¿Qué se entiende por globalización?
Desde hace un par de décadas, coincidiendo con el
cambio de orientación de las políticas económicas en los países
capitalistas encabezado por la Sra. Thatcher y el Presidente
norteamericano Reagan, que pasó del keynesianismo al neoliberalismo,
se ha desencadenado un proceso de ámbito mundial que se ha bautizado
como globalización. Este proceso no es nuevo. Representa la
continuación de la expansión capitalista en el ámbito mundial y
significa un importante salto adelante en la consolidación de este
sistema.
La globalización, también denominada con mayor
rigor científico mundialización, se inició, o al menos así lo
pareció, en los mercados financieros. En efecto, los movimientos de
capital en el ámbito mundial fueron los más llamativos en cuanto a
su apariencia. Tras la reforma del sistema monetario internacional
de los años 60, la libre movilidad del capital ha ido avanzando cada
vez con mayor vigor. Afecta a la Bolsa, a los créditos y préstamos
internacionales, tanto privados como públicos, al mercado de
divisas, al pago de la deuda externa, y, por supuesto, a la
inversión directa.
Pero la globalización tiene su máxima expresión
en el despliegue mundial del capital productivo, a partir de la
acción de las empresas multinacionales, auténticos protagonistas de
este proceso. Hoy día se produce en muy diferentes puntos del mundo,
prescindiendo del origen del capital y del mercado final al que van
dirigidas las mercancías producidas. El planeta es un solo espacio
de rentabilización del capital.
Ahora bien, para que esta mundialización
productiva pueda ser efectiva, es imprescindible la existencia de
otro factor: la libre movilidad de mercancías. A este respecta,
primero el GATT y luego la OMC, se han encargado de favorecer la
rebaja paulatina pero rápida de aranceles y tienen como objetivo la
libre movilidad de mercancías plena. Es decir, la construcción de un
mercado mundial. Aquí se inscribe la política de economías abiertas
patrocinada por el FMI.
La mundialización comercial y del capital no
lleva aparejada la consiguiente mundialización de la fuerza de
trabajo. Por el contrario, el proceso de mundialización ha ido
acompañado de una ofensiva por frenar los movimientos migratorios.
En particular entre la Periferia y el Centro del Sistema.
Y, por último, este proceso ha alterado las
funciones de los Estados nacionales. Pierden soberanía, puesto que
la mayor parte de las decisiones en materia de política económica ya
no son adoptadas por ellos sino por instancias supranacionales. No
obstante, existe un importante vacío institucional, que no cubre la
ausencia de los Estados nacionales con otros organismos democráticos
de carácter supranacional. Existen importante crisis a este respecto
y son ya muchas las voces que exigen la construcción de
instituciones de regulación y control económico con ámbito de
responsabilidad mundial.
¿Cómo afecta la globalización al desarrollo
económico?
El desarrollo económico capitalista ha sido
tradicionalmente entendido como la combinación del crecimiento
económico y el cambio estructural que daba lugar a la modernización.
Tal desarrollo económico solía ser medido mediante los incrementos
del PIB o del PIB per cápita y solía cristalizar en la mejora de las
infraestructuras, de la educación, de la sanidad, del nivel de vida
de la población, etc. Pero lo relevante es que ese modelo de
desarrollo económico era un modelo nacional.
Efectivamente, el marco territorial e
institucional del desarrollo económico, tanto en los países del
Centro como en los de la Periferia, era el propio Estado-nación. De
ahí que existieran políticas de desarmo económico nacional, incluso
Ministerios de desarrollo económico, e, incluso también, una
ideología del desarrollo económico: el desarrollismo.
Todo lo anterior es lo que la globalización ha
eliminado. La razón es muy sencilla. Cuando las pautas de
acumulación se regían por un comportamiento de los agentes (las
empresas) muy delimitado por la legislación nacional y muy protegido
por su correspondiente Estadio, el motor del desarrollo era interno.
