Inicio

Artículos

La reconstrucción moral por Francis Fukuyama

PABLO GAMBA


Gire el tres a la derecha, luego el cinco a la izquierda… el cuatro… el nueve… Al completar la combinación usted accederá a los valores que toda sociedad guarda con celo en una caja fuerte, preferiblemente esterilizada, mejor aun refrigerada para su mejor preservación. Porque sin un mínimo "capital social", consistente en reglas de cooperación y convivencia, es obvio que nada puede funcionar, o al menos hacerlo normalmente. Quizás por eso utilizamos, para hablar de este patrimonio común, la misma palabra con que nos referimos al cargamento habitual de los camiones blindados.

En La gran ruptura (Ediciones B, 2000), Francis Fukuyama recurre a un amplio despliegue de datos estadísticos, tomados de los países más desarrollados del planeta, para poner de manifiesto las nefastas consecuencias que ha tenido el deterioro de los valores en los últimos años. He aquí algunos ejemplos referentes a Estados Unidos: la tasa de divorcios creció de menos de 3 por cada mil habitantes, en 1950, a más de 5, en los ochenta; los hijos de padres no casados pasaron de 5 a 31 por ciento, entre 1940 y 1993, y más de 70 por ciento de los ciudadanos confían poco o nada en su gobierno. El correlato sangriento de estos indicadores ha sido un alza de cerca de 100 o 200 a más de 700 crímenes violentos por cada 100 mil habitantes entre los sesenta y los noventa.

Lo que más sorprende es, sin embargo, que el autor de El fin de la historia y el último hombre anuncia aquí el comienzo de la reversión de estas tendencias negativas, lo cual se evidenciaría en una marcada disminución de los delitos en los últimos años, así como en un nuevo fenómeno: el auge de la sociedad civil. Se calcula que para 1949 existían aproximadamente 200 mil organizaciones cívicas en Norteamérica, mientras que habrían superado el millón en 1989. "Gran reconstrucción", es la expresión que utiliza Fukuyama, para referirse a este proceso, el cual podría significar la superación de la "Gran ruptura" que habría tenido lugar con el tránsito de la sociedad industrial a la postindustrial, en los países desarrollados.

¿Por qué la ruptura produjo esa fuga de capitales en el campo de los valores? El autor apunta básicamente hacia una serie de cambios que han ido desestabilizando la familia nuclear hasta relegarla al exclusivo ámbito de los comerciales de TV. Entre ellos estarían la reducción de puestos de trabajo "de cuello azul", en su mayoría ocupados por hombres, lo cual trastocó el rol del padre como cabeza de la familia; el auge del empleo femenino con salarios cada vez más elevados, que mermó el prestigio de la maternidad y aumentó el costo de oportunidad que significa abandonar la actividad laboral para ocuparse de los hijos, y la disminución de los matrimonios por obligación, gracias a la píldora anticonceptiva. En las ciudades, a su vez, la vida comunitaria propia de esos barrios donde el carnicero, el bodeguero y los vecinos permanecían siempre con un ojo vigilante en la calle, dificultando la acción de los delincuentes, fue sustituida por la rutina de las urbanizaciones dormitorio, donde la gente sólo baja de su automóvil cuando llega a su casa.

Dado que la mayoría de estas circunstancias son irreversibles, Fukuyama considera que la reconstrucción actualmente en curso no puede significar una restauración de los patrones morales del pasado, sino el surgimiento de nuevos valores. La familia nuclear no volverá, por más que la defiendan los conservadores y neoliberales, ni se acabará la libertad sexual, a pesar del sida, prueba de lo cual es que nadie está proponiendo la ilegalización de la píldora. El liberalismo del autor llega al extremo de afirmar que el renovado auge de la religión no es consecuencia de un auténtico renacer de la fe en Dios, sino de un intento por rescatar la vida comunitaria, a través de los ritos colectivos.

Según Fukuyama, el proceso de creación de los nuevos valores tiene como protagonistas, por una parte, a los propios ciudadanos, que siempre han sido capaces de crear nuevas formas de convivencia de manera espontánea, como lo demostrarían los numerosos acuerdos no escritos a los que se suele llegar para resolver muchos problemas cotidianos. Pero en él también ha participado activamente el Gobierno, con políticas como la cero tolerancia, que ha estimulado el regreso de las familias de clase media a los centros urbanos, de donde huyeron espantadas por la marginalidad, y, lo que es más importante: las empresas privadas. Si consideramos la atención que el autor les dedica, las empresas parecieran ser un destacadísimo actor. No se trata solamente de que promocionen "valores corporativos", sino de que están surgiendo nuevos códigos informales de conducta para interactuar en organizaciones horizontales, para trabajar en red y para propiciar intercambios de información mutuamente beneficiosos, por canales ajenos a las trabas del régimen de propiedad industrial. Esta manera de hacer las cosas ha estado acompañada, además, por una revalorización del liderazgo carismático.

Lo que más llama la atención de todo esto es el carácter funcional que el autor asigna a los nuevos valores, respecto a la actividad económica de las empresas, así como el hecho de que se trate de modos y costumbres, cuya propia espontaneidad los hace opacos; es decir, difícilmente traducibles a reglas claras, transparentes que puedan ser objeto de una formulación o crítica racional. ¿Será que el sistema se ha relanzado a la conquista del mundo de la vida, como diría Jürgen Habermas, con la nueva arma de las culturas corporativas?

Nada de eso se encuentra planteado en este libro. No obstante, si Fukuyama está en lo cierto, los valores no funcionales podrían quedar poco a poco relegados a una periferia marginal, en la cual no sólo se hallarían los ayatolás y otros líderes espirituales o étnicos del Tercer Mundo, sino también los que pretenden restaurar las tradiciones occidentales en los países desarrollados. En cuanto a la defensa del espíritu crítico y la libertad individual, su refugio se encontraría entre quienes participan activamente en las organizaciones de la sociedad civil. Pero, ¿qué tipo de diálogo podría darse entre ellos y los que respaldan el desenvolvimiento económico sobre la base de los nuevos valores corporativos, dada la falta de transparencia de estas "culturas"? Los fundamentalismos del futuro quizás no llegarán blandiendo cimitarras, bajo una media luna, sino sonriendo, elegantemente vestidos y con una insignia en la solapa.