|
Los nuevos vecinos. Metropolización, exclusión social y segregación urbana en las ciudades europeas |
|
|
FERNANDO BARREIRO CAVESTANY (*) |
|
1. Introducción
El punto de partida de esta comunicación es la constatación de que, la
exclusión social y la segregación urbana, adquieren una nueva relevancia e
intensidad en nuestras ciudades europeas, fruto de fenómenos de diverso tipo,
asociados a los procesos de globalización y al incremento de la sociedad de
los flujos y la comunicación. En las ciudades, estos nuevos fenómenos se
superponen con herencias de la sociedad industrial y los modelos de urbanización
a ella asociados.
Se puede afirmar que en las aglomeraciones metropolitanas, se reproducen y,
previsiblemente se intensifiquen en el futuro inmediato, procesos de marginación
urbana, asociados a los fenómenos de exclusión social. Es decir, la exclusión
social y el desempleo se concentran y se reproducen de manera crónica en los
llamados barrios desfavorecidos o en dificultades.
La definición de barrios en dificultades o desfavorecidos expresa este fenómeno
propio de la nueva configuración de las metrópolis que algunos denominan la
ciudad de dos velocidades. En estos barrios, más allá de las diferencias de
evolución histórica y de configuración urbanística, existen elementos
comunes que los definen: índices de desempleo mayores que la media de la
ciudad, baja renta de sus habitantes, absentismo y fracaso escolar, déficits
de habitabilidad, reducida actividad económica, etc.
Se trata, por tanto, de una concentración de problemas en áreas acotadas, y
que son de difícil resolución, y de identificar los factores que rompan el
ciclo de declive o de deterioro. Es más, existen nuevas tendencias, por
ejemplo el incremento de la inmigración no comunitaria, que permiten
vislumbrar el efecto contrario, es decir, una intensificación de la situación
de exclusión y problematización.
Los barrios en dificultades o segregados, están asociados a dos situaciones
de partida: por una parte las periferias o suburbios metropolitanos, fruto del
modelo fordista de desarrollo, como espacio de residencia de la mano de obra
industrial y, por otra, como resultado del deterioro de los centros históricos,
de vivienda antigua y de la tendencia al envejecimiento de la población
residente.
El origen de los barrios industriales de las periferias metropolitanas, que
configuró un tipo particular de espacio urbano, partía de la idea de la
ciudad dormitorio, de la movilidad simple y hábitos sociales homogéneos de
la población residente. De ahí que su estructura urbana también haya sido
simple y homogénea: viviendas standarizadas, escasos medios de transporte y
de equipamientos, estructura urbana monofucional.
A esta realidad se superponen los nuevos fenómenos de exclusión social, las
nuevas tendencias de invidivualización y, sobre todo, la diversificación y
complejización de la estructura social residente y de las formas de utilización
del espacio urbano.
Solo puede comprenderse en sus justos términos este escenario urbano, si lo
enmarcamos o contextualizamos en tendencias más generales que afectan a las
ciudades en la actualidad. Porque el contexto de globalización y de la
“nueva economía” de la información, definen en gran medida la naturaleza
de estos fenómenos urbanos.
2. Globalización y dualización en el espacio urbano
El nuevo paisaje urbano metropolitano de las ciudades europeas, permite
visualizar la coexistencia de diversos procesos socio-económicos, de espacios
construidos y reconstruidos en sucesivas etapas. La globalización produce y
acelera la reconstrucción urbana en función de lógicas cada vez más
externas a la sociedad local. Los centros urbanos se van convirtiendo
progresivamente en nodos conectados con lo global. La ciudad metropolitana está
ahora habitada por flujos globales de capital y por sectores sociales
dependientes de las conexiones mundiales.
La llamada nueva economía se caracteriza simultáneamente por su gran
dinamismo productivo y por su carácter excluyente de amplios sectores
sociales y territorios. Por tanto, al mismo tiempo, se reestructuran suburbios
metropolitanos, social y funcionalmente diversificados.