Es decir, cada país tenía su política de desarrollo y se protegía
frente a los restantes, con los cuales mantenía relaciones
comerciales y algunas, escasa, relaciones financieras. Pero el marco
interior estaba protegido y regulado por el propio Estado, cuya
misión era crear las condiciones para el desarrollo económico
sostenido. Ciertamente, no siempre se conseguía y numerosos países
de la Periferia, como afirman los teóricos de la dependencia, nunca
dispusieron efectivamente de un motor interno de desarrollo. Pero lo
intentaron, como es el caso de países como México, Brasil,
Argentina, los del sudeste asiático y otros. Con mayor o menor
éxito.
Cuando la globalización empieza a imponer sus
leyes, una de sus primeras víctimas fue la política de desarrollo
interno. En efecto, el motor del desarrollo se desplazó desde la
acumulación interna de capital hacia la percepción de capitales del
exterior. Es decir, paso de manos de agentes nacionales, la presunta
burguesía nacional, a manos multinacionales, las empresas gigantes
que lideran el proceso de mundialización.
Pero estas empresas multinacionales no tienen
entre sus objetivos el desarrollo económico de los países en los que
actúan. Su objetivo es la máxima rentabilización de su capital y, al
poder eludir la legislación interna de cada país e incluso al
obligar a estos a modificarla, desplazan el motor de la economía
desde el interior hacia el exterior. De hecho, empieza a carecer de
sentido hablar de interior y de exterior. La economía mundial tiende
a unificarse y cada país intenta insertarse en ella de la manera más
favorable para los intereses de sus clases dominantes. Ello provoca
la ruptura de la identidad entre acumulación de capital y desarrollo
económico nacional.
El resultado es que las palancas del desarrollo
económico ya no están en manos de los correspondientes Estados,
sobre todo en la Periferia del Sistema, sino en manos de las
empresas multinacionales, cuyo protagonismo al respecto es cada vez
mayor, al extremo de que hoy están pugnando por conseguir el
establecimiento de una legislación mundial que regule uy controle el
papel de las propias empresas pero sobre todo que limite el campo de
discrecionalidad y de autoridad de los diferentes Estados
nacionales. Es el caso del Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI)
o el Nuevo Mercado Transatlántico (NTM) en curso de negociación.
En conclusión, las funciones de los distintos
Estados nacionales han variado substancialmente. Ya no intentan
preservar su país de la competencia extranjera para poner en marcha
procesos de desarrollo interno. En la actualidad su pretensión es
insertar a su país de la mejor manera posible en el proceso de
mundialización. Y eso tiene efectos importantes sobre la sociedad y
el nivel de la población.
¿Cómo afecta la globalización al desarrollo humano?
Las palabras de Koldo Unceta son relevantes para
responder a esta cuestión: «Uno de los elementos más importantes que
ha estado presente en los distintos enfoques y propuestas sobre
desarrollo ha sido la consideración del marco nacional como ámbito
de dicho proceso y el papel del Estado nacional como impulsor del
mismo, idea recurrente que ha venido a quebrarse sólo de la mano de
algunos de los debates más recientes. El Estado-nación ha venido
siendo considerado al mismo tiempo el ámbito y el sujeto del
desarrollo, quedando las personas relegadas al papel de instrumentos
para el logro del desarrollo nacional. Los individuos han sido
considerados ricos o pobres, sanos o enfermos, cultos o analfabetos,
pero casi nunca desarrollados o subdesarrollados, categorías estas
últimas reservadas para los países.»
Ciertamente. El desarrollo económico entendido
como desarrollo nacional priorizó y priorizó aun el crecimiento de
las magnitudes macroeconómicas, pero no atiende, al menos en los
grandes objetivos estatales, a los indicadores que afectan a la
realidad de la vida de las personas, a lo que en el siglo XIX se
solía denominar la felicidad humana.
