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LEORNADO BOFF |
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La cultura dominante, hoy mundializada, se estructura
alrededor de la voluntad del poder que se traduce como voluntad de dominación
de la naturaleza, del otro, de los pueblos y de los mercados. Esa es la lógica
de los dinosaurios que creó la cultura del miedo y de la guerra. Las fiestas
nacionales y sus héroes están ligados a los hechos de guerra y de violencia.
Los medios de comunicación llevan al paraxismo la magnificación de todo tipo
de violencia, bien simbolizada por el "exterminador
del futuro".
En esta cultura, el militar, el banquero y el especulador valen más que el
poeta, el filósofo o el santo. En los procesos de socialización formal e
informal, ella no crea mediaciones para una cultura de paz. Y siempre de nuevo
remite a la pregunta que, de forma dramática, Einstein formuló a Freud en los
tiempos de 1932: ¿es posible superar o controlar la violencia? Freud, muy
realista, responde: "Es posible para los hombres controlar totalmente el
instinto de muerte... Hambrientos pensamos en el molino que tan lentamente
muele, que podríamos morir de hambre antes de recibir la harina".
Sin detallar el asunto, diríamos que por detrás de la violencia funcionan
poderosas estructuras. La primera de ellas es el caos siempre presente en el
proceso cosmogénico; la evolución incluye violencia en todas sus fases.
Posiblemente la inteligencia nos fue dada también para ponerle límites y
conferirle un sentido constructivo.
En segundo lugar, somos herederos de la cultura patriarcal que instauró la
dominación del hombre sobre la mujer y creó las instituciones del patriarcado
asentadas sobre mecanismos de violencia como el Estado, las clases, el proyecto
de la tecno-ciencia, los procesos de producción como objetivación de la
naturaleza y su sistemática depredación.
Esa cultura patriarcal gestó, en tercer lugar, la guerra como forma de solución
de los conflictos. Sobre esta vasta base se formó la cultura del capital, hoy
globalizada; su lógica es la competencia y no la cooperación, por eso, genera
permanentemente desigualdades, injusticias y violencias. Todas estas fuerzas se
articulan estructuralmente para consolidar la cultura de la violencia que nos
deshumaniza a todos. A esa cultura de violencia hay que oponer la cultura de la
paz. Hoy ella es imperativa.
Es imperativa, porque las fuerzas de la destrucción están amenazando, por
todas partes, el pacto social mínimo sin el cual retornamos a niveles de
barbarie. Es imperativa porque el potencial destructivo ya montado puede
amenazar toda la biosfera e imposibilitar la continuidad del proyecto humano. O
limitamos la violencia y hacemos prevalecer el proyecto de
la paz o conoceremos, al límite, el destino de los dinosaurios.
¿Dónde buscar las inspiraciones para una cultura de paz? Más que imperativos
voluntaristas, es el propio proceso antropogénico el que nos provee
indicaciones objetivas y seguras. La singularidad del 1% de carga genética que
nos separa de los primates superiores reside en el hecho de que nosotros, a
diferencia de ellos, somos seres sociales y cooperativos. Al lado de estructuras
de agresividad, tenemos capacidad de afectividad, compasión, solidaridad y
amor. Hoy es urgente que desentrañemos tales fuerzas para conferir un rumbo más
positivo a la historia. Toda demora es insensata.
El ser humano es el único ser que puede intervenir en los procesos de la
naturaleza y codirigir la marcha de la evolución. El fue creado creador.
Dispone de recursos de reingeniería de la violencia mediante procesos
civilizatorios de contención y uso de la racionalidad. La competitividad continúa
valida pero no en el sentido de lo mejor ni de destrucción del otro. Así todos
ganan y no sólo uno.
Hace mucho que filósofos de la talla de Martin Heidegger, rescatando una
antigua tradición que remonta a los tiempos de César Augusto, ven en el
cuidado la esencia del ser humano. Sin cuidado él no vive ni sobrevive. Todo
precisa de cuidado para continuar existiendo. Cuidado representa una relación
amorosa con la realidad. Donde rige el cuidado de unos hacia
otros, desaparece el miedo, origen secreto de toda violencia.
La cultura de la paz comienza cuando se cultiva la memoria y el ejemplo de
figuras que representan el cuidado y la vivencia de la dimensión de la
generosidad que nos habita, como Gandhi, Mons. Helder Cámara, Luther King y
otros. Importa que hagamos las revoluciones moleculares (Gatarri), comenzando
por nosotros mismos. Cada uno establece como proyecto personal y colectivo la
paz como método y como meta, paz que resulta de los valores de la cooperación,
del cuidado, de la compasión y de la amorosidad, vividos cotidianamente.
* Leonardo Boff, teólogo brasileño, es
escritor y autor de A oração de S. Francisco, uma mensagem de paz para o mundo
atual.