Los procesos de exclusión social más intensos se manifiestan en una dualidad
intrametropolitana, y en distintos espacios del mismo sistema metropolitano
existen, sin mayor relación entre sí, las funciones de mayor valor y las más
degradadas, los grupos y organizaciones que gestionan la información y la
riqueza, y las personas y grupos socialmente excluidos. Este proceso de
dualización existe en todas las metrópolis, aunque con diferente intensidad,
porque es consustancial a la lógica del nuevo modelo de desarrollo tecnológico
y económico. Por ello, para diseñar políticas de integración social y
urbana, hay que empezar por (re)conocer el fenómeno creciente de duplicación
intrametroplitana que adquiere diferente intensidad en diversos contextos.
Este análisis no ignora que en muchas metrópolis, mediante políticas
sociales y urbanas activas, se está dando respuesta a estos efectos de la
sociedad y de la ciudad globalizada y que, por ello, se constatan diferencias
en cuanto a la gravedad del fenómeno. Lo importante a subrayar es la
naturaleza del fenómeno o de la tendencia a la dualización y que, por tanto,
aunque no nos encontremos ante situaciones de extrema gravedad, es necesario
prever posibles evoluciones de deterioro y de fractura social.
La tendencia a la dualización la podemos constatar en algunas de las grandes
actuaciones infraestructurales de comunicación y promoción económica, diseñadas
en función de la competitividad internacional dejando “fuera de juego” a
zonas enteras del territorio urbano.
En todo caso, una parte de la población queda fuera de las comunicaciones
globales y de las actividades competitivas. En unos casos han sido expulsados
de la actividad económica y en otros, nunca han entrado en ella. Cuando estos
sectores se concentran en ciertas áreas, se producen los círculos viciosos
de la marginación y guetización.
El espacio de flujos sustituye el territorio visible y el urbanismo pierde su
función integradora. La nueva ciudad metropolitana tiende a la
discontinuidad, a la especialización de unas zonas y a la marginación de
otras y al debilitamiento de áreas tradicionales de centralidad y de fuerte
carga simbólica. Incluso el poder político acepta esta discontinuidad. Se
protege y promueve ciertas áreas y se abandona u oculta otra parte.
Esta lógica de la ciudad globalizada y diferenciada, genera y configura una
nueva estructura social. Aquí podemos mencionar las nuevas formas de
integración de los jóvenes al mercado laboral, a través de un nuevo tipo de
economía precaria e informal y, en algunos casos, de economía delictiva,
pero siempre, manteniéndose en circuitos de trabajo temporal y con escasas
perspectivas de movilidad social. Así, se produce, a nivel metropolitano, una
geografía social emergente.
3. La ciudad de los lugares y la ciudad de los flujos
La lógica espacial dominante es la de los flujos, estructurado en circuitos
electrónicos que ligan entre sí, globalmente, nodos estratégicos de
producción y gestión (Castells, 1996). Pero dicha lógica no es la única
forma espacial de nuestras sociedades, sino la dominante. Frente a ella, sigue
existiendo el espacio de los lugares, como forma territorial de organización
de lo cotidiano y de la experiencia de la gran mayoría de los seres humanos.
Pero mientras el espacio de los flujos está globalmente integrado, el espacio
de los lugares está localmente fragmentado. Uno de los mecanismos principales
que configuran la nueva economía es el predominio del espacio de los flujos
sobre el espacio de los lugares. Las ciudades pueden, y deben, reconstruir las
relaciones entre los flujos y los lugares, entre lo local y global y las
nuevas estrategias urbanas deben apuntar centralmente a esta reconstrucción.
Esta dinámica entre flujos y lugares está en el centro de la nueva problemática
de la segregación urbana y de la exclusión social. Si actuamos solo en función
de una lógica de lugares, de reconstrucción de espacios visibles, las
posibilidades de éxito son escasas.
El contexto al que nos hemos referido, hace ilusorio cualquier intento por
hacer políticas de integración y equilibrio urbano (lucha contra la
segregación urbana) que se configuren exclusivamente desde los espacios
segregados, que han dado lugar a políticas o planes de barrio. Ello no
conlleva una negación de la puesta en marcha y gestión de programas locales,
de transformación de los espacios de proximidad, pero sí que advierte sobre
las limitaciones de políticas o actuaciones no integradas en un proyecto de
ciudad (metropolitana) y en una estrategia urbana del conjunto de la
aglomeración.
