La resistencia a la globalización
capitalista neoliberal, al poder desmesurado de las
multinacionales y mercados financieros, a las decisiones
autoritarias e inapelables del FMI y la OMC ha tomado la forma,
desde Seattle (1991), de un amplio movimiento social a escala
planetaria, dentro del cual se organiza, poco a poco, la
globalización de las solidaridades. Este movimiento se distingue de
diversas manifestaciones "antiglobalización" de carácter retrógrada,
fundamentalista, nacionalista, xenófoba o intolerante, de naturaleza
étnica o religiosa –de las cuales el atentado terrorista a las
Torres Gemelas en Nueva York (11 de septiembre 2001) es el ejemplo
más espectacular– por su carácter indiscutiblemente universalista.
Este movimiento no es –contrario a lo que los
medios pretenden– "antiglobalista" en abstracto: se opone a la forma
–capitalista y liberal– que hoy adopta, es decir a la globalización
empresarial con su cortejo de injusticias y catástrofes:
desigualdades crecientes entre el Norte y el Sur, desempleo,
exclusión social, destrucción del medio ambiente, guerras
imperialistas. Y su objetivo no está enfocado en la nación, la
etnia, la tribu o la comunidad religiosa, sino en otra
globalización. "Otro mundo es posible" era la consigna en el Foro
Social Mundial de Porto Alegre, el cual en su segundo encuentro en
febrero de 2002 reunió a más de 50 mil personas. Más que
"antiglobalización", el movimiento es alterglobalización, por
utilizar un neologismo que empieza ya a circular.
Las solidaridades que nacen al interior de esta
amplia red –de igual forma en las grandes manifestaciones
callejeras, como en Seattle (1999), Praga (2000), Génova (2001),
como en sitios de discusión y reflexión colectivas como el Foro
Social Mundial– son de un nuevo tipo, un tanto distintas a las que
caracterizaron las movilizaciones de los sesenta y setenta.
En esa época, la solidaridad internacional se
movilizaba para apoyar a los movimientos de liberación, ya sea en
los países del Sur –revoluciones argelinas, cubanas, vietnamitas– o
en Europa del Este, con los disidentes polacos o la Primavera de
Praga. Un poco más tarde, en los ochenta, fue la solidaridad
sandinista en Nicaragua, o Solidarnosc en Polonia.
En el nuevo movimiento contra la globalización
empresarial que comienza durante los noventa, esta tradición,
generosa y fraternal, de solidaridad con los oprimidos, está lejos
de haber desaparecido. Un ejemplo evidente es la simpatía y el apoyo
al neozapatismo, desde el levantamiento de los indígenas de Chiapas
el 1 de enero 1994. Sin embargo, vemos aparecer aquí algo nuevo, un
cambio de perspectiva. En 1996, el Ejército Zapatista de Liberación
Nacional convocó, en las montañas de Chiapas, a un Encuentro
Intercontinental –designado irónicamente como "intergaláctico" en
alguno de los discursos del subcomandante Marcos– contra el
Neoliberalismo y por la Humanidad. Los miles de participantes en
este encuentro, provenientes de 40 países –y que pueden ser
considerados como los primeros indicios de lo que se llamará más
tarde "el pueblo de Seattle"–, asistieron, sin duda alguna, también
por solidaridad a los zapatistas, pero el objetivo principal del
encuentro, definido por estos últimos, era mucho más amplio: la
búsqueda de convergencias en la lucha común contra un adversario
común, el neoliberalismo, y el debate sobre las posibles
alternativas para la humanidad.
He aquí la nueva característica de las
solidaridades que se entretejen dentro de, y alrededor del
movimiento de resistencia global a la globalización capitalista: el
combate por objetivos inmediatos comunes a todos –por ejemplo, la
gravación del capital especulativo, la abolición de los paraísos
fiscales, hacer fracasar a la OMC, la moratoria a los organismos
genéticamente modificados, la igualdad de salarios para las mujeres–
y la común búsqueda de nuevos paradigmas de civilización. En otros
términos: más que una solidaridad con, es una solidaridad entre
diversas organizaciones, movimientos sociales o fuerzas políticas en
diferentes países o continentes, que se ayudan y se asocian en una
misma lucha, frente a un enemigo planetario.
Para dar un ejemplo: la red campesina
internacional Vía Campesina agrupa movimientos tan diversos como la
Confederación Campesina Francesa, el Movimiento de los Sin Tierra de
Brasil o asociaciones rurales de India. Estas organizaciones se
sostienen mutuamente, intercambian sus experiencias, y actúan en
conjunto contra los políticos neoliberales y contra sus adversarios
comunes: las multinacionales biotecnológicas, los monopolios de
granos, los fabricantes de transgénicos, los grandes terratenientes.
Su solidaridad es recíproca y juntos constituyen uno de los más
poderosos, activos e inquietos componentes del movimiento mundial
contra la globalización capitalista. Un componente que se preocupa
no sólo por las reivindicaciones inmediatas sino también por
proyectos de sociedades alternativas: es Vía Campesina la que
organizó, durante el Foro Social Mundial II de febrero de 2002, un
ciclo de conferencias de tres días sobre el socialismo.
Podríamos dar otros ejemplos, en el ámbito
sindical, feminista –la Marcha Mundial de las Mujeres–, ecológico o
político. Resulta claro que este proceso de revitalización de las
solidaridades antiguas y de invención de solidaridades nuevas aún
está en sus inicios. Es frágil, limitado, incierto e incapaz, por el
momento, de poner en peligro la dominación aplastante del capital
global y la hegemonía planetaria del neoliberalismo. No es más que
el lugar estratégico donde se elabora la internacionalización del
futuro y, tal vez, un nuevo paradigma de civilización: la
civilización de la solidaridad.