El PNUD, hace precisamente 10 años inició la
medición del desarrollo bajo una nueva concepción. No bastaba con el
crecimiento económico. Había que medir también su incidencia en la
vida de las personas. Y para ello ideo el Índice de Desarrollo
humano, indicador complejo que relaciona el crecimiento del PIB per
cápita con otras variables tales como la esperanza de vida o el
nivel cultural. Ha sido un loable esfuerzo que ha conseguido romper
con las ataduras del economicismo estricto. Pero el IDH está aun
lejos de ser un instrumento válido para medir la felicidad humana.
Sirve ya, no obstante, para medir las desigualdades existentes. El
propio PNUD se ha ocupado también de ampliar el marco de su
medición. Ya no se trata solo de medias nacionales, sino que se
matiza por edades, por etnias, por género, por lugar de residencia
(urbana y rural).
Y lo que se desprende, grosso modo, de las
distintas mediciones del IDH es la existencia de una importante
polarización de la riqueza y del bienestar tanto en el ámbito
internacional como en el propio interior de los países, incluyendo
los más desarrollados, en los cuales el PNUD señala la existencia de
importantes bolsas de pobreza.
La globalización, lejos de hacer disminuir la
desigualdad, la está potenciando. Ocurre sin embargo, que esta
desigualdad ya no puede ser medida exclusivamente en términos de
países por que escondería la realidad, la velaría. Efectivamente, la
globalización, entre otras cosas, ha trastocado la estructura de
clases, tanto a nivel nacional como mundial. Quiere ello decir que
existen importantes fracciones de la burguesía, sobre todo
financiera, de los países periféricos que se encuentra plenamente
integrada en el modelo de acumulación que protagoniza el proceso de
mundialización. Y quiere ello decir también que en los propios
países del Centro existen fracciones sociales que son marginadas del
proceso productivo y por tanto de las ventajas derivadas del
desarrollo y que adquieren cada vez más características semejantes a
las de las poblaciones marginalizadas de la Periferia.
Esta ruptura del marco de formación y actuación
de las clases sociales está alterando considerablemente la
percepción colectiva del desarrollo y el subdesarrollo. El sector
pudiente e integrado en las redes mundiales de acumulación de Brasil
es mucho más afín a otros sectores semejantes de EE.UU., Europa,
Japón u otros países de la Periferia que a sus propios conciudadanos
excluidos del proceso. Dicho brevemente, se está produciendo una
ruptura muy profunda del marco nacional de acumulación, que relega a
los marginalizados a una situación de exclusión y pobreza como nunca
antes había existido.
¿Cómo afecta la globalización a los salarios,
el empleo y la redistribución de la renta?
Desde el punto de vista teórico, la globalización
representa la construcción de un mercado mundial libre,
prácticamente sin impedimentos, como el que habían preconizado los
economistas clásicos. En tan idílica situación tanto los capitales,
como las mercancías tendrán total libertad de movimientos y por
tanto, la formación de precios se producirá en el ámbito mundial.
Pero en el esquema de os clásicos este proceso de liberalización y
formación de mercados libres también afectaba a los salarios y al
empleo.
Efectivamente, se entendía que la libre
circulación de mercancías y de capitales necesitaría también la
libre movilidad de los trabajadores, que, al moverse desde zonas o
sectores de bajos salarios a zonas o sectores de altos salarios,
provocarían una tendencia hacia la igualación de los niveles
salariales en un mercado laboral libre. Ahora bien, en la actual
globalización este fenómeno no se está produciendo- Al contrario, se
impide la libre movilidad de los trabajadores. Y el resultado es que
el abanico de salarios a nivel mundial crece. El fenómeno es
inverso. Son las empresas multinacionales las que localizan su
producción, sobre todo la intensiva en mano de obra, en zonas o
países de bajos salarios y pretenden que sigan siéndolo. Las
llamadas ventajas locacionales se fundamentan precisamente en la
existencia de tales bajos salarios.