Entendemos por proyecto de ciudad o estrategia urbana la respuesta a los
principales desafíos que hoy tiene planteados una metrópolis europea.
Principalmente, la promoción de la base económica, las infraestructuras
urbanas, la calidad de vida y la integración social. Es muy difícil que
cualquier de estos factores sea abordado de manera aislada, aunque pueda haber
diferentes ritmos en las respuestas y condicionantes de diversa índole, un
proyecto de ciudad debe estructurarse en torno a este conjunto de factores.
Porque cualquier de ellos, incide en las soluciones que se propongan para los
demás.
4. Las políticas de transformación de barios en dificultades
Los guetos de población pobre son muchas veces el resultado, y tienen su
origen, en operaciones de vivienda pública que adolecen de un error de
concepción urbana. Se parte del supuesto que producir viviendas y asegurar en
el mejor de los casos una urbanización y unos servicios mínimos (transporte,
escuela) ya es producir un trozo de ciudad y atribuir condición de ciudadanía.
El error es triple: a) producir barrios monofuncionales y socialmente homogéneos,
b) No vincular estas operaciones a las dinámicas económicas e
infraestructurales que contribuirán a la inserción, c) No dotar a los
barrios de calidad urbana de algún atributo de centralidad o de visibilidad
social.
Pero la hipótesis de esta reflexión es que no existe un determinismo de
origen, aunque el origen y la forma en que se ha configurado históricamente
el espacio, condicionan en gran medida las operaciones de renovación futura.
Es decir, es posible y necesario encarar acciones de renovación y de
integración urbana. Lo es, en la medida en que se reconozcan las nuevas
modalidades de exclusión y segregación y que no se actúe, exclusivamente,
en función o en clave de los problemas heredados.
La concepción y la implementación de medidas integrativas y plurisectoriales
susceptibles de ser eficaces en los barrios en dificultades necesitan de políticas
y estrategias de ciudad, metropolitanas. En esta óptica, las medidas a favor
de los barrios en dificultad son un aspecto crucial de un enfoque global de
desarrollo sostenible de la ciudad en su conjunto.
Las políticas de transformación de los barrios segregados habrán de prestar
especial atención al nuevo contexto y a los nuevos fenómenos urbanos.
Apuntamos algunas de estos factores:
a) La ilusión del espacio visible. El barrio no es lo que parece.
Como ya hemos manifestado, el diseño de políticas urbanas de lucha contra la
segregación espacial y la exclusión social, debe tratar, simultáneamente,
con un espacio de “lugares” y con un espacio de “flujos”. El abordaje,
en exclusiva del espacio como lugar (visible y localizado) conduce a los
fracasos de muchas actuaciones de renovación de zonas residencias deprimidas.
En todo caso, deberíamos preguntarnos, ¿cuál es la población del barrio?
¿La que duerme, la que trabaja, o la que lo usa puntualmente para algunas
actividades? En todo caso, el espacio al configurarse también como espacio de
flujos, nos exige otra lectura, de geometría variable, donde la movilidad,
los nuevos hábitos ciudadanos, los nuevos grupos sociales con intereses
singulares, ya no permiten definir los espacios solamente en clave de lugares.
De ahí el fracaso, quizás no inmediato, de las operaciones que,
exclusivamente, se centran en la mejora del entorno urbano y en la calidad del
espacio, sin tener en cuenta la nueva estructura social y sus necesidades.
En esta perspectiva, es interesante analizar la cuestión de la identidad con
el espacio. Ello afecta a las concepciones sobre el llamado “desarrollo de
la comunidad” y a la posibilidad que la población se sienta identificada
con un proyecto de transformación del barrio.
La cooperación efectiva y la interacción entre actores, estará sujeta a que
se identifiquen con una problemática común y estén dispuestos a acordar
soluciones y a tomar decisiones colectivas.
La definición de la identidad territorial es algo realmente complejo. Depende
si nos referimos a una comunidad de residentes, a una comunidad de relaciones
de vecindad, de relaciones laborales o de actividades productivas y
comerciales. Nos interesa aquí estudiar la identidad en términos de
interacción y cooperación en un territorio urbano complejo. La interacción
se basa en la comprensión mutua relacionada con identidades colectivas. Los
recursos de identidad construyen un sentido de pertenencia y ello facilita la
participación y la reorientación de las visiones individuales a partir de la
interacción y la solidaridad.
