrute efectivo de los mismos.
En cualquier caso, estas ideas no pueden concluirse sino de la misma forma que
terminaba otro trabajo en el que proponía alternativas económicas más
generales a las políticas neoliberales: "las alternativas al
neoliberalismo que puedan ser eficaces y reales en el campo de las relaciones
económicas precisan de un concepto del poder muy diferente al que germina en
las sociedades muy escindidas como en las que vivimos. Las experiencias históricas
nos vienen demostrando de manera palpable que no es suficiente la simple inversión
en la detentación del poder, sino que es necesario que las nuevas alternativas
se generen como resultado de auténticas experiencias de contrapoder de las que
derive no sólo el nuevo impulso ético en que deben apoyarse las alternativas
de bienestar humano que nos proponemos conquistar, sino también la rebeldía,
la fuerza y la organización que pueden hacer que las propuestas y las
experiencias realizadas sean irreversibles" .