Esta situación tiene efectos sobre el empleo.
Afecta al empleo local del país de destino de la inversión. Aumenta
el número de trabajadores asalariados por empresas multinacionales,
quienes, a pesar de percibir salarios muy inferiores a los de los
trabajadores de los países desarrollados, perciben unas
remuneraciones considerablemente superiores ala media de su propio
país. Son, por tanto, en cierta forma, privilegiados. Pero al propio
tiempo, las condiciones de trabajo no son las mejores. Son
habituales jornadas de 10 o 12 horas pagadas con salarios muy bajos,
escasa seguridad en el trabajo, contratos de duración limitada y
prácticamente inexistencia de seguridad social o protección en caso
de paro, enfermedad o jubilación. Pero, aun así, los trabajadores
asalariados de la industria multinacional están en mejores
condiciones que los marginalizados.
Afecta también al empleo en los países de origen
de la inversión. Se produce lo que se ha venido en denominar una
deslocalización industrial que da lugar a la emigración de
actividades industriales intensivas en mano de obra con efectos
depresivos sobre el empleo. En los países desarrollados se está
consolidando una fracción de trabajadores en paro que ha dejado ya
de ser coyuntural para convertirse en paro estructural.
En cualquier caso, la ventaja es para las
empresas multinacionales que maximizan su beneficio. Pero para que
ello ocurra es preciso que exista la libre movilidad de capitales y
mercancías.
Tal tipo de actividades no suele estar orientada
hacia el mercado interior sino hacia el exterior. Por tanto, la
creación de mercado interno no es su objetivo. Ello redunda en que
las condiciones de vida y el bienestar de los ciudadanos en los
países de recepción de inversiones extranjeras no se fomenta como
podría hacerlo, es decir, si funcionase lo que se llama el
multiplicador keynesiano, que representa el crecimiento de la
actividad impulsado por una actividad motriz.
El resultado de la globalización en lo que atañe
a empleo y salarios es doble:
- Con respecto al empleo, lo hace crecer en
algunos países de la Periferia y lo contrae en los del Centro.
- Con respecto a los salarios, incrementa el abanico existente y
favorece la polarización y la desigualdad.
Al no existir mecanismos de regulación a nivel
mundial, tampoco se produce un proceso de redistribución de la
renta, como el que se dio en los países desarrollados y que condujo
al Estado del Bienestar. Por el contrario, la renta se concentra
cada vez más. La parte de los salarios disminuye, tanto en los
países como a nivel mundial. Aumenta por tanto la parte de los
beneficios. Y se produce como resultado lo que tanto el PNUD, como
incluso el Banco Mundial, han señalado: los ricos son cada vez más
ricos y los pobres son cada vez más pobres.
Esta nueva división internacional del trabajo
afecta también a la composición de género del empleo. En efecto,
como se señala en el informe Globalisation and employment
[Globalización y empleo] presentado por el Panos Institute de
Londres en el mes de mayo.
Desde 1980, el aumento de la fuerza laboral
femenina ha sido substancialmente mayor que el de la fuerza laboral
masculina... Sólo en África el incremento laboral ha mantenido a la
par la creación de puestos de trabajo entre hombres y mujeres. En el
resto del mundo, las mujeres han sido las principales beneficiarias
de las nuevas aportaciones al trabajo. Por ejemplo, en América
Latina los niveles de crecimiento del empleo para las mujeres - un
4% anual- han triplicado el nivel alcanzado por los hombres.
En este sentido, el informe señala que las
mujeres forman el grueso de la fuerza laboral en las zonas francas y
en las zonas de maquila. En Panamá representan el 95 %, en Guatemala
y Nicaragua, el 80 % y en Bangladesh el 70 %, por ejemplo.
Este aumento substancial del empleo femenino se
debe, entre otras cosas, al menor salario que se paga a las mujeres.