El problema es que el territorio urbano, tal como se ha manifestado
anteriormente, es, simultáneamente, un espacio de flujos y un espacio de
lugares. Las nuevas tecnologías de la información provocan una importancia
creciente de los flujos. Pero, a pesar de ello, la inmensa mayoría de la
gente, vive en lugares, y por tanto, percibe su espacio en virtud de ellos. Un
barrio es un lugar cuya forma, función y significado se contienen dentro de
las fronteras de la contigüidad física.
Pero, a su vez, los lugares no conllevan una identidad territorial per se,
aunque puedan contribuir a construirlas. Desde los lugares se pueden construir
historias o trayectorias caracterizadas por ser espacios de interacción
social, y de interacción de los actores con su entorno territorial. El lugar
es un espacio que, por sus cualidades, es singular, diferente a otros lugares.
La relación entre el espacio de los flujos y el espacio de los lugares, entre
la globalización y la localización en paralelo, no tiene por qué presentar
resultados predeterminados.
En la sociedad de la información la identidad ya no se construye solamente
desde los espacios de los lugares. Lo global no acecha ni amenaza como algo
externo, sino que se encuentra instalado en el espacio de la propia vida de
los individuos y de las organizaciones. Más aún, configura una buena parte
de lo propio, la propia vida es el lugar de lo local-global.
La vida de las personas ya no es algo ligado exclusivamente al lugar, una vida
asentada y sedentaria. Las nuevas tecnologías son medios para franquear el
tiempo y el espacio, anulan las distancias, crean proximidades en la distancia
y distancias en la proximidad. Vivir en un único lugar no significa ya vivir
con los demás y vivir con los demás no significa ya vivir en un único
lugar. Se disuelve así, en parte, la interdependencia entre lugar y
comunidad.
Hemos constatado así, las dificultades evidentes para construir o reconstruir
una identidad local, sobre bases exclusivamente comunitarias, es decir, sobre
factores de pertenencia. Este es un factor de primera importancia de cara a la
configuración de políticas de renovación urbana y de integración de los
barrios segregados.
Al respecto hay que decir que existe un alto componente de retórica sobre las
comunidades y las identidades locales, y sobre la llamada pérdida de
comunidad, ocasionada por la creciente individualización de nuestras
sociedades. La naturaleza de las comunidades ha cambiado y se ha extendido
hasta el punto que las comunidades actuales difieren de forma significativa de
la tradicional noción local de una comunidad.
Se debería acuñar un nuevo concepto de comunidad de práctica o de proyecto.
Las comunidades se construyen, y adquieren su identidad en el nuevo contexto,
a partir de la idea de comunidad con objetivo común, que describe un tipo de
comunidad moderna de gente y de organizaciones, no necesariamente vinculada a
una comunidad territorial o de proximidad.
En este marco conceptual, la identidad territorial debe articularse con la
idea de comunidad de objetivo común o compartido. Ya no es suficiente con la
simple pertenencia porque las identidades territoriales se están modificando
rápidamente en función de los fenómenos apuntados.
La nueva identidad territorial y urbana, puede desarrollarse a partir de
factores que movilicen a las personas y a las organizaciones en función de
objetivos comunes, única manera de construir adhesiones e interacción
social. Las nuevas identidades locales, en un mundo interdependiente y de
flujos crecientes, emergen a partir de objetivos compartidos, objetivos que no
están predeterminados por el hecho de la pertenencia o la proximidad, sino
que se van modificando y transformando en función de las relaciones
cambiantes de lo local con lo global.
a) Las zonas urbanas segregadas. Lugares heterogéneos y espacios de conflicto
La diferenciación social y las nuevas articulaciones de estos espacios con la
aglomeración metropolitana, están generando espacios con un alto potencial
de conflicto interno y externo.
En primer lugar, a los hipotéticos intereses comunes motivados por la contigüidad
vecinal y residencial, se le contraponen intereses diversificados, fruto de la
presencia de grupos sociales muy diferenciados entre sí.
