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Sipnosis:
Al paso que vamos –me comentaba no hace mucho un
psiquiatra amigo– no habrá divanes para todos. Sobran enfermos
(imaginarios o no) y falta cordura. Veamos, si no, un telediario. O mejor
aún, olvidémonos por un momento de la barbarie que a menudo vomitan, en
plan espectáculo, los medios de comunicación y echemos un vistazo rápido
a nuestro alrededor.
¿Tenemos algo en común musulmanes, cristianos y ateos, víctimas
y verdugos, ladrones y policías...? ¿Es cierto o se equivoca Mahatma
Gandhi cuando dice que en el fondo todos somos iguales? Seamos realistas:
pensar no está de moda. La gente huye de la reflexión como del ántrax.
¡Sálvese el que pueda!, sobre todo si se trata de husmear debajo de la
piel como propone este libro. En ese territorio, salpicado de medias
verdades, equívocos y certezas, es donde el autor nos descubre algunos de
los entresijos de la identidad humana. ¿El hombre es bueno por naturaleza
o es el peor bicho de la creación? Es libre. Puede, a diferencia del mono
o la abeja, elegir su propio camino. Y como tal, expresarse. No hay teléfono
ni Internet que pueda reemplazar al cuerpo para comunicarnos, intercambiar
ideas y sentimientos. Ojos, pene, pechos, vulva, piel... están diseñados,
a juicio del filósofo y antropólogo social José Antonio Jáuregui, como
antenas biosociales que emiten y reciben los mismos mensajes humanos. La
aldea global de los sentidos.
El padre de 'Cerebro y emociones: el ordenador emocional' y
'Aprender a pensar con libertad', entre otros libros de éxito, nos
redescubre los lenguajes humanos. El cuerpo como bandera y verdadero lugar
de encuentro y comunicación de todos los seres humanos. Pero también
como resultado de un plan genético que dirige la gran orquesta de todas
las sociedades animales: la de los piojos, las cebras, las hienas, las
palomas y los seres humanos. No entiende un chino el significado de una
frase en español, ni tampoco un ruso o un griego. En cambio pueden
descifrar la gramática de los besos, la sonrisa y el llanto, los abrazos
y las miradas, y establecer su correspondencia emocional precisa. Por
encima de cualquier diferencia biológica o social somos humanos.
Solamente entendiendo otras culturas y sociedades, vemos mejor la nuestra
y llegamos a comprenderla en toda su extensión. Nunca estará de más
recordarlo en estos días de guerra. Jáuregui nos ofrece un espejo –un
libro– al que conviene mirar con detenimiento.
Paco Rego
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