A pesar de ello, y como señala el informe citado, se está
produciendo un importante cambio cultural y social, ya que, al
disponer de salario propio, las mujeres están logrando mayores cotas
de libertad frente a los hombres en sociedades extremadamente
machistas y patriarcales. Pero al propio tiempo afecta al grupo
familiar por cuanto son cada vez más los hombres que no encuentran
acomodo estable en el mercado laboral. Se está originando un
importante cambio estructural en las sociedades periféricas,
derivado de este proceso.
Homogeneización de la producción, del consumo,
de la ideología y de la cultura
La globalización ha dado lugar a un importante
proceso de homogeneización de la producción. Tanto en los métodos de
trabajo, como en la tecnología aplicada, como en los productos
finales, la homogeneidad es la tendencia predominante. Por
consiguiente, disminuye la especialización y los productos no se
diferencian por su origen nacional.
Ese fenómeno, a su vez, repercute de forma
considerable sobre el consumo que, a su vez, se homogeneiza. El
vestido, los medios de locomoción, el ocio, incluso la alimentación,
son cada vez más homogéneos. Se pierden las especialidades y se
uniformizan los hábitos, dando lugar a una considerable pérdida de
la diversidad.
Ello va generando además una ideología también
homogeneizadora, que a través de los potentes medios de comunicación
abarca la práctica totalidad del planeta. E incide sobre la cultura,
que se uniformiza, que pierde originalidad, que se
norteamericaniza: la música, el cine, la televisión, la
literatura, etc. Están sometidas a un profundo acoso del american
way of life. Y, además, la propia lengua de los ciudadanos se ve
sometida al cada vez mayor acoso del inglés.
Lejos de ser un avance en la culturización de la
humanidad a lo que se está asistiendo es a un achatamiento de la
cultura, a una mediocridad cada vez más acusada. Por supuesto, este
fenómeno incide de forma negativa en el desarrollo humano, aunque
los índices mediante los cuales se mide no lo registren. Ciertamente
hay resistencias ante este proceso: el nacionalismo, el
fundamentalismo religioso y la etnicidad, son algunas de sus
manifestaciones más notables.
Y en el ámbito político se asienta la idea de la
universalización de los derechos humanos, entendidos, por supuesto,
como imitación de los hábitos e instituciones políticas de los
países occidentales. En nombre de los derechos humanos se perpetran
auténticos genocidios y se acaba con la independencia y la
diversidad de comportamientos de infinidad de pueblos. La crisis de
soberanía de los Estados nacionales, a su vez, está favoreciendo la
aparición de un importante vacío político, no sólo en el ámbito de
la regulación económica, sino incluso en el ámbito del bienestar y
la salud de la población. Por ejemplo, la proliferación de casos de
contaminación alimenticia detectados en Europa y en América, está
carente de cualquier legislación de carácter mundial que impida la
venta de productos contaminados fuera del espacio en el que se
produjo la contaminación. Es decir, que productos belgas
contaminados puedan ser vendidos, por ejemplo, en algún país del
Tercer Mundo, sin que exista autoridad alguna que pueda impedirlo.
La humanidad avanza, al parecer inexorablemente,
hacia la globalización. Pero si bien está muy avanzado este proceso
en lo que atañe a la economía y a sus efectos sobre la ideología y
la cultura, está aun muy lejos de la globalización democrática de la
política y el autentico derecho a los derechos humanos y a los
derechos de los pueblos. Lo que está avanzando es la construcción de
organizaciones mundiales de carácter represivo, como la OTAN, pero
instituciones de representación como la ONU, la UNESCO, la FAO, la
OMS y otras están sufriendo u profundo desgaste. Sería preciso una
reacción decida de los ciudadanos para exigir una democratización
política de las instituciones de carácter mundial que ya existen, y
la creación de aquella que aun no existen, como por ejemplo, por
citar una, una institución que controle y frene el deterioro del
medio ambiente y permita construir una sociedad mundial en la que
sea posible el desarrollo sostenible.