En este contexto, hay que destacar el incremento de la inmigración
extracomunitaria que, mayoritariamente, se aloja en los barrios segregados. La
presencia de minorías étnicas tiene diversas facetas. Por una parte, los
nuevos residentes inmigrantes provienen de culturas muy diferentes y provocan
un choque cultural con una población local que, ya de por sí, se encuentra
en una situación desfavorecida. Por otro, se confunden las realidades con las
percepciones sobre la misma realidad, fruto de los valores sociales
dominantes.
Pero la creciente presencia de minorías étnicas, concentradas en estos
espacios urbanos segregados, se suma a otros fenómenos de diferenciación
social. La presencia de jóvenes con trayectorias sociales, laborales y
culturales muy diferenciadas con respecto a los grupos residentes clásicos.
Así, los hábitos culturales, de uso del tiempo, el abandono escolar y, en
algunos casos, las actitudes incívicas, son también focos evidentes de
conflicto.
En todo caso, sin pretender profundizar, lo que hay que subrayar es que de la
diferenciación social, de la nueva composición social de los barrios y,
sobre todo, de la tendencia a su intensificación, se deriva un escenario de
conflicto y de estrategias diferenciadas por el predominio y la ocupación del
espacio (del lugar) por parte de los diferentes grupos presentes. Asimismo se
deriva el hecho que las políticas de renovación deberían generar
actuaciones de gestión positiva del conflicto y no de ignorancia del mismo, a
partir de una supuesta estrategia homogénea a favor de “todos los
vecinos”.
Pero de esta situación también se deriva la necesidad de ir hacia nuevos
planteamientos de mixtura social, de nuevos parámetros de composición social
y de vínculos entre grupos sociales tan heterogéneos. Determinadas políticas
urbanas tienden a favorecer la separación y el conflicto, mientras que otras
tienden a lo contrario, es decir, a crear espacios de conexión y de
coexistencia. En todo caso, abordar el problema del conflicto de manera
positiva es, también, abrir el barrio a la aglomeración, facilitar los
canales de conexión y, en muchos casos, facilitar el trasvase de población,
hacia dentro y hacia fuera.
b) La necesidad de un nuevo enfoque de la gobernabilidad
Cuando nos referimos a la gobernabilidad no hablamos exclusivamente del
sistema institucional ni a la acción de gobernar que definen las políticas públicas.
Lo que hay que subrayar es que, gobernar es cada vez menos producir bienes y
servicios y cada vez más garantizar que los actores se comporten conforme a
unas reglas de juego que incentivan su comportamiento eficaz frente a los
retos y oportunidades de la sociedad. Asimismo, parece evidente que el valor
creado por el gobierno no es sólo la utilidad o satisfacción individual
procurada por sus servicios, sino la arquitectura social en la que los
individuos y grupos buscarán su utilidad.
Es evidente que, para el impulso al desarrollo urbano en el contexto actual,
los gobiernos locales deberían ir más allá de la simple gestión eficaz de
los bienes públicos y ser capaces de actuar como líderes de la
gobernabilidad, catalizadores del proceso de aprendizaje y de adaptación
social.
El liderazgo es un componente vital para generar cambios. En nuestras actuales
sociedades sometidas a fuertes y permanentes mutaciones, las nuevas reglas
exigen desprenderse de viejos modos de comportamiento y de pensamiento. El
gran desafío para los líderes locales actuales puede formularse con la
pregunta siguiente: ¿Cómo puede una sociedad y un territorio heterogéneo,
con diferentes actores portadores de diversos intereses en conflicto en la que
ningún grupo puede forzar a los demás a cooperar, encontrar vías para
avanzar hacia acuerdos y pactos más equitativos y eficaces?
No identificamos, necesariamente, el liderazgo con el poder y, específicamente,
con el poder municipal. A menudo se asocia el liderazgo en el desarrollo local
y en las políticas de desarrollo urbano, con el papel o la función
institucional del gobierno local o municipal. El liderazgo, vinculado a
procesos de transformación, no es una función exclusiva de las autoridades públicas,
sino que debe extenderse por el conjunto de la población Ser líder depende
de la decisión personal de asumir la función de ponerse al frente, tener
visión de futuro, comunicar y construir confianza, tanto o más que de la
posición que se ocupe formalmente. Lo no que supone desconocer la importancia
del liderazgo institucional y gubernamental.
En el contexto que nos ocupa, creemos que en las políticas de reequilibrio
urbano y de lucha contra la exclusión social, existe un liderazgo
monopolizado por el gobierno municipal, y ésta ha sido y es una de las
razones principales que llevan a un bloqueo de las transformaciones que estas
zonas exigen. No se han construido liderazgos plurales, en concordancia con la
pluralidad de grupos sociales presentes en el barrio. Es más, el monopolio
municipal en las políticas y actuaciones ha sido un factor de freno al
nacimiento de los liderazgos sociales o cívicos que, por otra parte, resultan
imprescindibles para alcanzar el éxito en los esfuerzos de transformación.
La nueva gobernabilidad afecta a un conjunto de dimensiones que apuntamos a
continuación:
¨ La necesidad de un esfuerzo de innovación democrática, que deberá ser
liderado por los gobiernos locales, en el sentido de reconstruir el concepto
de ciudadanía, adaptado a los nuevos tiempos y a las nueva composición
social de los barrios segregados. Nos encontramos ante situaciones de
creciente presencia de minorías étnicas que no tienen los derechos políticos
mínimos de un ciudadano. Pero nos referimos también a una multiplicidad de
derechos y de deberes ciudadanos que deben ser garantizados y promovidos.
¨ La necesidad de un esfuerzo de reconstrucción de la vida cívica. En
muchos de estos barrios la vida cívica y el espacio público (de la ciudadanía)
se encuentran indefensos y abandonados .En parte, debido al deterioro de los
comportamientos cívicos y del respecto a la convivencia social y a la
tolerancia. Se crean espacios públicos o colectivos controlados por algunos
de los sectores sociales en conflicto, y no existen los mecanismos regulares
para garantizar la convivencialidad. Se trata, en última instancia, de
conseguir que las normas de convivencia funcionen y para ello es necesario que
funcionen coaliciones públicas-sociales-privadas que lo hagan posible. Pero
esto conlleva, también, esfuerzos novedosos de abordaje a partir de fórmulas
que combinen las medidas represivas, el funcionamiento de mecanismos de
justicia de proximidad, y de resolución positiva de conflictos entre los
grupos de la población.
¨ Promover nuevos planteamientos en torno a la participación ciudadana y a
la cooperación de las autoridades públicas con las organizaciones
ciudadanas. En los barrios en dificultades predomina una gran desconfianza recíproca.
Para los ciudadanos, el gobierno local no tiene credibilidad, a causa,
principalmente, del mantenimiento de la situación de marginalidad urbana y
exclusión social. Para el gobierno local, la desconfianza proviene del temor
a verse sometido a un proceso permanente de presiones y condicionamientos. El
problema no es sencillo. La participación exige un aprendizaje de las partes,
y una definición precisa de los ámbitos de participación (para identificar
necesidades, para impulsar actuaciones de forma compartida, para realizar el
seguimiento y el control, o simplemente para asegurar el derecho a la
información) que deberán ser establecidos con claridad por los
interlocutores. También exige canales transparentes a través de los que debe
discurrir y espacios que la faciliten. En muchos casos, exige una verdadera
construcción de nuevos actores sociales y el gobierno local debería ser el
primer interesado en conseguirlo. En los barrios desfavorecidos nos
encontramos con entidades cívicas que no responden a la estructura social y a
la dinámica actual del barrio y que son más que el producto de etapas
anteriores de la vida del barrio.
¨ La emergencia de nuevas organizaciones del tercer sector, actores clave
para una renovación e integración de las zonas urbanas desfavorecidas.
Organizaciones que, situadas entre lo privado y lo público, cumplan un rol de
pegamento para encontrar aquellas soluciones que, ni el mercado ni el sector público,
son capaces de encontrar. Las entidades del tercer sector, cumplen o deberían
cumplir un papel relevante en la identificación de necesidades, en la promoción
y gestión de servicios, en el establecimiento de nuevas fórmulas de
colaboración con el sector público, de promover el voluntariado como valor cívico
y, al mismo tiempo, favorecer la profesionalización y el empleo de muchas
personas implicadas en los servicios de proximidad.
c) La reintegración de las áreas urbanas segregadas en la aglomeración
metropolitana
Nos referimos aquí a diversas dimensiones de la integración o inclusión
metropolitana, aunque se trate de dos caras de la misma moneda.
En primer lugar, existe una invisibilidad de estas zonas urbanas. El barrio
está localizado en la periferia de la ciudad, donde es difícil el acceso
para ciudadanos de la metrópolis. De hecho, esta invisibilidad genera una
exageración: una mala reputación, basada más en rumores más que en hechos,
etc. Esta reputación es amplificada por los habitantes de la ciudad, aunque
la gran mayoría de ellos jamás hayan puesto los pies en esa zona. Esta
reputación, también, aumenta las dificultades para conseguir empleo. Los
empresarios tienden a rechazar a los jóvenes que buscan empleo cuando conocen
su lugar de residencia.
En segundo lugar, se genera una percepción derivada de las características
arquitectónicas de estos barrios que les confieren una imagen de lugar
cerrado o amurallado, poco atractivo para entrar en él. Puede haber
visibilidad pero no accesibilidad. Inclusive los barrios degradados del centro
de la ciudad pueden ser víctimas de una estigmatización y de aislamiento y
se establecen verdaderas fronteras entre el barrio y las zonas aledañas.
Así, la simple existencia de barrios estructuralmente desfavorecidos produce
una reacción en cadena que se traduce en una fractura social basada en la
división, en los prejuicios, la segregación, etc., de la cual parece casi
imposible salir. Y ello tiene efectos altamente negativos en los grupos
sociales residentes que adoptan actitudes defensivas y de inferioridad, que
les impide encarar la resolución de sus problemas a partir de sus
iniciativas.
La otra dimensión de la inserción urbana es la facilitación de la
conectividad hacia y desde el barrio, y para ello es necesario diseñar nuevas
conexiones viarias de accesibilidad o diseñar nuevos ejes que penetren en el
barrio y faciliten así los movimientos y los flujos. En este ámbito, la
existencia de una autoridad pública metropolitana que facilite la cooperación
política y estratégica con los gobiernos locales afectados por la presencia
de barrios en dificultades, resulta a todas luces crucial.
e) Los límites de la acción pública
Las administraciones públicas asumen que los problemas de marginación urbana
y exclusión social es un asunto de su exclusiva competencia y, más aún,
parten del supuesto que, mediante la intensificación de sus acciones y de la
aplicación de más recursos, se irán encontrando las soluciones a los
problemas mencionados.
La idea que aquí se apunta es que las políticas públicas, por sí mismas,
no pueden dar solución a problemas de esta naturaleza. Y ello no se debe
exclusivamente a un problema de ineficacia, sino a una dificultad vinculada a
la propia naturaleza de los problemas a abordar. Entre otras razones:
- La dificultad del sector público para tratar problemáticas altamente
diferenciadas y complejas y que para interpretarlas y reconocerlas, se hace
necesario establecer formas diferentes de cooperación con los grupos sociales
concernidos y con las organizaciones locales.
- La tendencia del sector público a actuar de forma sectorizada y abordar la
realidad desde el ángulo o perspectiva de cada servicio. Por tanto, una gran
dificultad de abordar de forma integrada y global la problemática urbana y de
exclusión social. Los factores de exclusión (baja renta, descalificación
profesional, aislamiento, deterioro del hábitat, etc.) son factores asociados
y configuran un solo factor de exclusión para las personas que los padecen. A
pesar de que existe una coincidencia sobre la necesidad de integrar las políticas,
la realidad muestra que el sector público reproduce sus políticas
sectorizadas.
- Las prácticas más generalizadas de la política social, reproducen todavía
un enfoque de victimización de la población desfavorecida y, por el
contrario, no valoran las potencialidades de las personas. Se tratan todas las
deficiencias y carencias de las personas y no sus recursos propios, sus
iniciativas, sus motivaciones, sus habilidades.
- La cuestión de las competencias y atribuciones de las instituciones públicas
que impiden actuaciones compartidas entre diferentes instituciones o entre
gobiernos locales, cuando el territorio de la exclusión, en muchos casos, no
respeta la geografía administrativa.
f) La exclusión social y económica
Lo que caracteriza de manera principal a los barrios desfavorecidos es la
exclusión social y el desempleo. Diversas causas, no siempre fácil de
diferenciar, se juntan para provocar un círculo perverso que condena a las
personas a vivir en “los márgenes”, sin mayores posibilidades de romper
con esta situación. Sucede a menudo que las personas que consiguen salir de
esta situación tienden a abandonar estos barrios, con lo cual, se produce y
reproduce una selección social negativa. Más aún, la llegada de nuevos
excluidos, que buscan un lugar de residencia de bajo coste, refuerza el ciclo
de declive.
La complejidad de la situación exige soluciones renovadas y, sobre todo, un
esfuerzo persistente y a largo plazo. En todo caso, apuntamos algunos aspectos
básicos:
- El refuerzo de las capacidades, recursos y motivaciones de las personas en
situación de exclusión, y para ello hay que establecer programas de inserción
en función de necesidades-potencialidades.
- La potenciación de los llamados servicios de proximidad y nuevos
yacimientos de empleo. Es decir, de actividades intensivas en trabajo, no
sujetas a las exigencias de competitividad y altas cualificaciones. El impulso
a los servicios de proximidad, tiene una doble dimensión: el empleo de las
personas que se implican pero, también, la extensión de servicios necesarios
a la nueva estructura social: envejecimiento, cuidado de los niños, medio
ambiente, transportes, etc., es decir, aquellas actividades que permiten
estructurar el tejido social e incrementar la calidad de vida local.
- La exclusión y el desempleo están íntimamente relacionadas con facetas
diversas de la vida de las personas y es imprescindible un abordaje global de
las mismas: el fracaso escolar, la cultura de la dependencia, la descalificación
profesional, el aislamiento de los circuitos del mercado de trabajo y de los
recursos de la ciudad.
Parece necesario adoptar nuevos enfoques y procedimientos, más ágiles y de
mayor contacto con las necesidades y con las personas afectadas. La creación
y el desarrollo de estructuras intermedias, de colaboración entre las
administraciones públicas y las entidades del tercer sector, con capacidad
para detectar, estimular y acompañar iniciativas de la población excluida.
En la misma dirección, la aplicación de fondos de microcréditos o
microfinanzas, deberían extenderse en estas zonas urbanas. Tendrían el valor
de vincular la financiación a las ideas y esfuerzos de los propios afectados,
rompiendo con la lógica de la subvención pública sin contrapartidas.
En las diferentes dimensiones que hemos analizado, y de cara a las opciones de
renovación que hemos apuntado, resulta esencial constatar un fuerte déficit
del llamado capital social, es decir de la predisposición a la interacción
social y al tejido de lazos de confianza que activen la cooperación y el
trabajo en común entre instituciones, organizaciones sociales y la población
en general. El capital social ha sido identificado como un factor más de
desarrollo y que es posible activar a partir de acciones que favorezcan la
interacción, el cumplimiento de los acuerdos y las acciones coordinadas.
En síntesis, un cierto pesimismo reinante en cuanto a la eficacia futura de
las soluciones a los problemas urbanos, expresa, básicamente, la ausencia de
una visión de la ciudad del futuro, y desconfianza sobre la posibilidad de
concretar una estrategia de esa naturaleza. No podemos liquidar la cuestión
de los barrios desfavorecidos con el pretexto de que ello es inevitable y que
va en paralelo al crecimiento y a la evolución de nuestras sociedades. La
existencia (y el desarrollo) de áreas urbanas en dificultades da pie, a
menudo, al sentimiento que las ciudades son víctimas de fuerzas que ellas no
pueden gestionar. El fenómeno, por el contrario, no tiene nada de inevitable,
sino que es sensible a la acción de los poderes públicos y de los
ciudadanos.

* Ingeniero agrónomo. Master en Desarrollo
Local y Regional por la Universidad de Barcelona. Coordinador de políticas de
desarrollo local en los ayuntamientos de Barcelona y Sant Boi.Consultor de la
Comisión Europea en políticas locales de empleo, de la OCDE, de CEPAL y de
diversos gobiernos locales y regionales. Director de la ONG 'Proyecto Local' e
investigador de la Fundación CIREM de Barcelona. Ha dirigido y coordinado
proyectos de desarrollo local y regional en diversos países de América
Latina, de Europea y del Maghreb.